Judas

Ayer, tras la Hora Santa, me quedé un rato para adorar al Señor en silencio. Como de costumbre, llevé mi librito con los Ejercicios Espirituales y me puse a hacer las contemplaciones por las que iba, que resultaron ser la de la Última Cena y la del Huerto. Pues bien, en la repetición de la contemplación de la Cena no paraba de venirme a la mente Judas. Mira que habría preferido fijarme en la Eucaristía o en el lavatorio de los pies. Pero no, Judas volvía insistentemente. Y me venía la idea de que, en la Cena, de alguna manera estábamos todos. Representados por esas 12 personas. Y Jesús se arrodillaba delante de cada uno de nosotros, incluyendo a Judas, y nos lavaba los pies. Jesús instauró la Eucaristía, y Judas participó de ella. Pero, ¿cómo lo hacía?

Judas no odiaba a Jesús. Pero no tenía interés en la voluntad de Dios. Ponía por delante la suya. Seguro que, al principio, estaba totalmente apasionado por Jesús. Pero, poco a poco, vio que lo que predicaba no era lo que él quería oír. Él prefería, seguramente, un Mesías guerrero. Alguien que levantara en armas a Israel contra Roma. Así que el apasionamiento fue dejando paso a la tibieza, a la indiferencia. Incluso, por qué no decirlo, a un cierto asco debido a unos actos y una predicación que a él no le decían nada, porque no quería que le dijeran nada, y le parecían una pérdida de tiempo. Jesús le lavó los pies, sí. Y a él le dio igual. Le permitió participar de su Cuerpo y su Sangre. Y a Judas no le importó lo más mínimo. Jesús le daba tanto igual que decidió entregarle. Como no era lo que esperaba, podía deshacerse de Él.

El problema está cuando te miras al espejo y ves que tú eres Judas. Que no pocas veces has estado ante el misterio de la Eucaristía como quien oye llover, sin prestar siquiera atención. Que vas a Misa sólo cuando es obligatorio. Que niegas con tus palabras o tus actos la presencia de Dios en el prójimo. Que, cuando estás en público, hay veces que ocultas el ser cristiano por miedo a lo que la gente diga. Y tantas otras cosas.

Y, sin embargo, cuando va a su encuentro, Jesús no duda en decirle “Amigo” (Mt 26, 50). No es un saludo. Jesús le sigue ofreciendo su amistad. No le abronca ni le amenaza. Le llama “amigo”. Pero Judas sigue adelante. Y, cuando se da cuenta de lo que ha hecho, su indiferencia deja paso a la desesperanza. Porque el ignorar a Dios te roba la esperanza y hasta la vida. ¡Qué grande el ejemplo de Pedro, que niega a Jesús pero se arrepiente! ¡Qué regalo, el sacramento de la Confesión, que nos permite ese reencuentro!

Judas dejó desaparecer la esperanza. Que nosotros jamás nos la dejemos arrebatar por nada ni por nadie. Busquemos siempre la voluntad de Dios y así seremos felices.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.