El gran engaño del logro
La sociedad nos ha enseñado a valorar los logros: dinero, un cuerpo atlético, un negocio con éxito. Nos ha llevado a vivir buscando todas estas metas.
Sin embargo, ¿cuántas veces ocurre que conseguimos aquello que tanto queríamos, que deseábamos con locura y, una vez allí, nos damos cuenta de que no nos llena? ¿De que sigue faltando algo?
Eso sí que es un enorme fracaso, ¿no te parece? Lograr lo que quieres, quizá incluso lo que otros harían cualquier cosa por conseguir… Y sentirse vacío, sentirse frustrado.
Pero ¿por qué ocurre esto, esta desconexión tan fuerte?
Porque nos centramos en conseguir cosas externas, mientras por dentro no cambiamos. Creemos que todo estará bien cuando obtengamos todo eso que buscamos, creemos que eso nos llenará, pero lo exterior no puede llenar el interior.
La crisis de identidad
Todos necesitamos ser coherentes con quienes creemos que somos. Alguien que se define como fumador, por ejemplo, siempre acabará volviendo a fumar, porque eso está incluido en su identidad. Para un cambio tan profundo no basta con mera motivación superficial. Dar unos cuantos motivos por los que no le conviene fumar no sirve de nada si no redefine su identidad.
¿Por qué? Porque intentará crear un cambio inconsistente con quien es. Con quien su identidad especifica que es.
Entonces, ¿qué sucede cuando alcanzas el éxito externo, pero tu identidad interior está en conflicto?
El precio de la desconexión
Seguro que conoces ejemplos de personas que lo tenían todo. Que eran envidiadas, casi idolatradas. Y que resultó que vivían un infierno por dentro. Alcohol, drogas… algunos incluso llegaron a quitarse la vida.
Por desgracia, no son pocos los que tienden a simplificar estas tragedias en extremo, convirtiéndolas en el final lógico de una vida, según ellos, de desenfreno y vicio. Esto, aparte de la enorme falta de empatía que muestra, no permite llegar a lo más hondo del problema: la profunda desconexión entre el éxito externo y lo que sentían por dentro.
Muchos creen que el dinero o el éxito les darán seguridad, alegría y valor. Pero la riqueza real es emocional, psicológica y espiritual.
Si falta esa riqueza, da igual cuánto tengas: siempre estarás con ese vacío que no se llena, que sigue gritándote que el cambio tiene que ser más profundo.
La reconfiguración de la identidad
El sufrimiento, a diferencia del dolor, que es parte de la vida de todos y cada uno, es una elección. Yo decido cómo reacciono ante lo que considero negativo.
Centrarse en la pérdida de algo que valoro.
Centrarse en tener menos alegría, éxito, dinero…
Centrarse en el nunca: nunca seré feliz, nunca tendré la oportunidad.
En definitiva, centrarse en lo negativo que me ocurre o, más habitual aún, que me puede ocurrir.
Este enfoque obsesivo es lo que te desconecta de la belleza de la vida. La solución no es trabajar 20 horas al día, sino cambiar tu enfoque interno y reconfigurar tu identidad.
Necesitas empezar a centrarte en lo bueno, en lo que tienes, en lo que has ido consiguiendo, en lo que puedes conseguir.
Necesitas crecer. No quedarte estancado tras conseguir algo. Para ser feliz tienes que progresar, seguir avanzando, seguir aprendiendo.
Y, particularmente importante, necesitas contribuir. Ayudar a los demás. Salir de ti para encontrarte con el resto de personas que te rodean, aportar tus dones, sonreír, escuchar a quien lo necesite. Eso te va a llevar a un verdadero éxito, a una felicidad más plena.
Dentro del terreno profesional, demasiadas veces vemos a jefes que creen que los que están por debajo de ellos están ahí para servirlos. Para obedecer y callar.
Y no es así. Eso no es liderazgo. Eso no te acerca a la felicidad. Ni siquiera sirve para tener un equipo fuerte y bien engrasado.
Que tengan una posición inferior en el escalafón de la empresa no los convierte en inferiores, ni a ti en superior. Tu deber como líder es entregarte, aportar todo lo que puedas, con confianza, con serenidad, guiándoles.
Pero el punto de partida tiene que ser tomar la decisión solemne, con todo el ser, de hacer ese cambio. De vivir en ese estado.
Algo que pocos están dispuestos a hacer, porque es más fácil dejarse llevar por la programación que ya tenemos en el cerebro y que, muchas veces, ni siquiera es nuestra, que esforzarnos en crear una nueva.
Es más fácil aceptar las creencias que nos limitan en lugar de cambiarlas por otras que nos potencien. Nos gusta más el malo conocido que el bueno por conocer. Lo cual es absurdo a todas luces. ¿Cómo puede ser que prefiramos quedarnos en lo que sabemos que nos hace mal a buscar una forma de pensar, de ser, que nos va a liberar de ese dolor?
Tienes en este mismo blog un artículo en el que te explico cómo puedes cambiar tus creencias limitantes.
¿Qué ocurrirá si no haces nada, si no te cuestionas lo que haces o lo que piensas?
Exacto: no ocurrirá nada. Todo seguirá igual.
¿Qué ocurrirá si, por el contrario, te decides por fin a dar pasos hacia un éxito de verdad?
La respuesta a esta pregunta te la dejo a ti.
Solo tú puedes decidir. Solo tú eres responsable de tu vida.
Y eso incluye ser responsable de tu identidad. De cómo quieres verte, de quién quieres ser. Definirlo con precisión y actuar en consecuencia.
La tarea de tu vida
Si has intentado cambiar tus resultados, tu comportamiento, sin éxito, es porque has estado tratando de cambiar el efecto en lugar de la causa.
La tarea real no es buscar otra estrategia, otro producto o trabajar más duro. La tarea real es preguntarse quién está dirigiendo tu vida.
Tu mente te contará historias de limitaciones, pero tú eres el autor de tu propia historia. Las decisiones que tomes sobre quién eres y en qué te enfocas controlan tu destino.
Decídete a no conformarte con menos de lo que puedes ser. El cambio empieza en tu interior, con una decisión.
Y, cuando te decides a cambiar tu identidad, tu forma de actuar se alinea con esa nueva verdad interna para vivir en coherencia.
Renace. Libérate. Transforma tu vida.