Daños indirectos

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Los niños también sufrenHay veces que los padres hacen mucho daño a los hijos. Y, seguro, sin querer. No se trata de maltratadores, al menos no en el sentido estricto de la palabra. Se trata de personas imprudentes. De personas que esperan que su hijo se comporte no como es él, sino según la imagen de “hijo perfecto” que tiene el padre o la madre en cuestión.

De esta manera, se ve cómo, sin ningún pudor, tras recoger a sus hijos en el colegio, o al encontrarse paseando con otros padres, se lanzan a hablar de sus hijos como si ellos no estuvieran y en unos términos no demasiado positivos.

¿No se dan cuenta de que decirle a alguien que su propio hijo es, por ejemplo, “cobarde”, le está marcando de una forma que no conocemos? ¿No entienden que insistir en anécdotas en las que el niño sale ridiculizado le hace daño? No es una piedra, es un ser humano. Está ahí. Y, aunque parezca que no se está enterando, oye lo que dicen de él. Y que su madre hable de esa manera sobre él, o le compare saliendo mal parado con uno de sus hermanos… ¿acaso no le dolería incluso a un adulto?

Pero no, por lo general los interlocutores ríen esas gracias. Como si los niños fueran unos muñecos de feria para lanzarles bolazos dialécticos cuando estemos aburridos. O quizá como oculta venganza o rencor porque no son exactamente como queremos. El problema es que son mejores que eso, aunque no sepamos o no queramos verlo.

No solo los padres fomentan este comportamiento. Situación: festival de Navidad de hace algunos años. Sacan a los niños de infantil a hacer un rato el ganso al son de villancicos. Pues bueno. La directora del centro, haciendo la presentación mientras los niños de la guardería están en el escenario, alguno de ellos llorando. A la señora no se le ocurre otra cosa que ponerle el micrófono a uno de los niños que lloraban para que todos pudieran oírlo bien. Riéndose la directora. “Con este llanto de fondo, continuamos…” Me gustaría saber si a ella la gustaría, en una ocasión en la que estuviera llorando por miedo o por lo que fuera, que alguien la pusiera un micrófono para reírse a su costa. Una directora mínimamente decente jamás habría humillado así a un niño.

Todo esto se solucionaría con tan solo pensar un poco en la situación del niño. Por ejemplo, si te encuentras con alguien que acaba de tener su segundo hijo, es fácil pensar que el primero tendrá celos. Y que, incluso si no los tiene, que todo el mundo que te encuentres se dirija a él solo para preguntarle por su hermano cansa. Si antes no tenía tirria a su hermano, después de ver que solo se interesan por él para que les diga cómo se llama su hermano, la va a tener. Normal, ¿no?

No se trata en absoluto de tenerles entre algodones. Eso no es bueno tampoco. Se trata, más bien, de ponerse en su situación y pensar si conviene decir lo que voy a decir o hacer lo que voy a hacer. Si es bueno o constructivo para él. Si no lo es, es un error. Por mucho que no se quiera ver.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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