Respetar o no respetar, he ahí la cuestión

Artículo publicado en el número 53 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo (OSDAD), cuyo hilo conductor en este número es el respeto.

Respetar o no respetar, he ahí la cuestión

Respetar o no respetarEn estos tiempos en los que nos ha tocado vivir nos encontramos con tremenda facilidad otro de los grandes tópicos utilizados para intentar acallar a todo aquel que no tenga ganas de comulgar con ruedas de molino: el respeto.

En principio, el respeto es algo bueno. Eso no lo pongo en duda. Tengo que respetar al prójimo. ¿Por qué? Bueno, aquí esta sociedad descreída tiene un problema. ¿En qué basar ese respeto? ¿En normas y leyes puramente convencionales, que pueden cambiar según el gusto del gobernante del momento? No, ese respeto no sirve para nada. Es como decir que no existe. La única base verdaderamente estable para poder respetar a todo ser humano, independientemente de su edad o de sus actos, se encuentra en su filiación divina. Yo tengo que respetar al prójimo porque es tan hijo de Dios como yo. Porque es otro yo. Este concepto, ya por sí mismo, choca con el egoísmo que configura el pensamiento que arrastra a las masas hoy por hoy.

Pero tenemos algo más rocambolesco aún y que estamos viviendo cada vez más: si estamos en contra de ciertas ideas o ciertos actos, se nos echa en cara la obligación de respetarlos. Es más, en un esfuerzo aún mayor de perversión del lenguaje, ese respeto se convierte en aceptarlos sin más, sin poder decir ni esta boca es mía. ¿Qué tiene que ver eso con el respeto? ¿En base a qué respetar a una persona lleva a respetar sus ideas y eso a aceptarlas como lo normal?

¿En serio esta sociedad de adolescentes tardíos e inseguros pretende que hay que respetar todas las ideas? ¿Hay que respetar las ideas de quienes piensan que a los judíos hay que meterles en cámaras de gas, por ejemplo? No. En absoluto. No tiene sentido.

Lo curioso, o no tan curioso, es que cuando se trata de atacar a los católicos, no cuenta ya lo de respetar y ser tolerante. Es lo que demuestra que ese supuesto amor por el respeto no deja de ser una farsa en la que sólo cuenta lo que dictamine el pensamiento único.

El relativismo se alimenta de esta inseguridad, de no querer tener algo estable para no tener que reconocer que estoy equivocado y cambiar de vida. Por tanto, necesita forzar que todos crean que todo es igual de válido. Pero ese intento de autoafirmación es, a su vez, contradictorio. Es absurdo pretender que todo es válido a la vez que se dice que lo del de enfrente precisamente no lo es.

No hay ninguna obligación de respetar ideas. Lo que merece respeto son las personas. Todas. Sin excepción. Y cuando digo sin excepción incluyo a las que todavía no han nacido, a las enfermas terminales, a las que tienen síndrome de Down y a todas las demás. A la persona, respeto y amor. A las ideas, examen, estudio y, si no son válidas, combate contra ellas sin miramientos, aunque siempre recordando que las ideas no surgen de la nada, sino que se alojan en las mentes de las personas, y manteniéndose en los límites del respeto hacia quienes profesan esas ideas.

Creo que una buena muestra de respeto hacia alguien es estar dispuesto a discutir sus ideas y atraerlo hacia la verdad. ¿Respetar las ideas para que no nos miren mal, para que haya una falsa paz basada en una artificial ausencia de discusiones? Eso tiene un nombre muy claro: cobardía.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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