Argumento ontológico

Quiero con este pequeño artículo dejar un poco de lado temas más políticos y pasar a temas filosóficos y teológicos, que siempre viene bien. Demasiada política acaba por embotar la mente, y al fin y al cabo es la mejor herramienta que tenemos. Pensar, razonar, es lo propio de nuestra naturaleza humana, y curiosamente en estos últimos tiempos parece que es algo que se trata de evitar en la sociedad. Todo está enlatado, prácticamente se nos dice desde los medios de comunicación lo que tenemos que pensar, sentir o hacer. ¡Pues bien, ya va siendo hora de mandarles a paseo! Si alguien quiere realmente dejarse manipular, adelante. Puede resultarle muy cómodo. Pero luego que no diga que es libre o que hace lo que quiere. Hace lo que le mandan, como buen borrego.

El tema filosófico que he elegido para comenzar ha sido uno que a mí personalmente me ha hecho romperme la cabeza durante bastante tiempo. De hecho, todavía me causa bastantes líos mentales. Y no sólo a mí, desde el momento en el que surgió ha sido algo discutido por los mayores filósofos y pensadores del mundo. Se trata del argumento ontológico de San Anselmo, el argumento para probar la existencia de Dios más discutido en la historia de la humanidad. Ha tenido grandes detractores (como Kant), y también grandes simpatizantes (como Descartes). Se encuentra en el capítulo II del Proslogion de San Anselmo, abad benedictino del siglo XI. Dicho capítulo dice así:

“Señor, Tú que das la inteligencia de la fe, dame cuanto sepas que es necesario para que entienda que existes, como lo creemos, y que eres lo que creemos; creemos ciertamente que Tú eres algo mayor que lo cual nada puede pensarse. ¿Y si, por ventura, no existe una tal naturaleza, puesto que el insensato dijo en su corazón: no existe Dios? Mas el propio insensato, cuando oye esto mismo que yo digo: “algo mayor que lo cual nada puede pensarse”, entiende lo que oye; y lo que entiende está en su entendimiento, aunque no entienda que aquello exista realmente. Una cosa es, pues, que la cosa esté en el entendimiento, y otra entender que la cosa existe en la realidad. Pues, cuando el pintor piensa lo que ha de hacer, lo tiene ciertamente en el entendimiento, pero no entiende que exista todavía en la realidad lo que todavía no hizo. Sin embargo, cuando ya lo pintó, no sólo lo tiene en el entendimiento, sino que también entiende que existe en la realidad, porque ya lo hizo. El insensato debe convencerse, pues, de que existe, al menos en el entendimiento, algo mayor que lo cual nada puede pensarse, porque cuando oye esto, lo entiende, y lo que se entiende existe en el entendimiento. Y, en verdad, aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, no puede existir sólo en el entendimiento. Pues si sólo existe en el entendimiento puede pensarse algo que exista también en la realidad, lo cual es mayor. Por consiguiente, si aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, existe sólo en el entendimiento, aquello mayor que lo cual nada puede pensarse es lo mismo que aquello mayor que lo cual puede pensarse algo. Pero esto ciertamente no puede ser. Existe, por tanto, fuera de toda duda, algo mayor que lo cual nada puede pensarse, tanto en el entendimiento como en la realidad.”

Ese es el argumento ontológico. Invito a todo el mundo a que reflexione al menos un rato sobre él. Ya digo que hay opiniones a favor y opiniones en contra. Pero siempre opiniones bien razonadas. Como mínimo, es un buen ejercicio mental.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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