La carta a la iglesia de Filadelfia

Al ángel de la iglesia de Filadelfia escribe: Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra, nadie puede abrir.
Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre.
Mira que te voy a entregar algunos de la Sinagoga de Satanás, de los que se proclaman judíos y no lo son, sino que mienten; yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies, para que sepan que yo te he amado.
Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente, también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra.
Vengo pronto; mantén con firmeza lo que tienes, para que nadie te arrebate tu corona.
Al vencedor le pondré de columna en el Santuario de mi Dios, y no saldrá fuera ya más; y grabaré en él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo enviada por mi Dios, y mi nombre nuevo.
El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.
” Ap 3, 7-13.

La carta a la iglesia de Filadelfia forma parte, junto con la carta a la iglesia de Esmirna, de las dos únicas cartas en las que no hay más que elogios de parte de Jesús.

Se dirige a una iglesia con poco poder desde el punto de vista mundano. Los cristianos en Filadelfia no eran precisamente muchos ni ejercían presión alguna en la sociedad. Pero, poco más tarde queda claro quién le da el verdadero poder, el poder que importa: “yo haré que vayan a postrarse delante de tus pies“.

Es él, el Señor, el Veraz, el que tiene la llave de David (por tanto, el Mesías) quien tiene el poder de abrir y cerrar. Y lo que Él abre nadie lo puede cerrar. Y lo que Él cierra nadie lo puede abrir. Y Él se ocupa de Su Pueblo. De quienes, en la debilidad, mantienen su fe y siguen convirtiéndola en obras. De quienes tienen muy claro que por sí mismos nada pueden, sino que todo lo reciben de Él, y eso les hace más fuertes que ningún otro poder.

Estos elogios a la iglesia de Filadelfia deberían hacernos pensar. ¿Sómos débiles? ¿Somos conscientes de ser débiles? Porque el primer problema está en no saber que lo somos. O no querer saberlo, para no tener que abandonarnos a Dios.

Y ahí está lo siguiente que nos tendríamos que preguntar: ¿nos abandonamos a Dios? ¿Confiamos en Él? Y también en esto hay que tener mucho ojo, porque confiar en Dios no quiere decir no actuar, sino más bien lo contrario. Una fe sin obras es una fe muerta. Pero no deberíamos tener una confianza excesiva en nosotros mismos ni en nuestras capacidades. Si tenemos dones, confiemos en Quien nos los ha dado y ejercitémoslos para darle gloria.

Aunque seas el campeón de los pesos pesados de boxeo, ante Dios debes reconocerte débil porque lo eres. Si mantenemos la fe reconociéndonos débiles, si actuamos de acuerdo a esa fe y a esa debilidad, con verdadera confianza en Dios… En fin, “el que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias“.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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