Dos pilares vitales

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En mi opinión, hay dos pilares fundamentales en la vida católica: la formación y la oración o experiencia de Dios. Ambos deben ir entrecruzados, de forma que no nos desviemos en ningún exceso. Darle sólo importancia a la formación dejando la oración a un lado llevaría inevitablemente a una religión convertida en un cúmulo de normas, de formulaciones dogmáticas y de datos sin vida. En cambio, si sólo se le da importancia a la experiencia de Dios sin preocuparnos de la formación, podemos derivar en sentimentalismos y subjetivismos más egocéntricos que teocéntricos.

La formación es vital para saber qué es lo que creemos y para entenderlo cada vez mejor. Unos podrán acceder a unos tipos de formación y otros a otros. Se puede estudiar teología, los párrocos pueden organizar catequesis de adultos (muy necesaria), se pueden leer buenos libros de apologética… Hay muchas posibilidades. Lo importante es buscar comprender. Parece mentira, pero hay veces que, discutiendo incluso con algunos cristianos que son muy piadosos y muy buenas personas, te das cuenta de la increíble carencia de conocimiento doctrinal que tienen, aun cuando piensen que se lo saben todo de maravilla. Es más, hay veces que lees lo que dicen algunos teólogos y te sorprende ver que entiendes las cosas mejor que ellos. Ahí tienes elementos como Küng, Arregui, Boff, Pagola, etc.

Por otro lado, la oración también es vital por el sencillo motivo de que, sin oración, sin relacionarnos con Dios, ¿para qué somos católicos? No tiene sentido. Dios es lo más importante para nosotros, lo lógico es que queramos encontrarnos con Él. La oración tiene que llegar a impregnar toda la vida. Es decir, que toda la vida sea oración. Incluso el hecho de estudiar puede y debe ser oración, unificando estos dos grandes pilares.

Personajes tan poco sospechosos de no tener vida de oración como San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Jesús y Santo Tomás de Aquino tampoco escatimaron esfuerzos a la hora de formarse.

Ignacio de Loyola vio la necesidad tanto para poder rebatir errores como para poder tener un cierto “salvoconducto” para poder predicar, ya que en su época abundaban los exaltados que pretendían tener revelaciones de todo tipo. Es más, Ignacio pondrá como un punto importante de la Compañía de Jesús la formación. Sólo hay que ver el papel que tuvieron para evitar la expansión del protestantismo. La formación es necesaria para dar razón de la fe y para defender la fe auténtica, pudiendo diferenciarla de la fe deformada.

Santa Teresa de Jesús dejó ese texto tan revelador que ya he mencionado otras veces y que viene a ser algo así como “líbrenos Dios de las devociones a bobas“. Suficientemente claro, creo yo. Si no se entiende, es porque no se quiere entender.

Desde luego, de Santo Tomás de Aquino no hace falta casi ni hablar. Su enorme obra teológica habla por sí sola. Pero me gustaría recalcar, ya que viene mucho al caso, que él mismo dijo que había aprendido más mirando el crucifijo que estudiando. Lo cual no quiere decir que desechara los estudios, sino que los había sublimado mediante la oración.

Como decía anteriormente, formación y oración se relacionan. La oración puede clarificar lo que se aprende intelectualmente, puede hacerlo vida. La formación nos ayuda a entender lo que creemos. Creer para entender y entender para creer.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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