Un pecado imperdonable (como escritor)

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Leyendo en algunos foros de literatura sobre ciertos libros y viendo en algunos blogs ciertos curiosos consejos sobre la escritura de libros, me he dado cuenta de que he debido de cometer un pecado imperdonable como escritor. Y, lo que es peor, lo voy a seguir cometiendo. Y, peor aún, ni siquiera me arrepiento de ello.

Se recomienda que los personajes sean “auténticos”, algo con lo que no tengo ningún problema. Es más, es algo que procuro buscar. Pero también hay quien recomienda que, para que el lector no cierre con una mueca de disgusto el libro al llegar a ciertos pasajes, el autor no debe mostrar ni por asomo su religión, su moral ni nada que se le pueda parecer. Nada moralizante. Nada que pueda oler a una moraleja, que no es otra cosa, según la RAE, que una lección o enseñanza que se deduce de una historia. Es decir, el lector no tiene que ser capaz de deducir ningún tipo de enseñanza. Esa es la responsabilidad que algunos ponen en los hombros del escritor.

Por lo visto, dado que el lector tiene sus propios pensamientos sobre estos temas, el escritor que pretenda tener un poco de éxito debería ocultar los suyos, no sea que parezca que, de alguna forma, intenta convencer al lector. Algo, claro está, de muy mal gusto y muy mal visto por la sociedad.

Un pequeño dato que no suele ponerse de forma explícita pero se ve con claridad al ver ciertos análisis de libros es que el escritor que tiene que guardarse de este posible tipo de influencia es el escritor que podríamos denominar conservador. Y, si es católico, peor aún. Si alguien escribe un libro poniendo a caldo a los sacerdotes no pasa nada. Nadie tiene derecho a sentirse ofendido. Es sólo una opinión, sin más. Pero ojito, como a alguien se le ocurra ensalzar a los sacerdotes o la moral católica, ya no pasa de panfleto propagandístico.

Ahora bien, tenemos un pequeño problema con todo esto. Y es que el escritor, al igual que el lector, también tiene sus posicionamientos sobre todos estos temas. Y es que resulta que la escritura es un acto de comunicación. Por tanto, todos los escritores, si son sinceros, reflejan parte de su mundo en su obra. Lo que se nos pide, por tanto, es que mintamos para tener un posible éxito. Que nuestros personajes sean auténticos, sí, pero que no sean demasiado políticamente incorrectos, no sea que el lector se asuste y se encuentre que hay personas que piensan diferente de lo que está bien visto. Mira que si se encuentran una forma de ver el mundo que les gusta más y les da por darle vueltas…

Pues bien, según esos parámetros, estoy condenado a no ser un escritor de éxito. Los protagonistas de mi primera novela son católicos. Y sí, se les nota. Y los de la segunda también. Sí, y también reflexionan. Y hablan de Dios. Y de otros temas.

En cualquier caso, no creo que nadie se lleve a engaño. No me escondo. Esta web está plagada de muestras de mi forma de pensar y de vivir. Es más, el título de esta web es, como bien sabéis, Un compromiso con la verdad. No haría honor a tal título si me dedicara, como un vulgar cobarde, a violentar a mis personajes para que no reflejen mi mundo interno. Sería una estupidez, porque los personajes son parte de ese mundo. Unas veces saldrá una obra más reflexiva. Otra, con un cierto toque de terror. Otra, de ciencia ficción. Quién sabe. Pero llevará mi impronta.

Lo único que sé es que si alguien busca en mis libros un peloteo más o menos discreto a la forma de pensar y de actuar imperante, que vaya olvidándose de leerme. Va a perder el tiempo. En cambio, si no le importa compartir su tiempo conmigo durante unas horas (en el caso de los libros) o unos minutos (en el caso de artículos), si no le importa vivir un rato el resultado de los destellos sinápticos que se han traducido en letras mientras atravesaban todos esos posicionamientos, llevándose algo de ellos, en ese caso, amigo lector, tengo el deber de agradecer tu confianza y de seguir escribiendo más y mejor para crear más de esos espacios compartidos en los que nuestros seres se expanden y se encuentran en el texto.

Muchas gracias por vuestro apoyo.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

2 Respuestas

  1. Me has dejado de piedra. No había escuchado esa “máxima” en la literatura actual. Es un insulto a lo que es realmente el arte. El arte, y en este caso la literatura no es algo objetivo, aséptico. Su función es comunicar lo que el autor quiere llevar fuera de su mundo interior: es algo subjetivo, y siempre lo será. Quien diga que sus personajes no transmiten su forma de pensar, miente. Lo que sí pueden transmitir es la cultura que se considera hegémonica y neutral en la sociedad, pero que en absoluto lo es, ya que todos, sociedad incluída, hemos de posicionarnos ante el mundo y la objetividad de alguna manera (además, lo subjetivo puede ser Verdad).

    Un libro que reniega de mostrar la forma de mostrar de su autor, podrá tener exito un día, ser un entretenimiento vacuo para despejarte de un día duro. Empero, uno que muestre el espíritu de su autor, tal vez no tenga éxito tan rápido, pero su moralina traspasará los siglos. Si no, que se lo digan a los clásicos.

    Un libro podrá tener una forma preciosa, pero sin fondo no es nada… (soy de los que prefieren una forma preciosa, pero como camino para mostrar un fondo aún más bello)

    Aún no te he leído tu novela, pero tú sigue como hasta ahora (yo también lo haré con mi obra). Al fin y al cabo, el éxito en el arte es un añadido. Lo importante es transmitir la Verdad. Muchísimas gracias por tu reflexión y “rebeldía” tan acertada.

    • Jorge Sáez Criado

      Muchas gracias por tus palabras, José María.

      Imagínate la cara que se me quedó cuando lo leí ya no sólo de forma más o menos solapada en algún foro de literatura, sino directamente en uno de esos decálogos que tanto les gusta hacer a algunos…