Apurados, pero no desesperados

Artículo publicado en el número 46 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo (OSDAD), cuyo hilo conductor en este número es la esperanza. Lo encontrareis en la página 5.En él hablo de alguien que, desde que le conocí, se convirtió precisamente en un icono de fe y esperanza. Espero que, para vosotros, también lo sea.

APURADOS, PERO NO DESESPERADOS

Apurados, pero no desesperadosSu rostro refleja una alegría realmente profunda. Y eso que su vida ha sido de todo menos fácil. Puede que ese sea el motivo, en el fondo.

Vino de África. En su país la situación política se hizo muy complicada y tuvo que escapar. En su camino se encontró con que, en muchas partes, ni siquiera querían darle de comer por ser cristiano. Como tantos otros, tuvo que lanzarse a cruzar en una barquichuela la separación entre África y España. Y, en ella, él era el único católico rodeado de musulmanes.

Una vez en España, pasó tiempo hasta que consiguió abrirse camino. Para muchos llega a ser instintiva la desconfianza ante los inmigrantes. Tuvo que compartir piso, de nuevo, con compañeros musulmanes que le tenían como lo más bajo debido a su fe. Pero consiguió salir adelante y encontrar un trabajo modesto pero que le da para vivir, aunque sea sin grandes comodidades.

Y cuando se le pregunta qué era lo que le hacía aguantar en la travesía hasta España, él responde que nunca dudó de que Dios iba a cuidar de él. Estaba totalmente seguro de que Él no le iba a abandonar.

A cualquiera se le pone la piel de gallina cuando lo cuenta. Mientras uno asimila cómo mantuvo sus esperanzas intactas, alimentadas por una fe infatigable, no puede parar de pensar en las pequeñas dificultades de cada día. En lo que puede llegar a amargar que algo no salga como se quiere. Y, de verdad, al final sólo se consigue sentir vergüenza por tan poca fe.

Pablo ya dijo, en su segunda carta a los Corintios: «Apretados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados.» (2 Cor 4, 8-9). No debería extrañarnos que nos encontremos con dificultades. Pero no tenemos ningún derecho a desanimarnos. Nuestra fe debe ser el motor de nuestra esperanza, porque quien realmente tiene fe en Dios, es imposible que no espere en Él. Si estuviera convencido de que es Él quien cuida de mí día y noche, ¿algo podría hacerme desesperar? Si creo en quien dijo que ni un pajarillo cae en tierra sin
el consentimiento del Padre y que valgo mucho más que los pajarillos (cf. Mt 10, 29.31), ¿cómo no voy a salir adelante pase lo que pase? La fe implica confianza. Y la confianza implica la esperanza.

Pero es importante tener en cuenta, como también indica Pablo, que «llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2 Cor 4, 7). Una esperanza que no se basa en Dios, necesariamente se basará en algo contingente y, por tanto, mutable. No podemos confiar en nuestras propias fuerzas para mantenerla. No somos tan estables como para poder fundar nuestras esperanzas en nosotros mismos. Tenemos que apuntar más alto. Sólo podemos tener paz en nuestros corazones, una esperanza a prueba de todo, en definitiva, ser felices, mediante una fe bien arraigada en nuestro ser. Como ejemplo, ahí está este chico venido de África con tan solo Dios en su corazón.

email

Entradas relacionadas

Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.