En vasijas de barro

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Llevo una temporada en la que he vivido varias, por decirlo así, “decepciones eclesiales“. Quizá la más importante haya sido el jaleo que se ha montado con el Sínodo, con la Relatio ideologizada, las ocurrencias del cardenal Kasper y demás. Por lo menos, al final parece que la cosa se va encauzando, aunque hay que seguir rezando.

Pero ha habido otras, que puede que hayan sido las que más me han podido afectar, por ser más cercanas. Hasta llegar al punto de entender a quienes se alejan de la Iglesia no por la doctrina en sí, ni porque hayan perdido la fe, sino porque quienes debían ser, en cierto modo, modelos, demuestran no ser todo lo coherentes que debieran, o porque estos supuestos modelos se van acercando cada vez más a como piensa el mundo, o problemas similares. No me cuesta nada ponerme en su piel ahora mismo. Soy muy afortunado porque todo esto me pilla en una fase medianamente madura en mi fe, con lo que no me afecta en lo fundamental. Posiblemente, en otro caso, me dejaría llevar por la corriente, que es lo fácil.

Sin embargo, todo tiene su parte positiva. Me han ayudado a reflexionar y ver con mayor claridad la razón que hay en las palabras de San Pablo: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios“(2 Cor 4,7).

Somos personas. Y eso implica, necesariamente, que somos indignos de la fe que se nos ha regalado. Caemos con frecuencia. Las vasijas se rompen una y otra vez. A veces, esas vasijas empujan a otras, que también se rompen. Pero lo maravilloso es que el contenido de las vasijas puede arreglarlas. Eso sí, siempre que sea el verdadero contenido y no una mezcla edulcorada e intragable.

Las personas vamos y venimos. Caemos y nos levantamos. O caemos y empezamos a reptar, cuando no queremos levantarnos. Reimos y lloramos, a veces incluso por lo mismo. Somos muy agradables o intratables. Somos frágiles, tremendamente frágiles. Pero la fe es estable. Cristo es la piedra angular, y esa piedra no se va a mover lo más mínimo por mucho que nos choquemos contra ella. Por mucho que, quizá con buena intención, a veces la disfracemos. No va a dejar de ser lo que es ni como es.

No caigamos en el error de confundir el contenido con el continente. La vasija no es su contenido, igual que un buen vino sigue siendo el mismo vino si te lo dan en un vaso de plástico o en una copa de cristal.

Me gustaría terminar animando a aquellos que se hayan alejado de la Iglesia por este tipo de motivos a que reflexionen sobre esto. Nuestra fe no está ni en el sacerdote tal ni en el teólogo cual. Nuestra fe está puesta en Dios y en su Iglesia.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.