El camino de la disciplina

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Este artículo ha sido publicado en el número 71 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número ha sido la disciplina.

El camino de la disciplina

El camino de la disciplina

El talento, al igual que las ideas, es muy barato. Todos tenemos algún talento. El que sea. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando confrontamos a alguien con un talento sin afilar con alguien con disciplina férrea para formarse y aprender esa misma habilidad?

Sencillo: el segundo logrará la victoria. Porque el talento, en efecto, es un gran punto de partida. Pero queda en nosotros la responsabilidad de trabajarlo, de hacerlo producir, de llevarlo al máximo nivel que podamos alcanzar con él.

Y eso precisa de un concepto que gusta muy poco hoy en día: disciplina.

Elbert Hubbard definió la disciplina como la capacidad para obligarte a ti mismo a hacer lo que debes hacer, cuando debes hacerlo y tengas o no tengas ganas de hacerlo.

No se trata de apetencias ni de gustos. Se trata de saber qué debemos hacer y seguir un plan para avanzar.

Para ello, lo primero es, necesariamente, entender e interiorizar nuestra motivación. La disciplina no se alcanza con mera fuerza de voluntad. Esta, sin algo que nos impulse desde dentro, se acabará por desgastar. Si nuestro «para qué» no es lo bastante fuerte, acabaremos dejándonos llevar por lo fácil. Por dejarlo estar. Por poner excusas del tipo que sea para lo que solo puede definirse como rendición.

Una vez sabemos lo que nos mueve, qué es lo que queremos alcanzar, tenemos que asumir que las cosas no se logran mágicamente con solo desearlas. Hay que actuar. Y hacerlo cuando tengamos ganas y cuando no las tengamos. Cuando estemos inspirados y cuando no lo estemos.

Todo artista marcial, todo buen profesional, sabe bien que la excelencia se logra con repetición y mejora constante. Una técnica hay que repetirla una y otra vez, sin conformarse con que haya salido más o menos bien.

El camino puede ser duro, pero la única manera de llegar al punto que queremos alcanzar es avanzar. Y, para ello, necesitamos definir por dónde tenemos que pasar. Cuáles son los hitos que nos mostrarán que el avance es real. Y decidir, porque todo cambio comienza con una decisión, seguir adelante pase lo que pase.

La disciplina no es algo que tengamos de nacimiento, se puede (¡se debe!) entrenar. Igual que los músculos se fortalecen con el uso repetido, la disciplina se hace más fácil, más fuerte, según nos vamos haciendo disciplinados.

Algo tan simple como comprometerse con uno mismo a realizar determinados actos cada día, como leer media hora o hacer un pequeño examen al final del día para evaluar nuestros aciertos y fallos y definir qué hacer el día siguiente, puede marcar una gran diferencia a la hora de fortalecer la disciplina.

Además, la disciplina fortalece el carácter y la mentalidad. Algo que se echa mucho de menos en estos tiempos de principios blandos y volátiles, de emociones efímeras y nula determinación. Porque, quien decide ser disciplinado, deja de ser un instrumento de sus emociones y de la motivación propia de la autoayuda barata. Se convierte en alguien más difícil de manipular, con mayor autoestima, con mayor capacidad para alcanzar sus objetivos.

Así pues, es vital pasar del «debería hacer tal cosa» al «debo hacerlo». Y, a partir de ahí, no mirar atrás. No buscar excusas. No esperar a que se dé la situación perfecta.

Solo avanzar. Pase lo que pase. Tengamos ganas o no. Porque solo nosotros somos los responsables de nuestra vida y de lo que hagamos con ella.

Confiar en ti mismo SÍ es cristiano

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Confía en ti mismoPor lo general, la gente te dirá: no confíes en ti mismo. Confía solo en Dios.

Pero esto tiene un problema. Aquí tienes los versículos 18 al 24 del capítulo 32 del libro del Eclesiástico:

«El hombre sensato no olvida la reflexión, el malvado y el orgulloso no tienen miedo a nada. No hagas nada sin aconsejarte, y no te arrepentirás de tus acciones. No vayas por caminos escabrosos, y no tropezarás con las piedras. No te fíes de un camino inexplorado, e incluso con tus hijos mantén distancias. En todos tus actos confía en ti, que también esto es guardar los mandamientos. El que confía en la ley observa los mandamientos, y el que confía en el Señor no sufrirá ningún daño».

Literalmente dice: En todos tus actos confía en ti, que también esto es guardar los mandamientos.

¿Cómo encaja esto con la confianza en Dios?

Pues lo cierto es que con mucha facilidad.

Confiar en uno mismo en ningún momento anula la confianza en Dios, siempre y cuando no nos empeñemos en que se trate de una confianza exclusiva. Es decir, que excluya a Dios de la ecuación.

Sin embargo, si mantenemos la confianza en nosotros mismos arraigada en la confianza en Dios, no hay ningún problema. Dios mismo nos ha dado la capacidad de utilizar la razón. En estos mismos versículos nos habla de la importancia de la prudencia, de reflexionar, de pedir consejos. De igual manera, nos dice con claridad que el malvado y el orgulloso no tienen miedo a nada. ¿Por qué? Porque no son prudentes. No confían en Dios, sino solo en sí mismos. Es una confianza solitaria, egocéntrica en lugar de teocéntrica.

En definitiva, sí, puedes y debes confiar en ti mismo, con una confianza enraizada en Dios. Una confianza valiente, gozosa y abierta a la voluntad de Dios.

Únete a la misión: cómo ser embajador de SOBERANÍA y transformar vidas (incluida la tuya)

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¿Alguna vez has sentido que tienes entre manos algo tan bueno que no puedes dejar de compartirlo?

A menudo, los católicos que estamos presentes en el mundo digital —ya sea a través de un blog, una cuenta de Instagram o un simple grupo de WhatsApp— nos enfrentamos a un reto: ¿Cómo podemos ser útiles a los demás en medio del ruido y el caos de las redes sociales?

Hoy quiero invitarte a dar un paso más allá. Quiero invitarte a ser mi aliado en una misión que urge: ayudar a profesionales y líderes católicos a recuperar el mando de sus vidas a través del programa SOBERANÍA.

¿Por qué abrir un programa de afiliados?

SOBERANÍA es un programa que tiene la fuerza de hacer que personas que viven esclavizadas por el cortisol y el agotamiento mental recuperen su presencia en el hogar, su profundidad en la oración y su eficacia profesional.

Pero mi voz tiene un alcance limitado. San Ignacio de Loyola decía que «el bien, cuanto más universal, es más divino». Para que este método de unión entre la PNL y la espiritualidad ignaciana llegue a quien realmente lo necesita, necesito tu ayuda.

No es solo marketing, es corresponsabilidad

He decidido activar una comisión del 20% para cada afiliado cuya recomendación del programa lleve a una venta. Sé que, en entornos eclesiales, a veces nos cuesta hablar de dinero, pero quiero que lo veas desde otra perspectiva:

  1. Justicia y gratitud: Promocionar un programa requiere tiempo, creatividad y energía. Es justo que participes de los frutos económicos que ese esfuerzo genera.

  2. Sostenibilidad: Tu apoyo me ayuda a seguir dedicando tiempo a la escritura y a la creación de herramientas gratuitas para toda la comunidad.

  3. Apostolado profesional: Estás recomendando una solución que ayudará a personas que de verdad la necesitan. Eso es una obra de misericordia.

¿Cómo funciona?

Es muy sencillo y totalmente profesional. Todo se gestiona a través de Hotmart, la plataforma líder en formación online.

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¿A quién puedes ayudar?

Piensa en ese amigo profesional que siempre está agotado. En ese padre de familia que ama a Dios pero no tiene energía para sus hijos al llegar a casa. En esa mujer líder que siente que su fe es una «tarea más» en su agenda.

Tú puedes ser el puente que les devuelva la Soberanía sobre su propia vida.

¿Te unes al equipo?

No busco expertos en ventas, busco personas convencidas de que es posible vivir con paz en medio del mundo actual. Si te manejas bien en redes sociales y quieres que tu presencia digital tenga un impacto eterno, este es tu sitio.

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Gracias por tu generosidad, por tu apoyo y por ayudarme a que la paz de Cristo llegue a más hogares a través de un liderazgo ordenado y con propósito.

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Poner la otra mejilla no es lo que crees

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¿Poner la otra mejilla?«Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra» (Mt 5, 39). Todos hemos oído o leído ese pasaje del Evangelio tan provocador.

Y tan mal interpretado.

Porque da la sensación de que se trata de dejarnos pisotear, ¿verdad? De que no podemos defendernos ni responder a los ataques. De que un cristiano tendría que no solo amar a los enemigos, sino también dejarles hacer lo que quieran.

Esa es la sensación que da siempre y cuando no leamos el resto del Evangelio. Porque Jesús no actúa de esa manera. Al contrario, cuando los fariseos le echan en cara que cura en sábado, responde mostrándoles su hipocresía. Ante los mercaderes del Templo, se hace un látigo y los expulsa de una forma que no podríamos llamar cariñosa ni dulce. Cuando, en el interrogatorio ante Anás, uno de los guardias le da una bofetada, Jesús no se queda apocado ofreciéndole la otra mejilla. Con toda su dignidad le responde: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?» (Jn 18, 23).

¿Acaso Jesús no hacía caso a sus propias palabras? ¿O será más bien que nos hemos fabricado un Jesús que nos resulta cómodo, que siempre está sonriendo, que aguanta cualquier cosa?

Porque, en efecto, resulta más cómodo no hacer nada y creerse un santo que confrontar a quien nos ataca.

El victimismo es muy cómodo y muy fácil.

Pero es que la Biblia es un todo. No podemos quedarnos con versículos sueltos alegremente. Y el hecho es que el contexto inmediato para esa cita está en referencia a la famosa ley del talión: «Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente» (Mt 5, 38). Una ley que, por mucho que ahora nos parezca violenta y sanguinaria, en realidad fue un gran avance para limitar la venganza. Esta ley buscaba evitar una violencia ilimitada. ¿O no hemos tenido todos en algún momento la tentación de, ante un mal que alguien nos haya hecho, hacerle la vida imposible de todas las maneras posibles?

Pues eso es lo que regula la ley del talión.

Sin embargo, Jesús nos anima a dar un paso más. A no responder desde el mismo nivel. A no buscar una revancha centrada en el ego herido. A romper el patrón de la venganza que se puede convertir en un ciclo de consecuencias cada vez peores.

Poner la otra mejilla es mantener nuestra dignidad de hijos de Dios. Plantar cara al mal mediante el bien, sin utilizar sus mismas armas.

En ocasiones tendremos que defendernos y defender a los demás. Tendremos que proteger a la Iglesia. Tendremos que dejar claros límites e, incluso, romper relaciones. Pero no desde la venganza, sino desde el amor. Desde la paz de ser hijo de Dios.

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Huyendo de la responsabilidad

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Eres el responsable absoluto de tu vidaHay algo que parece repeler a mucha gente. Algo que, cuando se lo dices, ves cómo cambian la expresión. Quizá poniendo cara de póquer. Quizá añadiendo tensión.

Algo que es lógico y perfectamente normal. Pero que no es cómodo.

Y es tan simple como que cada uno tiene la responsabilidad de su propia vida.

Todo proceso de coaching parte de la base de que el cliente es el único responsable de lo que hace o deja de hacer.

Es decir, si quieres un cambio, tienes que actuar para conseguir ese cambio.

Nadie lo va a hacer por ti.

Absolutamente nadie.

Además, y eso es lo que más duele, estoy seguro, tienes que dejar atrás el victimismo.

Tienes que dejar de responsabilizar a los demás de lo que te ocurre.

Ojo, esto no quiere decir que minimices si alguien te ha hecho daño ni que otros no sean culpables de causarte algún tipo de perjuicio.

Pero culpabilidad y responsabilidad son cosas diferentes.

Tú eres el responsable de lo que haces con lo que te ocurre. De cómo lo utilizas.

Por eso, ante las mismas situaciones, hay quienes se hunden y quienes se elevan como faros para los demás.

Ya me ha ocurrido en alguna ocasión: en una sesión le animo al cliente a dejar atrás el victimismo, a tomar la responsabilidad absoluta de su vida… y desaparece misteriosamente. Ni una sesión más.

Y es que es muy cómodo cargar a nuestras circunstancias con cómo vivimos nuestra vida. Es muy cómodo quedarse en el papel de pobrecito de mí.

Es cómodo. No lleva a nada bueno, pero es cómodo.

En cambio, asumir que sí, en efecto, puede haberme ocurrido tal o cual cosa, pero no voy a permitir que eso me defina. Ni lo que diga mi jefe, ni lo que ocurra en la economía. Que soy el único y absoluto responsable de cómo todo eso afecte a mi interior, a mis creencias, a mis valores, a mis acciones.

Eso cuesta.

Pero eso hace crecer. Eso nos da el gobierno de nuestra vida. No podemos cambiar que se ponga a llover o no, pero está en nuestra mano decidir si eso va a suponer que nos ha arruinado la tarde o que podemos pasarla leyendo, avanzando en algo que teníamos parado o saliendo a pesar de la lluvia.

Todo comienza con una decisión muy sencilla: ¿quieres tener tú el control de tu vida o prefieres seguir dejando que sea tu entorno quien lo tenga?

Y esa decisión solo la puedes tomar tú.

¿Qué eliges?

RECUPERA TU SOBERANÍA

Te presento SOBERANÍA

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Programa SOBERANÍAComo ya te he contado en alguna ocasión, pasé nada menos que unos trece años viviendo con ansiedad. Sé lo que es despertarse con un nudo en el estómago, decaído por completo y sentir que el día ya te ha ganado la partida antes de empezar.

Rezaba, por supuesto. Le pedía al Señor que me ayudara, pero no encontraba consuelo.

Pero sí, Dios escuchaba.

La respuesta a mis oraciones llegó con la forma de la PNL y la inteligencia emocional.

Más tarde pensé que, para un católico, era irrenunciable añadir la dimensión espiritual para que resultara algo completo.

Por eso creé el programa SOBERANÍA.

En él uno las enseñanzas del coaching, la PNL, la inteligencia emocional y la espiritualidad ignaciana para darte las claves para gestionar el estrés y recuperar el timón de tu vida.

Está diseñado para que lo puedas seguir a tu propio ritmo, con vídeos llenos de información que podrás poner en práctica desde el primer momento, además de ejercicios que te ayudarán a asentarlo todo en tu vida.

SOBERANÍA tiene una garantía de 15 días. Tan convencido estoy de que te será de gran utilidad.

Tu paz no es un lujo, es la base de tu misión en esta vida. No la pospongas más.

Pulsa ahora mismo en el botón y comienza la recuperación de tu SOBERANÍA.

Glorifica al Señor con tu vida.

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Propósitos de Año Nuevo

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Lámparas de Año NuevoCuando comienza el año es de lo más habitual hacer revisión del año pasado y propósitos para el año recién estrenado.

Y la realidad es que, al final, lo normal es quedarnos exactamente igual.

Es lógico.

¿De verdad esperamos que cambien las cosas por algo que, como mucho, es una triste lista de tareas? O ni eso. Este año me gustaría cambiar de trabajo. Este año me gustaría hacer más ejercicio. Este año…

Da igual. ¿De qué sirve eso? Lo olvidamos en un par de días, si llega a tanto.

¿Por qué?

Porque nos quedamos en cosas externas que no interiorizamos. Porque ni siquiera nos planteamos objetivos concretos en plazos concretos.

Porque esperamos llegar a conseguir algo sin cambiar nada.

¿Quieres que este año sea diferente? En lugar de esos propósitos, define algo que de verdad sea un cambio positivo. Por ejemplo, nada de perder peso, sino estar en forma. Una de esas opciones es fácilmente olvidable. La otra, no.

Y, tras definir esa meta (déjate de propósitos, formula metas), ponte objetivos más cercanos, encuentra los patrones que tengas que cambiar para lograrlos, ponte fechas límite. Y, sobre todo, mételo en tu identidad.

Siguiendo con el mismo ejemplo, no te identifiques con alguien con sobrepeso, sino con alguien que está mejorando su estado físico. En el momento en el que cambias el chip de esta manera, estás mucho más cerca de lograr tu meta.

No permitas que este año sea como los demás.

Feliz Año Nuevo.

Eligiendo la alegría

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Este artículo ha sido publicado en el número 70 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número ha sido la alegría.

Eligiendo la alegría

Mujer alegreHay una interesante paradoja en lo que se refiere a la alegría, y es que no son raras las situaciones en las que te encuentras a personas que «deberían» estar alegres, sea por lo que tienen, por lo que han logrado en la vida o por lo que sea y, en realidad, basta con fijarse un poco para darse cuenta de que no lo están. Se encuentran en una especie de vacío que a veces tratan de llenar con distintos tipos de sustancias y que, incluso, puede llevarles a querer acabar con su propia vida.

En cambio, otras personas que no «deberían» tener ni siquiera la más mínima gana de estar alegres, hasta arriba de problemas serios, incluso en situaciones por las que a nadie le gustaría pasar, resultan ser como un faro para quienes se ponen cerca. Siempre te iluminan porque su alegría es auténtica y, por tanto, pegadiza.

¿Cómo puede darse este contraste?

Podemos enumerar tres factores que influyen de forma determinante en nuestro nivel de alegría.

Para el primero, permíteme proponerte un experimento: cierra los ojos y piensa únicamente en lo que te falta, en lo que no has conseguido, en lo que has perdido, en las personas que te han hecho daño. Solo en eso. ¿Cómo te sientes?

Ahora, abre los ojos, respira profundamente un par de veces, vuelve a cerrarlos y céntrate tan solo en lo que tienes, en lo que sí has conseguido, en lo que disfrutas, en la buena gente que has conocido, en esa persona que te echó una mano. ¿Cómo te sientes ahora?

No pocas veces nos empeñamos en elegir la tristeza en lugar de la alegría. Porque, en efecto, podemos elegirla. Podemos decidir vivir en positivo, tratando de aprender y salir reforzados de los malos momentos, que siempre los habrá.

Es más fácil estar triste, solo hay que dejarse llevar. Pero podemos cambiar esa tendencia. No se trata de cerrar los ojos a lo negativo, sino de utilizarlo no para que nos lleve al fondo, sino para aprender y seguir adelante, centrándonos en avanzar.

El segundo factor implica pensar que hemos llegado a lo que se supone que teníamos que alcanzar. Entonces, nos preguntamos: y ahora, ¿qué? Ese empuje que teníamos para lograr nuestros objetivos va desapareciendo y nos vamos adormeciendo. Ya no sabemos hacia dónde ir. En teoría, tenemos lo que queríamos. Pero nos falta algo muy importante: un propósito al que dirigirnos. Por eso es necesario que nos paremos con calma y nos interroguemos acerca de lo que queremos que sea nuestra vida. No en términos de tener, sino de algo más importante, algo que esté por encima de todo eso.

Y, de ahí, pasamos al tercer factor: contribuir. ¿No te llama la atención que la gente más alegre suele ser la que más ayuda, la que más hace por los demás? Se trata de una expresión de amor, y el amor lleva alegría incluso en el sufrimiento. El amor es un propósito por sí mismo, ya que trata de mejorar la vida de aquel a quien se ama. Y, si amamos como debemos amar, siempre habrá posibilidad de mejora, de avance, de seguir contribuyendo.

Si elegimos el amor auténtico, el de verdad, elegimos la alegría. Es así de sencillo y de complicado. Pero es una elección que tienes que tomar tú.

RENACE, LIBÉRATE, TRANSFORMA TU VIDA

¿Por qué lograrlo todo no te hace feliz?

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El gran engaño del logro

Un hombre mira por una ventana con expresión triste y pensativaLa sociedad nos ha enseñado a valorar los logros: dinero, un cuerpo atlético, un negocio con éxito. Nos ha llevado a vivir buscando todas estas metas.

Sin embargo, ¿cuántas veces ocurre que conseguimos aquello que tanto queríamos, que deseábamos con locura y, una vez allí, nos damos cuenta de que no nos llena? ¿De que sigue faltando algo?

Eso sí que es un enorme fracaso, ¿no te parece? Lograr lo que quieres, quizá incluso lo que otros harían cualquier cosa por conseguir… Y sentirse vacío, sentirse frustrado.

Pero ¿por qué ocurre esto, esta desconexión tan fuerte?

Porque nos centramos en conseguir cosas externas, mientras por dentro no cambiamos. Creemos que todo estará bien cuando obtengamos todo eso que buscamos, creemos que eso nos llenará, pero lo exterior no puede llenar el interior.

La crisis de identidad

Todos necesitamos ser coherentes con quienes creemos que somos. Alguien que se define como fumador, por ejemplo, siempre acabará volviendo a fumar, porque eso está incluido en su identidad. Para un cambio tan profundo no basta con mera motivación superficial. Dar unos cuantos motivos por los que no le conviene fumar no sirve de nada si no redefine su identidad.

¿Por qué? Porque intentará crear un cambio inconsistente con quien es. Con quien su identidad especifica que es.

Entonces, ¿qué sucede cuando alcanzas el éxito externo, pero tu identidad interior está en conflicto?

El precio de la desconexión

Seguro que conoces ejemplos de personas que lo tenían todo. Que eran envidiadas, casi idolatradas. Y que resultó que vivían un infierno por dentro. Alcohol, drogas… algunos incluso llegaron a quitarse la vida.

Por desgracia, no son pocos los que tienden a simplificar estas tragedias en extremo, convirtiéndolas en el final lógico de una vida, según ellos, de desenfreno y vicio. Esto, aparte de la enorme falta de empatía que muestra, no permite llegar a lo más hondo del problema: la profunda desconexión entre el éxito externo y lo que sentían por dentro.

Muchos creen que el dinero o el éxito les darán seguridad, alegría y valor. Pero la riqueza real es emocional, psicológica y espiritual.

Si falta esa riqueza, da igual cuánto tengas: siempre estarás con ese vacío que no se llena, que sigue gritándote que el cambio tiene que ser más profundo.

La reconfiguración de la identidad

El sufrimiento, a diferencia del dolor, que es parte de la vida de todos y cada uno, es una elección. Yo decido cómo reacciono ante lo que considero negativo.

Centrarse en la pérdida de algo que valoro.

Centrarse en tener menos alegría, éxito, dinero…

Centrarse en el nunca: nunca seré feliz, nunca tendré la oportunidad.

En definitiva, centrarse en lo negativo que me ocurre o, más habitual aún, que me puede ocurrir.

Este enfoque obsesivo es lo que te desconecta de la belleza de la vida. La solución no es trabajar 20 horas al día, sino cambiar tu enfoque interno y reconfigurar tu identidad.

Necesitas empezar a centrarte en lo bueno, en lo que tienes, en lo que has ido consiguiendo, en lo que puedes conseguir.

Necesitas crecer. No quedarte estancado tras conseguir algo. Para ser feliz tienes que progresar, seguir avanzando, seguir aprendiendo.

Y, particularmente importante, necesitas contribuir. Ayudar a los demás. Salir de ti para encontrarte con el resto de personas que te rodean, aportar tus dones, sonreír, escuchar a quien lo necesite. Eso te va a llevar a un verdadero éxito, a una felicidad más plena.

Dentro del terreno profesional, demasiadas veces vemos a jefes que creen que los que están por debajo de ellos están ahí para servirlos. Para obedecer y callar.

Y no es así. Eso no es liderazgo. Eso no te acerca a la felicidad. Ni siquiera sirve para tener un equipo fuerte y bien engrasado.

Que tengan una posición inferior en el escalafón de la empresa no los convierte en inferiores, ni a ti en superior. Tu deber como líder es entregarte, aportar todo lo que puedas, con confianza, con serenidad, guiándoles.

Pero el punto de partida tiene que ser tomar la decisión solemne, con todo el ser, de hacer ese cambio. De vivir en ese estado.

Algo que pocos están dispuestos a hacer, porque es más fácil dejarse llevar por la programación que ya tenemos en el cerebro y que, muchas veces, ni siquiera es nuestra, que esforzarnos en crear una nueva.

Es más fácil aceptar las creencias que nos limitan en lugar de cambiarlas por otras que nos potencien. Nos gusta más el malo conocido que el bueno por conocer. Lo cual es absurdo a todas luces. ¿Cómo puede ser que prefiramos quedarnos en lo que sabemos que nos hace mal a buscar una forma de pensar, de ser, que nos va a liberar de ese dolor?

Tienes en este mismo blog un artículo en el que te explico cómo puedes cambiar tus creencias limitantes.

¿Qué ocurrirá si no haces nada, si no te cuestionas lo que haces o lo que piensas?

Exacto: no ocurrirá nada. Todo seguirá igual.

¿Qué ocurrirá si, por el contrario, te decides por fin a dar pasos hacia un éxito de verdad?

La respuesta a esta pregunta te la dejo a ti.

Solo tú puedes decidir. Solo tú eres responsable de tu vida.

Y eso incluye ser responsable de tu identidad. De cómo quieres verte, de quién quieres ser. Definirlo con precisión y actuar en consecuencia.

La tarea de tu vida

Si has intentado cambiar tus resultados, tu comportamiento, sin éxito, es porque has estado tratando de cambiar el efecto en lugar de la causa.

La tarea real no es buscar otra estrategia, otro producto o trabajar más duro. La tarea real es preguntarse quién está dirigiendo tu vida.

Tu mente te contará historias de limitaciones, pero tú eres el autor de tu propia historia. Las decisiones que tomes sobre quién eres y en qué te enfocas controlan tu destino.

Decídete a no conformarte con menos de lo que puedes ser. El cambio empieza en tu interior, con una decisión.

Y, cuando te decides a cambiar tu identidad, tu forma de actuar se alinea con esa nueva verdad interna para vivir en coherencia.

Renace. Libérate. Transforma tu vida.

RENACE. LIBÉRATE. TRANSFORMA TU VIDA.

Conviértete en el líder que puedes llegar a ser

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Liderazgo y responsabilidadUna de las preguntas más habituales de quienes han alcanzado el éxito o van en camino hacia él suele ser cómo mantener el control y el crecimiento a lo largo del viaje.

Es llamativo que algunos líderes parecen navegar las crisis con facilidad, mientras que otros, igualmente talentosos, se hunden. La respuesta no está en la suerte, la educación o los contactos, sino en una única cualidad mental: la responsabilidad incondicional.

No te voy a hablar de teorías, sino de un principio inevitable, tan inexorable como la ley de la gravedad y que a muchas personas les aterra: tú estás a cargo de tu vida.

Presta atención porque, si aplicas esto de lo que vamos a hablar, tu liderazgo personal y profesional va a ser más eficaz y eso puede llevar a unos mayores ingresos.

EL FUNDAMENTO DEL LIDERAZGO

Lo primero que hay que tener en cuenta es lo que Brian Tracy llama la Ley del Control. Esto es, cuanto más te sientas en control de tu propia vida, más sensaciones positivas tendrás hacia ti mismo y tu liderazgo. Si te fijas bien, una buena parte del estrés, la infelicidad y el bajo desempeño proviene de la sensación de que las circunstancias externas —el mercado, la competencia, la política— te están controlando.

Sin embargo, un verdadero líder, una persona que quiera avanzar en su vida, se ve a sí mismo como el arquitecto de su propio destino.

El liderazgo en su vida, tanto personal como profesional, empieza cuando acepta el 100% de la responsabilidad por todo lo que es y todo lo que será.

Es importante distinguir la responsabilidad de la culpa. Si yo cruzo una calle sin mirar a los lados porque el semáforo está en verde para mí y un coche me atropella, ¿tengo yo la culpa?

Evidentemente, no. Es el conductor del vehículo el que se me ha llevado por delante.

Pero ¿tengo responsabilidad en lo que ha ocurrido?

Por supuesto que la tengo. Debería haber estado atento. Debería haber comprobado que no suponía un peligro cruzar.

Esto implica dos reglas de oro:

La primera: Cero excusas: la persona responsable es aquella que no pone pretextos. Los hombres y mujeres de verdad no se quejan de las dificultades de la vida, solo las aceptan o hacen algo al respecto. Si no te gusta cómo van las cosas, es tu responsabilidad cambiarlas. Así de sencillo.

La segunda: Debes verte como el presidente de tu propio ser. Tus ingresos, tu desarrollo profesional y personal, tu equipo y tus resultados son tu total responsabilidad. La aceptación de esta verdad es lo que te otorga poder.

La diferencia entre la madurez y la inmadurez es aceptar el hecho de que estamos a cargo de nuestra vida. La irresponsabilidad, en cambio, se relaciona directamente con las emociones negativas, como el temor y la duda. La responsabilidad mira al futuro con esperanza, con aprendizaje y fuerza.

LA MAESTRÍA DEL JUEGO INTERNO

En el liderazgo, y recuerda que hablo tanto a nivel personal como profesional, la mayor parte del proceso es mental. Y ese proceso mental, ese mundo interior, se refleja en el mundo externo. Lo que creas de ti mismo lo vas a mostrar en tu lenguaje, en tu forma de caminar, en tu forma de actuar.

Dentro del terreno profesional, por tanto, si eres un líder y a tu alrededor encuentras confusión, bajo rendimiento o crisis, el primer lugar en el que mirar es en tu interior.

Además, es vital conocer el efecto Pigmalión: la gente tiende a comportarse según las expectativas que pones en ellas, según cómo las etiquetas. Así pues, si crees que tu equipo no puede lograr metas ambiciosas, eso será lo que les transmitas, sea de forma consciente o inconsciente. Y eso afectará a su propia manera de verse y comportarse.

El resultado, te lo puedes imaginar.

Por ello, para cambiar los resultados de los demás, lo primero que debes hacer es cambiar tu forma de pensar. Eso pasa también por cuidar tu autoestima, ya que esta determina tu desempeño, al partir esta de cómo te concibes a ti mismo.

Para ello, puedes utilizar algunas estrategias como:

  • La visualización. La mente no distingue entre la realidad y lo que imaginas con intensidad y asociando emociones. Puedes utilizarla, por ejemplo, para prepararte para una reunión, imaginándote llevándola lo mejor posible, sintiéndote bien, emocionado, cómodo.
  • Las afirmaciones. Repetirse frases puede parecer un ejercicio absurdo. Y, no te equivoques, lo es, si lo haces como un papagayo. La diferencia está en las emociones. En asociarlas a lo que decimos. Y en decirlo siempre de forma positiva. Puedes decirte todas las mañanas o con más frecuencia frases del tipo: «yo soy responsable» o «soy capaz». Pero hazlo con fuerza, con emoción. Con este sencillo ejercicio irás elevando tu autoestima.
  • Modelado. Identifica a tres personas a las que admires. Pregúntate qué cualidades suyas son las que tanto te atraen y empieza a actuar como si ya tuvieras esas cualidades. Es ese famoso principio de fingir hasta lograrlo.

LA ESTRUCTURA DEL ALTO DESEMPEÑO

Tanto tú como tu equipo necesitáis claridad y estructura en la responsabilidad. Para eso, es importante poner metas claras y específicas. He estado en empresas en las que las tareas a realizar eran más una carta a los Reyes Magos que unos objetivos o metas claros.

Por otra parte, tenemos el principio de Pareto, el clásico 80/20. Esto nos lleva a pensar que el 20% de las tareas dan el 80% de los resultados. Entonces, la pregunta que hay que hacerse como líder es: ¿cuáles son esas tareas en las que debería invertir mi tiempo?

Es también vital tener una lista de las tareas a realizar diarias, semanales y mensuales, priorizarlas y ejecutarlas según esa prioridad. Aportar claridad y estructura es tarea de un buen líder.

El liderazgo exige, además, un compromiso con la excelencia. Los grandes líderes dirigen con el ejemplo. Desde luego, nada que ver con los meros jefes, que se contentan con mandar. El líder es alguien diferente.

El líder es un fabricante de equipos. Esto significa organizar, motivar, y desarrollar a las personas para que sean mejores de lo que eran antes.

El líder invierte en conocimiento práctico y útil. No se queda estancado pensando que ya lo sabe todo. Eso implica leer libros, escuchar podcasts, ver vídeos que den alimento a su cerebro.

Además, es decidido. No se queda dudando, sino que toma decisiones rápidas y aprende de ellas, de sus resultados.

Y, como punto final, es persistente. No se rinde. Adopta la actitud de que cada obstáculo o retroceso ha venido para instruirlo, no para detenerlo.

CONCLUSIÓN

Recuerda el lema de los responsables: Si debe ser, debo hacerlo yo.

El éxito no se mide por lo que has hecho en comparación con los demás, sino al compararlo con lo que tú mismo eres capaz de hacer. Y para liberar todo tu potencial necesitas autoestima y hacerte responsable de tu vida.

Ahora ponte en marcha. Elimina la palabra «pero» de tu vocabulario, te lleva a buscar excusas. Y hemos dicho que sin excusas.

Avanza en serio, sin timidez. Toma una decisión ya.

Comprométete con buscar la excelencia.

Y recuerda: el camino hacia la grandeza comienza con un solo paso. Toma el control, acepta la responsabilidad y actúa en serio.

RENACE, LIBÉRATE, TRANSFORMA TU VIDA