El escritor católico como subcreador

El escritor católico como subcreadorFue Tolkien quien acuñó la idea del trabajo del escritor como subcreación. De hecho, es algo que él mismo se tomó muy en serio. Es de sobra conocido el nivel de detalle que otorgó a su mundo, la Tierra Media. Una mitología propia y bien desarrollada, idiomas con sus reglas ortográficas y gramaticales, una historia, una cosmogonía…

Sólo hay un Creador, y ese es Dios. Él es el único que crea, hablando con propiedad. Pero los escritores podemos subcrear mundos. Es decir, dentro de este mundo creado por Dios, crear otros mundos con sus propias reglas, sus propias características, sus propios habitantes… Universos enteros. Es significativo observar que Dios crea por la Palabra y los escritores subcreamos con palabras. Es un paralelismo que siempre me ha maravillado. En la obra escrita cabe todo, puede ser tan simple como un breve microrrelato o una extensa obra en la que el simbolismo arquitectónico, las relaciones humanas, artes y ciencias, acontecimientos de todo tipo, tienen su cabida. Todo a partir de las palabras. Todo a partir de la Palabra.

Aunque Tolkien es uno de los máximos exponentes de la Fantasía, esta idea de la subcreación no se ciñe a ese género. De hecho, cualquier obra de ficción es, en cierto modo, un nuevo mundo, ya que no coincide plenamente con el original, aunque esté ambientada en el mundo real. Aunque los personajes hayan existido.

En esta subcreación tiene un papel vital el hecho de que una obra literaria expresa algo del escritor. No creo en la teoría de algunos de que el escritor no debería dejar nada de sí mismo en su obra. Eso, en mi opinión, va en contra de la esencia del ser humano. Dejamos una parte de nuestro ser en cada cosa que hacemos. Yo no cuento una historia de la misma forma que la contaría otro escritor. Ni, como informático, hago un programa igual que otro compañero. Lo que somos se refleja en nuestras obras. Y, por tanto, en cada una de nuestras subcreaciones literarias, nuestra impronta quedará marcada. Nuestras huellas estarán plasmadas en nuestro universo particular, igual que Dios deja sus huellas en el universo real.

La responsabilidad que surge de este hecho es abrumadora, porque con nuestras subcreaciones le mostramos a los demás nuestro mundo interior. Nuestros valores, nuestras ideas, nuestros intereses. Quizá de forma sutil, pero ahí estarán. Porque el escritor, y más aún el escritor católico, debe ser sincero con el lector. No debe engañarle. La subcreación que le presente tiene que ser sincera. Es un acto de comunicación de ideas de forma diferida. Yo imagino un mundo, lo plasmo y luego tú, como lector, tienes que reconstruir en tu mente ese mundo en el que, de alguna forma, nos encontraremos. Un viaje a la mente del autor. ¿Se puede uno exponer más que dejando a alguien entrar a su mente?

El ser humano es un ser creador de historias. Contamos cuentos a los niños, hablamos de lo que nos ha ocurrido, incluso hacemos el resumen de una película que nos ha gustado a un amigo interesado en escuchar nuestra opinión. Los fuegos de campamento rodeados de historias, muchas veces de miedo, son un clásico. Incluso es típico del marketing que te hablen de utilizar el storytelling. Hasta para hacer una venta funciona mejor elaborar algún tipo de relato que machacarte con datos que, seguro, son interesantísimos, pero no para la mente humana, a la que le encantan las historias.

Pues bien, los escritores tenemos que crear esas historias con las que te estremecerás, llorarás (de alegría o de pena), te emocionarás… Tenemos que crear personajes que te digan algo, que no sean meros elementos para soltar un discurso. Tienen que estar vivos, para decirlo de forma sencilla. Una subcreación que no esté viva no tiene sentido. Y esa vida de la subcreación, en cierto modo, viene de la vida del subcreador.

Mundos fantásticos, poemas épicos, historias más allá de Orión… Subcreaciones dentro de la Creación. Subcreaciones que pueden dar luz a la oscuridad de un alma, que pueden consolar, alegrar y hacer reflexionar. Que pueden transportar ideas de mente a mente y establecer una conexión. Que pueden incluso, como me ha ocurrido a mí en alguna ocasión, hacer que te plantees toda tu actitud ante la vida.

Ese es el poder del subcreador. Ese es nuestro don y nuestra responsabilidad, para mayor gloria de Dios.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.