¿Dios castiga?

Hoy, en la homilía, el sacerdote ha dicho algo que me temo que hay que matizar bastante, porque puede llevar a grandes errores: “Dios nos ama y por eso no nos castiga“. Digo matizar por no decir algo más fuerte, porque a los que somos padres nos deja caer con esa frasecita que, al castigar a nuestros hijos, no los amamos. Y eso no es así ni por asomo. Es justo al revés: porque amamos a nuestros hijos los castigamos.

El amor corrige. Si alguien me importa realmente, no puedo dejar que cometa un error, que empiece a ir por el mal camino, sin intentar que rectifique. Es algo que, por cierto, también hacían los apóstoles en la Iglesia primitiva y se ha hecho siempre. ¿Qué tiene de malo? Precisamente el amor busca lo mejor para el otro. Desde luego, no corregir no es buscar lo mejor.

Quiero pensar que todo viene de un concepto de castigo un poco peculiar, como si fuera algún tipo de venganza o acto sádico y cruel. O quizá se refiere a castigos desproporcionados, que en los humanos se dan y no son correctos. Y no, el castigo viene más bien del concepto de libertad y responsabilidad. Un castigo es la consecuencia por unos actos negativos. Por ejemplo: un padre le dice a su hijo que, si pinta en la pared, le quita la pintura. El niño pinta en la pared. Pues la mejor manera de malcriarle es no quitarle la pintura. El hecho de quitarle la pintura es una consecuencia de los actos del niño y hay que ayudarle a entender eso.

Las normas se hacen para regular la convivencia y, en algunos casos, para crecer como personas. Las normas que ponen los padres, así como la Ley de Dios, buscan la felicidad, el llegar a ser una persona en plenitud, el saber relacionarse consigo mismo, con los demás y con Dios. Pero ir contra esas normas tiene sus consecuencias.

De eso, la Biblia nos habla continuamente. Y no tenemos que irnos a los primeros libros siquiera. Jesús dice muchas veces que, si uno no se convierte, será arrojado donde es “el llanto y el rechinar de dientes”. ¿Es un castigo? Pues sí. Es la consecuencia de nuestros actos. El niño pequeño puede ver el que le quiten la pintura como un castigo. Pero el padre lo que ve es la necesidad de que entienda que los actos conllevan consecuencias. El padre busca que su hijo sepa usar su libertad adecuadamente. ¿Dios no querría tal cosa?

Pues bien, el pecado tiene sus consecuencias. Y esas consecuencias conllevan dolor, porque el pecado es un acto malo de por sí. Dios te da toda tu vida para ir conformándola con tus actos libres. Pero no te deja abandonado a tu suerte. Un ejemplo podría ser cuando nos encontramos en desolación. Dice San Ignacio de Loyola: “tres causas principales son porque nos hallamos desolados: la primera es por ser tibios, perezosos o negligentes en nuestros exercicios espirituales, y así por nuestras faltas se alexa la consolación espiritual de nosotros”. La desolación puede ser la consecuencia de ser tibio. O un castigo por ser tibio. Precisamente como aviso para que dejes de serlo.

Lo que está claro es que, al final, habrá premio o castigo. Tanto el uno como el otro serán la consecuencia de los actos que hayamos acumulado en la vida.

Se nos olvida siempre que una faceta del amor de Dios es su justicia. Y sí, esa justicia encontrará todos los atenuantes que haya. Y será matizada por la misericordia. Pero seguirá siendo justicia.

Un par de enlaces sobre el tema:

Dios castiga (corazones.org).
Castigo de Dios (artículo en InfoCatólica).
Dios castiga (artículo en InfoCatólica).

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.