Es triste, pero soy Frodo

Leí “El Señor de los Anillos” hace, creo, unos 16 años. Más o menos. Recuerdo que lo leí porque no paraban de decirme lo bueno que era ese libro. Así que decidí probar. Y me lo leí. Enterito, ¿eh? Pero cultivé durante toda la lectura unas ansias homicidas hacia Frodo como nunca había tenido antes. A cada página estaba deseando que llegaran los Jinetes Negros, le cazaran y acabaran con él. Sí, así, como suena.

¿Por qué? Porque es el prototipo de personaje estúpido. “Frodo, no te pongas el anillo. Nunca. Bajo ningún concepto.” El chico muy espabilado no era. Habría resultado mejor decirle “póntelo todo lo que quieras, que te queda muy bien”. De esa manera a lo mejor habría mantenido los dedazos lejos del anillo.

Pero fue pasando el tiempo. Y he ido madurando. Y, lo siento mucho, pero Frodo me sigue cayendo muy, pero que muy mal. El problema es que he descubierto que Frodo soy yo.

No, no me han crecido los pies. Ni se me han vuelto más peludos. Ni he encogido, ni fumo la hierba de los medianos, sea lo que sea esa hierba, que no quiero saberlo.

En mi opinión, Tolkien, con el anillo único y la historia de Frodo, nos da una metáfora de la relación del ser humano con el pecado y la tentación. El anillo es el pecado. Más exactamente, las vanas promesas que trae la tentación (que es esa extraña llamada del anillo a su portador para que se lo ponga). Y Frodo, amigos míos, es cada uno de nosotros, que sabemos que la tentación no lleva a nada más que al pecado, al vacío y a la corrupción espiritual (como se ve que el anillo va corrompiendo a quien lo lleva) y, aún así, seguimos tropezando una y otra vez con las mismas piedras. Nos seguimos poniendo el anillo. Una y otra vez. Como tontos.

La verdad es que, hoy por hoy, admiro a Tolkien. Por su capacidad al crear el mundo de la Tierra Media y dotarle de esa coherencia interna, con idiomas reales y leyendas incluidos. Pero también, y especialmente, por estas joyas teológicas dentro de una historia que podría parecer incluso infantil. Para hacer eso así hay que ser un genio.

Y, al final, yo llevaba razón. Es un personaje estúpido. Que me encuentro cada vez que me miro en un espejo.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.