Pequeño alegato en favor del latín

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Este fin de semana he asistido en mi parroquia a dos misas en las que ha participado un nutrido grupo de franceses que ha venido para la JMJ. Las misas las presidía el obispo de Perpignan. Bonitas canciones (aunque lo del cura con la guitarra la verdad es que me rechina una barbaridad), una espiritualidad que se veía vivida (sólo había que ver el porcentaje de franceses arrodillados en la consagración y compararlo con el de los demás) y unas homilías realmente bien hechas, sin papeles ayudando ni nada.

Pero tuvieron un grave problema. En algunas partes de las misas (homilías y algunas intervenciones del párroco y del obispo) había traducción al otro idioma. El Evangelio se leyó en los dos idiomas. Pero en momentos como el rezo del Padrenuestro o el Credo, era un desbarajuste total. Cada uno lo rezaba en su idioma, y cada uno como podía (tener al lado a alguien que lo reza de otra manera distrae bastante). En el Credo eso se maximizaba, ya que además del problema del idioma estaba el de que, como los que no sabemos francés no sabíamos si se rezaba el Símbolo de los Apóstoles o el Credo Niceno-Constantinopolitano, cada uno rezaba el que mejor se sabía. Resultado: la Torre de Babel. O, dicho más sencillamente, muchos nos sentíamos extranjeros en nuestra propia iglesia. De hecho, algunos (pocos, que yo viera) se fueron de Misa.

En el momento de la consagración, lo mismo. Sabíamos que se trataba de la consagración porque lo sabíamos, pero le faltaba algo que le diera el aspecto de Comunión que la celebración eucarística debe tener.

Ese aspecto es, precisamente, el que habría dado el rezo de esas partes (y otras) de la Misa en latín (que, dicho sea de paso, es el idioma oficial de la Iglesia). ¿Por qué? Porque así, aunque fueramos gente de distintos países, podríamos vernos en comunión con la Iglesia Universal. Todos rezaríamos igual a nuestro Padre. Todos seguiríamos las oraciones de la Misa. Todos en común unión. Sin embargo, lo que se dio fue una disgregación en dos mitades de fieles. Una pena.

Para quien piense que se trata de algo desfasado el uso del latín, la verdad es que a mí lo que me parece desfasado es que, pudiendo hacer de la Misa una verdadera comunión, no se haga. La Misa no es sólo cantos bonitos y hasta bailables. De hecho, de eso se podría prescindir. De la comunión no.

Por otra parte, la dificultad de las oraciones de la Misa en latín es prácticamente nula. Con oírlas un par de veces se te quedan. Y siempre se puede recurrir a tener hojas preparadas o usar el proyector. Y los resultados son excelentes. Recuerdo en Roma, en las misas en las que se hacía así (cosa que no parece muy habitual fuera de allí), la sensación de verdadera unión al estar rezando lo mismo que el italiano de al lado, o el polaco que estuviera en otro banco.

En fin, es sólo una opinión. Pero creo que es muy razonable que, cuando hay bastantes fieles de distintos países, se use nuestro idioma común al menos para algunas partes de la Misa.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.