El enemigo del amor

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El egoísmo es el gran enemigo del amor. Y hablo del amor a todos los niveles, tanto dentro del matrimonio, como dentro de las relaciones con los vecinos, en el sacerdocio o en la oración. Si entendemos que el amor es buscar el bien del otro incondicionalmente es fácil ver que, si alguien es egoísta, es bastante difícil que llegue a preocuparse del otro. Como en todo, hay grados. Pero creo que se entiende a lo que me refiero.

Es conocido el lema de San Ignacio de Loyola: “En todo amar y servir“. Igino Giordani, en su “Diario de fuego”, se refiere varias veces al amor como servicio. El amor es servir al otro, olvidarse de uno mismo para darse al amado. Esto no se puede cumplir si en el nivel de prioridades el primero que se pone es uno mismo. Eso no es amor.

Es interesante recordar también el himno a la caridad, de la primera carta de san Pablo a los Corintios 12, 31-13,13:

Hermanos:
Ambicionad los carismas mejores. Y aún os voy a mostrar un camino excepcional.

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden.
Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada.
Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve. El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es mal educado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad.
Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor no pasa nunca. ¿El don de profecía?, se acabará. ¿El don de lenguas?, enmudecerá. ¿El saber?, se acabará.
Porque limitado es nuestro saber y limitada es nuestra profecía; pero cuando venga lo perfecto, lo limitado se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos confusamente en un espejo; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es por ahora limitado; entonces podré conocer como Dios me conoce. En una palabra: quedan la fe, la esperanza, el amor: estas tres. La más grande es el amor.

En ninguna parte pone nada de que el amor se mira al ombligo, ni que se preocupa de sí mismo. Más bien al contrario. Es paciente, amable, perdona, no es egoísta. Si el mismo Dios en su Segunda Persona se entregó por su criatura, ¿no deberíamos nosotros hacer lo mismo?

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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