De ilusiones también se vive

No deberíamos desdeñar el poder de la ilusión. Por mucho que pueda parecer algo etéreo o irreal, puede ser tanto un importante motor de cambio como un motivo para estancarse en una rutina insípida y alienante si no se hace nada por perseguirla o si carece de fundamento.

El mecanismo de la ilusión es muy sencillo: nos impulsa hacia un objetivo. Ese objetivo debe ser lo más claro posible, por supuesto. No se puede llegar a un objetivo que ni se conoce ni se sabe el aspecto que tiene. La ilusión es lo que te anima a aceptar los sacrificios que puedan aparecer por el camino para llegar hasta esa meta que se entiende deseable y lo bastante importante como para que le dediquemos todos esos esfuerzos.

¿Qué ocurre? Me da la sensación de que buena parte de los problemas actuales con la juventud, la política, quizá incluso con la Iglesia, están relacionados con la falta de ilusión. Diría que, cuando un grupo de jóvenes ve como única opción para entretenerse el alcohol, está bastante claro que no hay una meta clara por la que luchar ni una ilusión por un proyecto de realización en la vida.

De la misma forma, la vida política está en las antípodas de lo ilusionante. Los grandes partidos sólo son máquinas para mantener un sistema corrupto e ineficiente mientras les sacan los cuartos a los gobernados. No hay un proyecto claro, una meta, un objetivo que pueda ilusionar a la población lo suficiente como para no mirar a los políticos con cara de asco. En este escenario, no es de extrañar que unos sujetos como Podemos hayan sido capaces de hacerse un hueco. Ofrecen una ilusión: la de los ilusos. La de que van a darle la vuelta a todo, que va a haber dinero para todos, bla, bla, bla. Pero oye, una ilusión. Y ya es más de lo que dan los demás.

Ahí está el quid de la cuestión. Hasta que los partidos decentes que quedan no sean capaces de ofrecer una meta que ilusione al pueblo lo suficiente como para que les apoye, esto no va a remontar. Y eso va a ser complicado en esta sociedad tan bien anestesiada desde hace años.

¿Y la Iglesia? Pues vamos a ver: si no somos capaces de que los novios entiendan el matrimonio como un camino de desarrollo común y personal que les provoque el ánimo de recorrerlo, seguirán siendo novios toda su vida. Si no somos capaces de mostrar la vida cristiana como un proyecto que no consiste en cumplir normas y preceptos por obligación para satisfacer a un supuesto Dios ansioso de pillarte en falta, sino un proyecto para una realización verdaderamente plena, un verdadero conocimiento de uno mismo y de Dios, poco va a atraer, ¿no?

Tenemos que tener ilusión por nuestra fe. Yo reconozco que, cuando empecé a conocer la Iglesia, la Teología, me llené de ilusión por conocer más, por saber más, por entender más. Pero también veo el otro lado, de lo que hablé en otro momento: las decepciones, los fallos, las incoherencias que pueden llevar a una desilusión tal que te haga abandonar. Eso es lo que debemos trabajar.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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