No juzguéis si no queréis ser juzgados

Artículo publicado en la revista Icono de la editorial Perpetuo Socorro, año 112, número 2, de Febrero de 2011, bajo el título “No juzgar”.

No juzguéis si no queréis ser juzgados


¡Cómo nos gusta juzgar a los demás! Tenemos tendencia a creernos superiores a ellos, pero de lo que no solemos darnos cuenta, yo el primero, es de que siempre juzgamos desde nuestra subjetividad, no desde la objetividad. Sólo vemos las cosas desde nuestro particular y estrecho punto de vista y no nos fijamos en la totalidad de cada situación. Y es, como mínimo, arriesgado juzgar a alguien con tan pocos datos. Si desconocemos sus problemas, sus circunstancias, lo que alberga en su corazón, no podemos saber a ciencia cierta el motivo por el que alguien actúa de una determinada manera. Por eso, como el interior del corazón sólo Dios lo conoce, sólo Él está capacitado para juzgar. Pero ¡qué frecuente es dar gratuitamente nuestro juicio sobre todo aquel que nos crucemos! Es típico hablar de los jefes de cada uno como gente que no sabe nada, por ejemplo. Y no caemos en la cuenta de que es imposible conocer a la perfección los detalles de una empresa, y que tampoco los necesitan para la gestión que tienen que realizar. O despotricar sobre una cajera que ha sido un poco seca con nosotros, sin saber que a lo mejor está siendo explotada en su trabajo, que está agotada de las horas extra y no encuentra otra salida que aguantar día sí y día también en ese puesto.



Siempre está ahí ese egocentrismo que hace que nos veamos como medida para los demás. Por eso, son inferiores para nosotros. Necesariamente quien es medido es inferior a quien es la medida. Todos tenemos tendencia a pensar que somos más santos, más listos y hasta más guapos que el vecino. Y, ante esta tendencia, la única cura es la humildad. Pero fijándose en algo sumamente importante: la humildad no implica declararse inútil gratuitamente ni se trata de humillarse pensando que no se sabe hacer nada o que no se tiene ninguna cualidad. Eso es falsa humildad. La auténtica humildad es verse como realmente se es, con sus dones pero también con sus defectos. No podemos (no debemos) quedarnos sólo con una parte. Ni sólo tenemos dones, ni sólo tenemos defectos. El realismo puro y duro es precisamente una buena cura contra el egocentrismo. Porque, reconozcámoslo, no somos tan buenos, tan listos ni tan guapos como nos creemos. En algún momento tenemos que dar el salto y reconocer que, por mucho que nuestras madres nos hayan repetido hasta la saciedad lo maravillosos que somos, quizás no lo seamos tanto. Y que aquellos a quienes juzgamos alegremente también tienen una madre que les asegura lo mismo. Pero podemos sacar una importante lección: cuando una madre habla de esa manera, habla desde el amor. Y cuando una madre corrige a su hijo, también lo hace desde el amor. Quizá la respuesta está, precisamente, en mirar a los demás con los ojos del amor y mirarnos a nosotros mismos con una mirada sincera y humilde. Quizá. 

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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