Los estigmas de Nowak

Un pequeño relato que amplía la historia de uno de los personajes de Apocalipsis y Llorando Sangre: Józef Nowak. ¿Quieres saber cómo le aparecieron los estigmas? Sigue leyendo.

Los estigmas de Nowak

Cristo crucificado«Señor mío y Dios mío, que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de tu divina majestad».

Józef Nowak se encontraba en su habitación del seminario jesuita en el que estaba haciendo los Ejercicios Espirituales por primera vez. Un mes de soledad y silencio, un mes de oración para encontrar la voluntad de Dios para él. Para confirmar que su camino era unirse a la Compañía de Jesús.

Estaba ya en la tercera semana de los Ejercicios que san Ignacio de Loyola había desarrollado, en las contemplaciones del séptimo día: la Pasión de Cristo. Como en cada una de las anteriores, comenzó por imaginar el lugar donde ocurriría lo contemplado y por pedirle a Dios que le diera pena, lágrimas y sufrimiento por Cristo atormentado.

Pronto, en cuanto empezó a imaginar las escenas de la Pasión, sintió que su corazón se ensanchaba. Se veía junto a Jesús en la Última Cena. Vio a Judas marcharse a traicionar a quien era el Amor. Vio a Jesús amar hasta el extremo de ofrecer su cuerpo y su sangre como alimento. Le vio lavar los pies a sus discípulos. Incluso a él mismo. El Señor limpiando los pies de sus criaturas. Igual que un padre hace con sus hijos.

Después estuvo en el Huerto mientras Él sufría. Nowak sabía que sufría por él. Él, con sus pecados, era el causante de lo que estaba ocurriendo. Quiso acompañarle en su sufrimiento. Quiso no dejarle solo en el dolor.

Las lágrimas no tardaron en llegar. Las sintió como saliendo directamente del corazón, sin ningún tipo de control. Lágrimas de un amor que dolía.

«Acompáñame», oyó en su mente.

Cada vez se sumergía más en su contemplación. Ya no podía distinguir si estaba imaginando la Pasión o si, de alguna forma que no alcanzaba a comprender, estaba presente allí. Junto a Él.

«Acompáñame».

«Iré a donde me digas que vaya, Señor. Haré lo que quieras que haga. Soy tuyo, mi Dios y Señor».

De pronto, algo cambió. Sintió confusión, tristeza, desaliento. Cada insulto dirigido a Jesús era como si fuera dirigido a él. El primer latigazo le cortó la respiración. El dolor le resultaba insoportable.

«Acompáñame, Józef».

Tras los latigazos, el desprecio de la guardia de Pilato. Notaba cada salivazo, cada golpe. Las púas de la corona de espinas se clavaron en la piel de su cabeza, arrancándole gotas de sangre que sentía recorrer su rostro. La vergüenza cuando Pilato le mostró a su pueblo. Al mismo pueblo al que había ido a salvar. La multitud pidiendo que lo mataran.

Vergüenza y una enorme tristeza por su pueblo. Sin embargo, había algo más. Algo más.

La Cruz pesaba de una forma horrible. Parecía como si él también la estuviera cargando físicamente. Su confusión aumentaba mientras la gente de alrededor le increpaba y los soldados le azotaban para que avanzara.

Llegaron al Gólgota. Allí, mientras clavaban a Cristo en la Cruz, dejó de sentir lo mismo que Él. Como un cordero que iba al matadero, no había abierto la boca más que para bendecir.

«¡Oh, Dios mío!», pensó con las lágrimas cayendo.

«Acompáñame. No tengas miedo».

Alzaron la Cruz. Al pie quedaban María y Juan. Y también él, que no podía apartar su mirada de quien tenía delante, Aquel que murió por él y le salvó. Su divina sangre goteaba de su cabeza, sus manos y sus pies.

Nowak estiró el brazo hasta tocar los pies de Jesús, el clavo que los mantenía unidos al madero. Miró hacia el rostro de Jesús.

Él le devolvió la mirada.

Una mirada de amor eterno, infinito.

Unos ojos que incluían el universo entero como si fuera tan solo un átomo.

La mirada de Dios a una de sus criaturas.

Se perdió en Su mirada como un barquichuelo en un océano.

«Acompáñame».

Y, entonces, sintió en su propia carne el dolor de la Crucifixión. Sintió los clavos abriéndose camino por sus manos y sus pies, desgarrándole y sujetándole a la Cruz, la insultante risa de los verdugos y de quienes disfrutaban del sufrimiento de los condenados, la asfixia de estar en la Cruz… El sufrimiento era insoportable, pero no solo era físico. También era moral. El abandono, el peso del pecado… Todo lo que Cristo había pasado tan solo para hacernos libres del pecado y la muerte. El precio de la redención. El amor lo envolvía todo. También a él. Acompañaba a Jesús en su destino.

Se desmayó.

Cuando se despertó tirado en el suelo de su habitación, de su cabeza, manos, pies y costado manaba sangre. De una forma mística y corpórea había llegado a la identificación con Cristo, y este le había hecho el regalo de compartir su misma suerte, un destino de amor por la humanidad. Desde ese momento, llevaría en su cuerpo las señales del sufrimiento y del amor inconcebible de Cristo hacia sus criaturas y la certeza de ser indigno de llevarlas.

Apocalipsis

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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