Miedo a ofender

Pasé un poco por encima en la entrada sobre las dos formas de evangelización que se planteaban a partir del título de “Cásate y sé sumisa”, pero creo que la idea se merece un poco más de reflexión.

Tenemos que partir de lo básico. Y lo básico es que somos animales sociales. Eso quiere decir que nos relacionamos, buscamos estar en sociedad. Tenemos una cierta tendencia a la “manada”, a estar en algún grupo de personas con similares ideas y comportamientos. En el grupo nos sentimos reconocidos, apreciados y ayudados. Miras alrededor y ves gente “de los nuestros”. En este sentido, por la tendencia que tenemos a buscar encajar en nuestro entorno, surge el miedo a ofender. El miedo a decir algo que a los demás no les guste. Y, por tanto, el miedo al rechazo de quienes conforman el grupo. El miedo a los problemas, a que te excluyan, a que tengas que discutir, a enfrentamientos. El miedo a la lucha.

El único problema con todo esto es que la verdad tiene la mala costumbre de ofender a alguien. Siempre. No porque la verdad sea ofensiva en absoluto, sino porque demasiada gente prefiere que la verdad no se meta en sus asuntos. Y llega un punto en el que tienes que decidir si te quedas con la verdad o si vas a intentar desvirtuarla lo necesario para que no ofenda a nadie. Eso sí, con alguna buena excusa para ocultar la propia cobardía.

Hay una máxima que dice que se cazan más moscas con miel que a cañonazos. Estoy de acuerdo. El problema es que, cuando desvirtuamos la verdad para no ofender, no ofrecemos miel. Ofrecemos un sucedáneo más fácil de digerir, más acorde con lo que se quiere oír que con lo que se debe comunicar. Eso no es ofrecer miel. La miel, la buena, es la verdad. Que a alguien no le guste la miel no implica que haya que decir que la sacarina es miel, porque no lo es.

Siempre va a haber alguien que se ofenda cuando se defiende la verdad.  Eso no va a cambiar nunca. Ya era así en tiempos veterotestamentarios, fue así con Jesús, con Pablo, con los Padres de la Iglesia, y lo es ahora. No deberíamos tener tantos respetos humanos, tanto miedo a proclamar la verdad aunque duela. Porque muchas veces, cuando duele, es precisamente porque ha llegado donde tenía que llegar, al núcleo de nuestra falsedad, y está empezando a fracturarlo.

¿Cómo se conjuga esto con lo que acaba de decir el Papa de que hay que anunciar el Evangelio con dulzura, fraternidad y amor y no con bastón inquisitorial de condena? Simplemente viendo lo que hace el propio Papa. Sus palabras contra el aborto y la cultura de lo desechable o la excomunión a un sacerdote que apoyaba el gaymonio no están reñidas con el amor. Al contrario. El amor exige mostrar la verdad y corregir. De lo contrario, no es amor. Él es un buen ejemplo de cómo el amor y la dulzura no quitan nada al anuncio claro y sin adulteraciones de la verdad.

No se trata de buscar ofender, sino de estar lo bastante comprometidos con la verdad como para ponerla a ella por delante de todo lo demás, superando el miedo a ofender, a complicarse la vida, a ser rechazado.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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