Sagrada Familia

En la homilía de este domingo de la Sagrada Familia nuestro párroco nos recordaba la enorme importancia que tiene la familia (la de verdad, no los “nuevos modelos de familia” que algunos se están inventando) tanto para el individuo como para la sociedad. Es en la familia donde el individuo se encuentra reconocido por lo que es, donde va a aprender los valores que le formen como persona. Es significativo ver que el refrán “de tal palo, tal astilla” suele acertar. Pero no sólo por un parecido físico que vendría tan sólo de una ordenación genética, sino también porque el hijo suele tener también los valores y el carácter que ha visto en sus padres. Si los padres son egoístas es difícil que el niño no sea egoísta. Si los padres son un ejemplo de amor, el hijo también estará marcado por eso. Aunque luego el tiempo y las propias vivencias de cada uno colaboren a lo que se llama la socialización secundaria, la base, la socialización primaria, es algo exclusivo de los padres. O debería serlo, más bien. Ni el Estado, ni la Iglesia, ni ninguna ideología, ni nadie tiene ningún derecho a suplantar a los padres en la educación de los hijos. Es al revés, los padres tienen el derecho a, en los casos en los que necesiten ayuda, delegar parte de la educación a otras personas (profesores, catequistas, etc). Pero siempre bajo la supervisión de los padres.

La familia es la célula básica de la sociedad. Sin familia (siempre que digo familia me refiero a a lo que es la familia, no a los engendros capricho de los gobernantes) no existe la sociedad. Es así de sencillo. Si no hay matrimonios (es decir, un hombre y una mujer unidos como comunidad de amor y vida de forma total y exclusiva) abiertos a la vida ya me diréis de dónde puede salir la sociedad. Si la sociedad desapareciera por algún tipo de cataclismo (más probablemente político que físico), seguiríamos uniéndonos en familias. Porque es lo que llevamos dentro. Seremos más o menos egoístas, más o menos independientes, pero al final, cuando hace falta, siempre recurrimos a la familia.

En la familia de Nazareth tenemos un modelo perfecto de familia cristiana. Marido y mujer con plena confianza en Dios, abiertos a la vida (María podría haber dicho al ángel que no quería ser la madre de Dios), y con el hogar centrado en Cristo. Mucho amor, concretado en el día a día, no como un sentimiento difuso que viene y va. La evangelización, la venida del Reino de Dios, no puede dejar de lado que los cristianos formemos familias como la de Nazareth. Con nuestras dificultades e imperfecciones, que todos tenemos, pero siempre siguiendo hacia delante por el único que es el Camino, la Verdad y la Vida.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

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