Una reflexión en torno al bautismo

Este sábado pasado ha sido un día importante, nada menos que el día del bautizo de mi hija Esther. Nos hemos reunido familiares y amigos para dar la bienvenida a Esther a la Iglesia, para vivir el inicio de su vida como hija de Dios.

Se trata de un rito que, bien conocido, es precioso. Pleno de significado. Nosotros tuvimos la suerte de que el sacerdote, buen amigo nuestro, nos explicó cada parte con paciencia. Pero no todos tienen esa suerte, por desgracia. Es importante que el sacerdote gaste tiempo con padres y padrinos para explicarles lo mejor posible el rito y a lo que se están comprometiendo, ya que podemos decir que para buena parte de los que llevan a sus hijos a bautizar, se trata más bien de una costumbre, algo que hay que hacer. Sí, quizá se base en una cierta religiosidad difuminada. Pero si el sacerdote no les habla de los múltiples significados de lo que están haciendo y su importancia, nadie lo va a hacer. Es el momento y es el lugar.

Recuerda a la petición del Papa de que los sacerdotes no se conviertan en funcionarios. El bautizo de un niño no debería verse como un rato más de trabajo con el que hay que acabar rápido para luego pasar a lo siguiente. Si el propio sacerdote no transmite la belleza y la importancia del bautismo, que luego no se extrañe de que no vuelve a ver al niño por la iglesia. Si la fe de los padres es vacilante o casi inexistente y se les trata como números, lo normal es que no vuelvan.

Pero no quiero hablar ahora de ese punto. Además, como ya he dicho, nosotros hemos tenido muy buena suerte en ese aspecto. Quiero, más bien, centrarme en el apoyo para el bautismo: la fe de los padres. Dado que el niño no puede decidir por sí mismo, son los padres los que, buscando lo mejor para él, le hacen el infinito regalo de bautizarle. Ese bautismo, por tanto, se fundamenta en la fe de los padres. Está claro. Los padres, entonces, responden por él en la profesión de fe.

¡Ahí quería llegar yo! A poco que lo pienses, da un poco de vértigo darse cuenta, ser consciente, de que la fe de tu hijo va a depender de la tuya. Vas respondiendo a las preguntas del sacerdote y, a la vez, te preguntas: “sí, renuncio a Satanás, pero ¿hasta qué punto?”, “sí, creo en Dios, pero ¿de verdad?”… Soy débil, y la fe de mis hijos va a depender, en buena medida, de la debilidad de mi fe.

Si confiara únicamente en mis propias fuerzas, este sería un panorama desolador. Pero lo primero es la gracia. El saber que, desde la eternidad, Dios confió en nosotros para esta misión, para educar y cuidar de estos hijos. Somos débiles, pero Él no.

Nuestra fuerza, nuestra capacidad para llevar a buen término esa misión dependerá de hasta qué punto no queramos usar sólo de nuestras propias fuerzas. Parece paradójico, pero es así. Sólo podemos dar lo que recibimos. Sólo si nosotros procuramos responder abriéndonos a la fe que Dios nos da, conseguiremos transmitirla a nuestros hijos.

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Jorge Sáez Criado
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Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.

Jorge Sáez Criado
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2 Respuestas

  1. esther

    hola enarabuena por ampliar la familia. La has puesto un nombre precioso.
    La deseo que este mundo cambie para que su vida sea mejor.
    A los padres que vean crecer con salud a esa criatura.
    Esther

    • Jorge Sáez Criado

      Muchas gracias.
      Yo la deseo que ella vaya cambiando el mundo. Igual que cada uno de nosotros. El mundo es lo que hacemos de él. Y su vida puede ser maravillosa en este mismo mundo.