El juicio, siempre presente

Estos días me he estado leyendo el libro “La última palabra es de Dios”, de Klemens Stock, S.I., acerca
del libro del Apocalipsis. Es, por cierto, una lectura muy interesante y útil para entender mejor el último libro de la Biblia.

En él ha habido una parte que me ha hecho reflexionar especialmente. Hay un momento en el que Dios juzga a los hombres. Y los juzga por las obras que han hecho (Ap 20, 12). Es decir, por la concordancia entre sus actos y los Mandamientos. Parece algo obvio, ¿verdad? Pero da que pensar.

En primer lugar, uno podría pensar: “Entonces, ¿dónde queda la fe? ¿Dónde queda lo de que se te juzgará por el amor?” Esto tiene una respuesta muy simple en la carta de Santiago, que tan poco suele gustar. Podéis echar un vistazo a St 1, 22-26 o a St 2, 14-26. Otro ejemplo es Mt 7, 21. La fe sin obras está muerta. No es real. No existe. De la misma manera el amor, si es real, se traduce en obras. Si las obras no le acompañan, ya puedes decir que sientes lo que creas que sientas. No es amor. Sin obras no hay ni amor ni fe. Así de claro y de sencillo. Y así de vital.

Lo segundo a tener en cuenta es que convendría que tuviéramos presente que podríamos tener que comparecer ante ese Juez hoy mismo. ¿Qué obras voy a presentar? ¿Voy a ir con las manos vacías? No puedo dejar para mañana el empezar a convertir la fe y el amor en obras. Es algo que hay que hacer continuamente, porque continuamente estamos dando testimonio de Cristo. O no. Hay que convertirse a diario. Es muy útil la costumbre del examen de conciencia antes de acostarse, pero también a media mañana, por ejemplo, para ver cómo estamos llevando el día, si estamos guiándonos por el buen espíritu o más bien no, para poder corregirnos. Y sí, es una buena obra dar testimonio de la fe ante los amigos, en el trabajo o donde sea. No vale estar en medio de una conversación que ataque a la fe, a Dios, a la Iglesia, a los valores morales, a las virtudes y dejarlo correr diciendo “bueno, cada uno sabrá lo que hace” o alguna excusa parecida. Eso es coquetear con el relativismo. Cristo dijo “Por todo aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos.” (Mt 10, 32-33). Es una advertencia muy seria.

Seguro que alguien pensará que esto lleva a una fe basada en el miedo. Si es así, me temo que esa persona no ha entendido nada de nada. La jugada no es hacer obras porque se tenga miedo a un juicio. La jugada es darnos cuenta de si nuestra fe o nuestro amor no son tales y convertirlos en una fe y un amor auténticos.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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