A tu ritmo

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Hace un tiempo, decidí volver del trabajo corriendo. No es ninguna tontería, según Google Maps hay unos cinco kilómetros. Pero el hecho es que mi trabajo es sedentario y luego no tengo tiempo para hacer ejercicio, así que esta me pareció la mejor opción para poder hacer algo de deporte. Luchar contra el colesterol, la grasa, desoxidar las articulaciones…

No os creáis que corro todo el tiempo. Hago pausas en las que voy caminando, recuperando resuello. Lo mío nunca ha sido correr. Y mucho menos cuando empecé con este hábito. Saludable hábito, diría yo.

Al principio, no era capaz de correr treinta segundos seguidos. Sí, ya lo sé, no os riais. Es poquísimo. Pero fue emocionante cuando, por fin, conseguí aguantar toda la acera hasta la primera carretera a cruzar.

Seguí así, poco a poco aguantando más. Hasta que, hace no mucho, conseguí correr ocho minutos seguidos. Eso sí, a base de pura fuerza de voluntad. Acababa esos minutos agotado, con lo que luego apenas podía hacer nuevas carreras. Pero iba logrando avanzar. A duras penas, pero lo hacía.

Sin embargo, un buen día, no recuerdo por qué, empecé a correr de otra manera. Más despacio, no centrándome solo en el hecho de correr. Llegué al punto en el que normalmente me tenía que parar agotado… y seguí adelante. Todavía estaba fresco.

No recuerdo cuánto tardé en pasar de los treinta segundos a los ocho minutos. Lo que sí sé es que en tres días he pasado de los ocho minutos a los quince. Que sí, que ya sé que no es gran cosa. Pero estamos hablando de alguien que llevaba bastante sin hacer ejercicio y sin costumbre de correr.

La clave estuvo en el cambio de ritmo. Yo creía que mi ritmo era el que llevaba, pero resultó que, en realidad, mi ritmo era más lento. Una vez que he encontrado mi verdadero ritmo, la cosa ha cambiado significativamente. De hecho, recuerdo ese primer día de cambio de ritmo pensando al final: “tengo que recordar este ritmo como sea”.

Hay veces en la vida en las que nos obsesionamos por conseguir algo rápido. Puede que nos empeñemos en hacer algo pero no lo logramos y nos vamos desanimando. Quizá tendamos a decirnos a nosotros mismos que somos incapaces, que nunca lo conseguiremos.

¿Y si resulta que lo que pasa es que no estamos siendo sinceros con nuestro ritmo? Es necesario tener presente que mi ritmo no tiene por qué coincidir con el tuyo, ni con el de al lado. Cada uno tiene el suyo. Y ese es el que debe conocer. Si ignoras ese ritmo lo puedes pasar muy mal, puedes consumir tus energías a destiempo y capitular, agotado. Sí, te habrás esforzado. Y mucho. Pero te habrás quemado sin lograr tu objetivo. ¿No es contraproducente? Yo diría que sí.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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