Los límites del sufrimiento

El jueves pasado me sorprendía la noticia de la muerte de Chester Bennington, vocalista del grupo Linkin Park. Se había suicidado.

Esa noticia me entristeció mucho más de lo que había pensado que pudiera hacerlo. De alguna forma, sentí como si hubiera muerto también una parte de mí. La música de Linkin Park me ha acompañado a lo largo de tantos años. La voz de Chester, tan característica, interpretando algunas de mis canciones favoritas. Un pedazo de mí se había ido con él. Ahora, cada vez que escuche una de sus canciones sabré que no habrá más.

En seguida hubo quienes empezaron a simplificar lo que había ocurrido. Algunos, juzgándole como justicieros implacables, casi alegres por pretender que su tesis se cumple (“¡mirad a lo que lleva una vida de lujo y desenfreno!”, decía alguien). Otros, intentando entender lo que había ocurrido. Otros, llegando incluso a bromear.

Simplificaciones.

Pero, en realidad, nadie tiene ni idea. Y eso es lo que da más miedo.

¿Qué puede empujar a alguien a quitarse la vida? No creo que sea una pregunta a responder con simplificaciones de ningún tipo, ni de corte piadoso ni de ningún otro. Más bien a lo que invita es a ponerte en su lugar y tratar de, en su piel, imaginar hasta qué punto sufría para llegar a verse impulsado a ahorcarse.

¿Le perseguía el fantasma de los abusos sexuales que sufrió de niño? Él mismo reconoció haber considerado el suicidio por eso.

¿Los recuerdos del rompimiento de su familia cuando era pequeño?

¿El suicidio de su amigo Chris Cornell poco tiempo antes?

El hecho es que no lo sabemos. Tratar de despacharlo con una frasecita casi sacada de un manual de autoayuda es más un insulto que otra cosa. Porque hablamos de dolor en estado puro y, lo más importante, de no conseguir encontrar salida para ese dolor.

Cuando te estás rompiendo por dentro es muy fácil quedarse en ese círculo vicioso. Es incluso atrayente. No atiendes a razones. Solo alcanzas a ver tus problemas, lo que te está destrozando. Tiendes a encerrarte en ti mismo, a solas con tu dolor. A solas, aunque estés rodeado de gente. Incluso si es gente que te quiere y a la que quieres. De repente, lo que te corroe parece que es lo único que existe.

El caso es que nadie pudo o supo darse cuenta del infierno que destrozaba a Chester. Ni su mujer, ni sus hijos, ni sus compañeros de Linkin Park. Y, al final, ese infierno le pudo.

¿Crees que es una situación que se puede juzgar con facilidad? ¿Que se puede despachar con una frasecita que suele ir dirigida más a autoafirmarse que otra cosa?

No.

El dolor no se juzga, porque cada uno tiene su propia escala. Lo que para mí es un mundo para ti puede parecer una tontería. Pero esa tontería me está devorando por dentro y, a lo mejor, no consigo ver la salida.

No, el dolor se acompaña. Y, en el acompañamiento, se intenta atenuar. ¿O no hace Jesús eso, acompañarnos en el sufrimiento? No lo hace desaparecer, pero nos acompaña.

Si ves a alguien sufrir, no te des la vuelta. Dale afecto, dale ternura. Hazle entender que le importa a alguien. Y que, en última instancia, también y sobre todo le importa a ese Alguien que está por encima de todos y que quiso sufrir por él y con él. Y que está dispuesto a ayudarle a llevar su cruz. Que no está solo en su dolor. Nunca.

No quiero terminar esta entrada sin pedir una oración por su alma y por su familia. Lo mejor que podemos hacer ahora mismo por él.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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