¿Por qué leer ciencia ficción (y fantasía)?

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Tengo que reconocer que me llama la atención que, al menos en determinados círculos, a la ciencia ficción y a la fantasía se las tiene como géneros menores. Como si no fuera literatura “de verdad”. Y me llama la atención porque obras como De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, o las leyendas artúricas, son ciencia ficción y fantasía respectivamente, y no creo que a nadie se le ocurra quitarles importancia.

En esta entrada te quiero dar varios motivos por los que leer ciencia ficción y fantasía. Si ya leías estos géneros, espero que te animen a seguir con esta afición. Y, si no los lees, me gustaría animarte a darles una oportunidad.

5 motivos para leer ciencia ficción y fantasía

Te permite evadirte de la realidad

Al principio puede sonar un poco mal esto de evadirse de la realidad, ¿no? Parece como si estuviéramos diciendo que los que leemos estos géneros somos unos cobardes que tratan de escapar de sus vidas.

Habrás notado que he recalcado el “parece”, porque no es así en absoluto. O no tiene por qué serlo, que de todo hay.

Todos necesitamos un descanso de vez en cuando. Todos, da igual lo que hagas. Cada día tiene sus agobios, que poco a poco se van acumulando en el subconsciente, nos van agotando, nos van quemando. Yo lo he notado, supongo que tú también.

La ciencia ficción y la fantasía, al hacernos viajar a una realidad alternativa, nos permiten descansar, liberar la mente. Nos dan esos momentos de evasión que son como unas pequeñas vacaciones cada día. Y eso es algo muy bueno y muy útil.

Mi propia experiencia es esa: estar agobiado por el trabajo y lograr llevar el día a día mucho mejor gracias a poder salir de vez en cuando a un mundo diferente. No se trata de una huida, sino de unas minivacaciones, como te he dicho antes. Unas vacaciones que pueden ser tan breves como de un cuarto de hora, por ejemplo. Pero, con ese poco tiempo, si el libro realmente te atrapa, si sus personajes son auténticos, ya consigues recuperar un poco el ánimo. No deja de ser un viaje instantáneo. Y en los viajes uno tiende a desconectar bastante de los problemas del día a día.

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Permite reflexionar sobre la realidad

Al mismo tiempo que te permite evadirte de la realidad, puede servir para reflexionar sobre acontecimientos, ideas y situaciones del mundo real. Tanto en la fantasía como en la ciencia ficción, al ser ficción especulativa, el autor puede experimentar con ideologías, descubrimientos, etc. y llevarlos a sus máximas consecuencias.

Esa es la magia de la ficción especulativa: nos permite adentrarnos sin red de seguridad en preguntas como “¿qué pasaría si…?”. Por ejemplo, en mi caso, en Memorias del ocaso juego con la posibilidad de que una inteligencia artificial, siguiendo su programación, consiga llegar a dominar todos los sistemas en busca de conocimiento. Simultáneamente, esa trama la utilizo para reflexionar sobre la influencia de la tecnología en nuestras vidas, la difícil elección a veces entre el bien y el mal, lo que hace humano al ser humano…

Todo autor deja parte de sí en su obra, pero considero que en estos géneros, al permitir tanta libertad narrativa, nos lanzamos (o podemos lanzarnos) más a volcar nuestras preocupaciones, nuestros sueños, nuestras dificultades, para tratar de darles quizá no respuesta, sino simplemente una vuelta, jugar con ellos, valorar opciones..

Despierta la imaginación

Motivos para leer ciencia ficción y fantasíaTanto la fantasía como la ciencia ficción están plenos de imaginación. Universos, razas y seres extraños, fascinantes descubrimientos… Todo surgido de la imaginación del autor, pero basándose en el mundo real, lo que le da un ancla para que no resulte todo demasiado etéreo, demasiado difícil de creer.

Sumergirse en un ambiente surgido de la imaginación te “obliga” a despertar tu imaginación para dar vida a ese mundo en tu mente, albergando posibilidades que, quizá, antes no te habías planteado siquiera.

Esto también es válido para los avances científicos. Sobre todo en el caso de la ciencia ficción, no sería el primer caso en el que una obra literaria sirve de inspiración a inventores e investigadores. Ejemplos de esto podrían ser la realidad virtual, el helicóptero, los coches autónomos… ¡incluso los smartwatches!

Te invita a aprender

Estás tranquilamente leyendo una novela de fantasía y te encuentras con cómo organizaron un ejército para luchar con el enemigo en una batalla que sería recordada por los bardos para siempre. ¿Qué hace exactamente un bardo? ¿Qué es una falange? ¿Y un pilum? No pocas veces se utilizan conceptos históricos en este tipo de novelas que te pueden llamar la atención lo suficiente como para querer saber más sobre ellos. De hecho, muchas veces los autores nos basamos en casos reales de la Historia.

Pasa igual con la ciencia ficción. Te hablan de astronomía, de robótica, de biología, y te invitan a buscar más información sobre todo ello. ¿Cómo están formados los anillos de Saturno? ¿Hay alguna manera de escapar a la paradoja de los viajes en el tiempo?

Aparte están otros temas que también se manejan en ambos géneros, como psicología, filosofía, incluso conceptos teológicos. Por ejemplo, Brent Weeks, uno de mis escritores favoritos de fantasía, toma muchos elementos de Aristóteles.

Es divertido

Por último, pero no por ello menos importante (de hecho, iba a poner el primero este motivo), está la diversión que supone explorar un nuevo mundo. ¿Quién no ha disfrutado surcando el océano con el capitán Nemo? ¿Quién no ha seguido las aventuras de los caballeros de la mesa redonda en su búsqueda del Grial?

Ver cómo evolucionan los personajes en mundos con sus propias reglas, disfrutar del sistema de magia que el autor ha desarrollado, o de los avances científicos que ha soñado y hacerlos, en cierto modo, propios.

Las posibilidades de la fantasía y la ciencia ficción son infinitas. Y ahí están, esperándote para que desentrañes sus misterios.

¿Quieres aprender a diseñar personajes para tus historias?

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Curso de escritura creativa: crea personajes memorables

Al fin puedo desvelar uno de mis proyectos para este año: crear un curso de escritura creativa para ayudar a otros escritores en su camino hacia la excelencia narrativa.

Mi idea es dividir este curso en distintos aspectos de la escritura de una novela para hacer más fácil centrarse en cada uno de los puntos.

Como inicio he querido comenzar con el aspecto que quizá sea el más importante de cualquier historia: los personajes. Unos buenos personajes arrastran al lector, que llega a empatizar con ellos y a preocuparse de ellos. Eso hace que siga leyendo y que disfrute nuestra historia.

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El curso está dividido en 24 vídeos, en los cuales trataremos de las características deseables de los personajes, los tipos de personajes, su descripción y el narrador.

Un curso especializado en la creación de personajes memorables por solo 19.99 €.

¡No dejes escapar esta oportunidad y apúntate!

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El mito de los valores del deporte

Valores de las artes marciales y del deporteSeguro que más de una vez has oído (o, incluso, has dicho) aquello de que el deporte inculca a sus practicantes una serie de valores.

Pues bien, tengo que decirte que no estoy de acuerdo en absoluto.

No, el deporte de por sí no inculca valores

Reconozcámoslo, el deporte no es algo mágico que convierte a los deportistas en seres de luz. Si fuera tan bueno inculcando valores, la enorme mayoría de los deportistas serían humildes, generosos, honestos, buenos compañeros, simpáticos… hasta, ¿por qué no?, brillaríamos en la oscuridad.

Pero salta a la vista que no es así. No es difícil encontrar deportistas irresponsables, egoístas, creídos, que buscan su éxito sobre todas las cosas, que se “pican” cuando no ganan, revanchistas…

¿Qué pasa aquí? ¿Cómo es posible? ¡Con lo bueno que es el deporte para crecer en valores!

Los valores no los transmite el deporte, sino las personas

Por muy buenos valores “teóricos” que puedan estar asociados a un deporte, como el respeto o el compañerismo, si el entrenador no los practica y el deportista no los acepta, esos valores se quedarán en “teóricos”.

El entrenador como modelo para los deportistas

Voy a centrarme en las artes marciales, al ser el mundo que mejor conozco. Un mundo que se supone lleno de respeto, de honor, de compañerismo.

Los artistas marciales, al igual que todo deportista, se van a fijar en su instructor, van a escuchar sus explicaciones, pero, sobre todo, van a verle actuar. Van a ver cómo se porta con ellos, con los que peor entienden las explicaciones, cómo habla de otros artistas marciales, cómo actúa en las clases, si respeta a sus alumnos o no, si respeta su arte marcial, su deporte, o no.

Verán si se pone por encima de ellos o les habla con humildad, verán cómo actúa cuando un alumno se sobrepasa con otro, verá si pretende que todos sean competidores o si permite que cada cual pueda vivir el arte marcial según sus propias preferencias…

Ya he hablado alguna vez de él. Tuve un maestro de kung-fu al que llamábamos Charli. Cuando alguien le llamaba “sifu”, es decir, maestro, él siempre respondía que no le llamáramos eso. Sabía cómo tratarnos a cada uno, respetándonos, enseñándonos a nuestro ritmo, explicándonos con paciencia las técnicas.

Él no quería que le llamáramos maestro, pero él era un maestro. Ni más ni menos.

Ahora bien, imaginemos que, en lugar de alguien así, me hubiera encontrado con alguien que se autoproclama maestro, que nos exige hacer técnicas sin habérnoslas explicado bien, que humilla a los alumnos que no consiguen hacer bien las técnicas a la primera…

Lo mismo, ¿verdad? Seguro que me entiendes. Ahora aplícalo al resto de deportes. ¿Qué busca el entrenador de fútbol de tu hijo, por ejemplo? ¿Conseguir hacer un equipo de máquinas de machacar al rival o que disfruten mientras juegan, aprendan a ayudarse y a funcionar como un equipo, sin importar demasiado si ganan o pierden?

¿Busca más la victoria o transmitir el deporte?

El deportista tiene que aceptar esos valores

Sin embargo, el instructor no tiene toda la responsabilidad. Aceptar o no una serie de valores tiene que venir de cada uno. El entrenador podrá mostrarlos y vivirlos continuamente en sus clases y fuera de ellas, pero si el alumno, el deportista, se empecina en seguir como antes, por mucho que practique el deporte, eso no le va a hacer mejor persona.

Además, tenemos que tener en cuenta que el alumno, el deportista, no solo se encuentra con el instructor. Por muy bueno que sea este, si la familia, los amigos, los compañeros, tiran hacia otros “valores”, la cosa se complica más aún.

En definitiva…

En definitiva, creo que es un error asumir que el deporte por sí solo aporta valores. Creo que lo que importa es que busquemos a un entrenador que sí encarne los valores que, supuestamente al menos, debería representar nuestro deporte.

Creo que el cambio lo tenemos que hacer nosotros, incluso si el instructor no es todo lo bueno como debería ser. Si reconocemos una serie de valores como positivos, está en nuestra mano vivirlos o no. Hagamos deporte o no, porque, al final, seremos como deportistas tal como somos como personas. Ni más, ni menos.

Quién sabe, quizá arrastremos a otros en ese cambio.

 

Que arrojen tu libro contra la pared

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Que no arrojen tu libro contra la paredLas citas, esos maravillosos fragmentos de pensamiento que, a veces, sintetizan tan bien nuestro propio pensamiento, con unas palabras tan bien puestas, que preferimos la cita a expresarnos a nuestra manera particular.

Otras veces, reconozcámoslo, no dejan de ser intentos de aparentar cultura o de apelar a la autoridad de otra persona, de manera que si X ha dicho Y, tiene que ser cierto, más que nada porque yo pienso lo mismo.

Tengo que decir que a mí también me gusta, de vez en cuando usar citas. Cuando me gusta lo que dicen y me parecen uno de esos pequeños retazos de sabiduría que a veces se deslizan en nuestras palabras, no dudo en apuntármela para hablar de ella en este blog.

El problema es que, en más de una ocasión, las citas no son aplicables siempre, en cualquier contexto. O, sencillamente, están equivocadas o no reflejan por completo el pensamiento que el autor deseaba expresar.

Esto es lo que ocurre (no sé cuál de los casos concretos) es el caso de una cita del escritor estadounidense David Foster Wallace que dice:

“El trabajo de las primeras ocho páginas es convencer al lector de que no arroje tu libro contra la pared”.

Puede parecer algo obvio. ¿Qué escritor querría que el lector lanzara su libro contra la pared? ¿No es una muestra de rechazo?

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Pues mira, resulta que a mí no me importaría. Y no creo que deba importarle a ningún escritor. Siempre y cuando el lector vaya, incluso cabreado, a recogerlo y seguir leyéndolo porque necesita ver qué pasa a continuación.

Sinceramente, me parece mucho más terrible que el lector coja el libro y, a las ocho páginas, lo deje aparcado y no lo vuelva a mirar. Pero ¿que lo lance contra la pared? ¡Eso es genial! O puede serlo, si no es alguien tan extrañamente violento que, cuando un libro no le gusta, lo tira por ahí en lugar de cerrarlo y olvidarse de él.

Si el lector arroja el libro contra la pared, pero luego va a recogerlo y sigue leyéndolo, el escritor puede estar muy, muy contento. Porque ha conseguido que el libro, la historia, los personajes, le importen de verdad al lector hasta el punto de que algo que ha leído le ha contrariado muchísimo y, aun así, necesita saber qué es lo siguiente que ocurre.

Si eres escritor, no tengas miedo de si el lector estampa tu libro contra la pared. Ten miedo de que luego no lo recoja. Ese es el verdadero problema, no lo anterior.

¿Y si educamos en la responsabilidad?

Libertad y responsabilidadHace unos días me ocurrió una anécdota que me hizo reflexionar sobre este refrán al que nunca le había dado demasiada importancia: cree el ladrón que todos son de su condición.

Iba con mi familia por una acera bastante estrecha. Justo delante, un coche ocupaba más de la mitad del ancho de la acera, Y un sujeto había abierto la puerta, imposibilitando que se pudiera pasar por ahí.

Bueno, en esa situación uno piensa que, al ver que se acerca gente, cerrará la puerta y te dejará pasar. Es lo que haría cualquier persona con un poco de educación, ¿verdad?

Pues no.

Nos acercamos y no hizo nada. Nos detuvimos delante del coche (no tenía ganas de sacar a mis hijos a la carretera para que pasaran al lado, para algo está la acera, se supone). El individuo nos mira y dice:

—Veo que queréis pasar.

Ante una observación tan perspicaz, solo pude responder afirmativamente.

—Sí.

—Claro, y tiene que ser por aquí.

Ojo, que la respuesta tiene su guasa. ¡Queríamos pasar por la acera! ¡A quién se le ocurre!

—Hombre, se supone que esto es acera.

Cerró la puerta y se apartó lo justo para que pudiéramos pasar en fila india, mientras decía que es que estaba cargando a sus hijos y que seguro que yo también hacía lo mismo. Por cierto, que en ningún momento vi que hubiera por ahí ningún niño.

Ojo con lo que pongo en negrita, que es lo importante.

—¿Bloquear la acera? Pues no, la verdad es que no lo he hecho nunca.

—¡Vaya! ¡La familia perfecta!

—No, perfectos no, respetuosos.

Bueno, al margen de lo rocambolesco de la situación, centrémonos en esa convicción: seguro que tú haces lo mismo.

Estoy convencido de que has oído un argumento similar en otras situaciones.

En lugar de reconocer a las claras que se está haciendo algo mal, se realiza un intento de autojustificación no con argumentos, sino asumiendo que los demás hacen lo mismo. Y, claro, si los demás también hacen algo, será que se puede hacer. Ya no necesito reconocer que estoy equivocado. Aunque no deja de ser un reconocimiento implícito de que se sabe que se está actuando de forma incorrecta.

Cree el ladrón que todos son de su condición. Si yo lo hago, es que los demás también.

Así, la responsabilidad individual se diluye en una misteriosa sopa de “todos”. Es como cuando alguien dice lo típico de que “todos somos culpables de tal o de cual”. ¿Todos? No. Más unos que otros. Cada uno tendrá que asumir su propia responsabilidad.

Pero es que no nos gusta la responsabilidad individual, aunque eso sea lo que implica la libertad. No queremos aceptar que nuestra palabra no es la ley, que no podemos hacer lo que nos dé la gana. Preferimos escondernos detrás de un “otro” o de un “todos” que también hace lo mismo. Y, si hace lo mismo, no me puede culpar. ¿Verdad?

Queremos ser libres, pero no queremos las consecuencias de la libertad. Parece uno de los lemas de estos tiempos. Aunque es algo tan antiguo como el mundo. Mira a Adán, cómo le echó la culpa a Eva. Y esta, a la serpiente. Ni se les ocurrió bajar la cabeza y decir: “sí, he fallado”. Al contrario, fue más bien: “no, yo no tengo la culpa. Fue este otro”.

Por eso, tenemos que educar a las nuevas generaciones dentro de la responsabilidad. Enseñarles que la libertad exige asumir las consecuencias de los actos, que cada uno es responsable de lo que hace, de lo que dice, y de lo que, pudiendo hacerlo, no hace.

Y la mejor forma de educar es hacerlo con el ejemplo. Así que tenemos que aplicarnos el cuento.

El ciclo de Amy, ya disponible en Amazon

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El ciclo de Amy - Ciencia ficción cyberpunk

Allá por junio te comenté que iba a reunir los cuatro primeros volúmenes de Memorias del ocaso en un solo libro.

Muy bien, pues ya está disponible tanto en formato kindle como en tapa blanda.

Si ya has leído la historia de Memorias del ocaso hasta el momento, ya sabes por qué tiene sentido poner los cuatro volúmenes juntos y, de paso, darle el subtítulo El ciclo de Amy.

Si todavía no conoces a Amy, Billy ni David, solo puedo invitarte a adentrarte en esta particular aventura cibernética llena de sorpresas. Y a tener cuidado con Amy, no tome control de tus dispositivos.

Por supuesto, esto no supone el final de la saga. Si recuerdas, el último volumen, Guerra, dejó uno de los cabos más o menos atados (sí, he dicho “más o menos”). Pero quedan unos cuantos más.

Todavía queda mucho que contar….

¿Solo somos recursos humanos?

¿Los empleados son solo recursos humanos?

No sé si será algo que solo me pasa a mí, pero me resulta muy molesto cuando, en el trabajo, al referirse a mi persona, me llaman “recurso”. Y estando yo delante, ¿eh? De hecho, dirigiéndose a mí. Frases del tipo: “te necesitamos como recurso para tal proyecto”.

¿Cómo que como recurso?

¿Solo soy un recurso?

Lo de los “recursos humanos” hace pensar que los humanos somos como los ordenadores de una empresa, objetos a utilizar cuando vengan bien y a tirar cuando ya no hacen falta. Es decir, como meros recursos, que según el diccionario de la RAE (una de las páginas más útiles que conozco, por cierto), son “medios de cualquier clase que, en caso de necesidad, sirven para conseguir lo que se pretende”. En otra acepción se refiere a los recursos como “conjunto de elementos disponibles para resolver una necesidad o llevar a cabo una empresa”, que para el caso es lo mismo.

Es triste, pero es así. En muchas empresas (como en todo, hay honrosas excepciones) los empleados no son más que medios para conseguir un objetivo: sacar más dinero. El ser humano se convierte en un objeto utilizado para un fin, pero no se ve como un fin en sí mismo. No importa si tiene que sacrificar a su familia o su propia salud, se espera de él que se dedique al cien por cien a la causa de la empresa. Y, si puede ser más todavía, mejor. Horas extras no pagadas, vacaciones cuando mejor le venga a la empresa, turnos y guardias que machaquen un poco más la escueta vida familiar que le quede al “recurso” de turno…

Pasamos a ser objetos intercambiables. Si falla uno, ponemos al de al lado, que, como es igual de recurso, hará lo mismo que el otro sin problema. Eso mismo lo he vivido. Seguro que no soy el único.

Que no, que cada uno es un ser humano diferente e irrepetible. Que somos personas. No somos duplicados, no somos bombillas que, si una se funde, pones otra y hace exactamente lo mismo. Las cosas no son así.

Es más, esa forma de ver y tratar a los empleados es contraproducente para la empresa. Si a los empleados se les trata como cosas, como simples medios, como elementos intercambiables, lo más normal es que acabemos quemados y hartos del trabajo, viviendo angustiados en una alienación constante. Y un empleado descontento no suele tener el mismo rendimiento que uno contento.

Nosotros seremos medios para la empresa, pero, ojo, la empresa es también un medio para nosotros y eso es algo muy importante a recordar. No la pertenecemos. No puede hacer con nosotros lo que quiera. La empresa no es un fin en sí mismo, mientras que las personas sí. Si entendemos eso, las relaciones empresariales serán muy diferentes. Ya no tendremos una especie de “pacto de sangre” con la empresa, sino que haremos nuestro trabajo correctamente, pero si se entromete en nuestra vida nos veremos más libres para deshacer esa relación o discutir los aspectos que no estemos dispuestos a aceptar.

Claro está que hay situaciones y situaciones, pero la clave está en recordar que no somos propiedad de nadie. Aunque no nos quede más remedio que aguantar en un trabajo para poder mantener a nuestra familia, mientras no nos dejemos vencer y devorar por nuestro medio de vida, seguirá siendo eso, un medio de vida que podremos cambiar sin ningún remordimiento cuando surja una buena oportunidad.

Pensando en la muerte

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Reflexiones sobre la muerte

El reciente fallecimiento de mi padre me ha hecho pensar mucho más en la muerte.

Vivimos en una sociedad que, a la vez, se comporta como si fuera inmortal y tiene un pánico atroz a la muerte. Tanto es así que procura esconderla. Cierra los ojos, confía en que los médicos te salvarán en el hospital. Esconde a los ancianos en residencias. Y, cuando alguien muere, no sabe reaccionar.

Lo he vivido en el tanatorio una vez más. La gente tiene tendencia a ir y acabar charlando de cualquier banalidad. Seguramente porque le resulta incómodo estar en un sitio en el que la prueba de que va a acabar en un ataúd está a un paso. Pone la mente en modo distracción para evitar pensar en que llegará el día en el que serán otras personas las que hablen de tonterías junto a su cadáver y, quiero suponer, para intentar distraer a los que sufren por el fallecimiento de su ser querido para que no piensen en el hecho de la muerte.

¿El resto del tiempo? Como si la muerte no existiera. Como si el tiempo que perdemos en estupideces lo pudiéramos recuperar.

Hay mucho miedo a morir, y se pretende exorcizar ese miedo e, incluso, a la muerte, no hablando de ella, no pensando en ella, o haciendo como que se enfrentan a ella en deportes más o menos arriesgados. Vive la vida y no te preguntes más, parece ser el lema de nuestro tiempo.

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El hecho de hablar de la muerte ya hace que la gente te diga que no hay que ser negativo, que no hay que pensar en esas cosas, que hay que vivir el presente. El tema es que meditar el momento de la propia muerte no tiene nada de negativo ni tiene nada contra vivir el presente. Más bien, es todo lo contrario. Permite llegar a vivir el momento, pero de verdad, exprimiéndolo de la mejor manera. Porque en el momento en el que nos paremos a pensar cómo dejaremos el mundo al morir, recapacitaremos sobre nuestra vida. Sobre nuestro legado. Sobre lo que vamos a dejar cuando nos vayamos.

¿He mejorado algo las vidas de quienes me rodean? Cuando muera, ¿alguien me recordará como aquél que le ayudó cuando le hacía falta, o como alguien egoísta que nunca pensó en los demás? ¿Me llorarán o se alegrarán de que desaparezca? ¿O, quizá incluso peor, les dará igual? ¿Dejaré las cosas mejor, igual o peor?

Este ejercicio no solo es interesante para los creyentes. Cualquiera puede sacar provecho de ello. A todos nos puede ayudar a descubrir si la vida, esa vida cuyo tiempo pasado ya no va a volver, la estamos aprovechando para algo realmente útil o tan solo como un pasar el tiempo sin que sirva casi para nada. Y creo que a nadie le gustaría llegar al lecho de muerte dándose cuenta en ese momento de que nunca hizo nada bueno de verdad en la vida.

San Ignacio de Loyola nos propone, como uno de sus métodos de discernimiento, imaginarnos en el lecho de muerte y pensar, en esa situación, qué habríamos elegido para nuestra vida.

Te propongo que tú también te lo plantees. Sé consciente de que mañana quizá ya no estés vivo. Quizá estés en una caja, con gente alrededor demasiado ocupada charlando como para acordarse de que una vez te conocieron.

¿Qué será de tu alma?

¿Has vivido bien tu vida?

¿Qué recuerdo dejarás?

Despidiendo a un hombre bueno

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Llevo una semana relativamente desaparecido en muchos aspectos. En las redes sociales apenas he hecho acto de presencia. Y eso solo ha sido un reflejo de lo que he llevado por dentro estos días.

El día 20, día del Inmaculado Corazón de María, fallecía mi padre a los 89 años. Quiero aprovechar para pedirte una oración por su alma. Y por las de mis hermanos, que le precedieron.

Ha sido un duro golpe. De repente, ya no va a estar ahí su sonrisa picarona, la misma que tenía de joven y que seguía ahí, con unos ojos brillantes que disfrutaban de lo lindo con sus nietos y biznietos.

Un hombre que luchó duro por su familia, para que siempre tuviéramos lo necesario. Recuerdo, como anécdota, que, cuando me decidí por estudiar informática y pensé en comprar un portátil para poder trabajar con él también en la universidad y si iba a estudiar fuera, se empeñó en pagarlo él. Había ido a primera hora a hacer la transferencia.

Tuvo una buena vida. Una gran familia que no le abandonó en ningún momento. Vitalidad y ánimo de luchar cada día. Cabezota también como él solo. Creo que eso lo he heredado de él. Pero siempre buscando lo mejor para los suyos.

Su muerte también fue buena. Sin dolor, con su familia junto a él. Tuve el honor de estar a su lado, dándole la mano, en el último momento. Día del Corazón Inmaculado de María, abrazado a una estampa de la Inmaculada y habiendo recibido los sacramentos. Fue una muerte en paz.

Momentos antes pude hablar con él un rato, pedirle perdón por mis numerosos fallos como hijo, expresarle lo que le quería. Estoy seguro de que me oía y me entendía, porque intentaba, postrado en la cama, con sus fuerzas ya casi extinguidas, apretarme la mano. Y porque me lo dice el instinto, así de sencillo.

Él ya sabía que le quedaba poco. Y, lejos de desesperar y quedarse tirado en una cama, luchó por ir saliendo adelante día a día, celebrando cada día que pasaba.

He estado bastante machacado. Se iban alternando la esperanza de volvernos a encontrar en la otra vida y la tristeza y el vacío de que no estuviera aquí. Todavía se alternan, pero poco a poco me voy recuperando y voy integrando ambas. Gracias a todos los que os habéis interesado por mí.

En su honor, aprenderé de él a seguir adelante. A luchar cada día todavía más, esperando contra toda esperanza. A desgastarme por mi familia.

Hasta que nos volvamos a encontrar.

Sí, quiero tu caridad

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Tengamos presente qué significa realmente la caridad..

Este artículo ha sido publicado en el número 59 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número es la esperanza.

Sí, quiero tu caridad

Amor y caridad

«No quiero tu caridad». Seguro que alguna vez has escuchado esta afirmación, sea dirigida a ti, sea dirigida a otra persona. O, quizá, versiones un poco menos hirientes, pero que, en el fondo, quieren decir lo mismo.

Hay quienes dicen no querer la caridad. Que es degradante para alguien tener pena por él.

¿La caridad es degradante?

¿Qué es la caridad para merecerse tal calificativo?

Desde luego, no es un simple sentir lástima por alguien. Eso es una deformación del significado cristiano de la palabra caridad. La realidad tiene mucho más que ver con la compasión.

Por cierto, esa es otra palabra «maldita», como si fuera malo compadecerse de alguien. Cuando compadecerse tan solo quiere decir padecer con el otro. Es decir, ponerse en su lugar y sufrir por lo que él sufre, lo que te impulsa a ayudarle, porque es como ayudarse a sí mismo. El prójimo es otro yo, al fin y al cabo. Y, así, resuena en nuestras mentes el mandamiento: amarás al prójimo como a ti mismo.

Ese amor que busca el bien del hermano es la caridad. No un «me da pena» que no deja de ser una forma de ponerse por encima del otro —como me da pena y yo puedo ayudarlo, le doy unas monedillas que me sobran, por ejemplo—, sino ver un reflejo de Dios y de uno mismo en el necesitado y hacer tuyo su sufrimiento para hacer suya tu ayuda, aquello que en ese momento él necesita y tú tienes. Que, a veces, puede ser algo tan simple como un poco de tiempo para que esa persona se dé cuenta de que le importa a alguien.

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La tan denostada caridad es mucho más valiosa que el mero asistencialismo —que genera, en el fondo, esclavos del gobierno de turno—, ya que la caridad busca el bien de la persona, su máximo desarrollo humano.

Un mundo sin caridad sería un mundo sin amor. Un mundo en el que cada uno se miraría únicamente a su ombligo, sin preocuparse de nadie más. Un páramo desértico, un infierno. No soy capaz de imaginarme algo así.

Es por la caridad por lo que estamos llamados a defender la verdad, pase lo que pase. Ocultar al prójimo que su comportamiento no es el correcto no es caridad. Es justo lo contrario. Es egoísmo, no querer complicarse la vida, no querer que te señalen.

Si yo quiero el bien del prójimo, estoy obligado a señalarle cuándo se está equivocando, cuándo se está alejando del bien. Porque es mi hermano, porque le amo y quiero que se salve.

La caridad nos impulsa a luchar por la justicia y la dignidad de todo ser humano, porque todos somos hermanos, todos somos imagen de Dios. Desde la concepción hasta la muerte natural, en cada fase de su desarrollo, el ser humano es una joya en la que se refleja el rostro de Dios. No podemos darle la espalda a su suerte sin tratar de que alcance la plenitud que solo Dios puede dar.

El otro lado de esta ecuación es aceptar la caridad del prójimo. ¡No hay nadie, absolutamente nadie en todo el mundo que no necesite sentirse amado! No seamos tan arrogantes como para rechazar la caridad. Es algo que necesitamos como el respirar.

Somos seres sociales, pero no solo para formar sociedades más o menos bien avenidas mediante reglas de convivencia, sino, en primer lugar, para formar familias, los lugares en los que se desarrolla y se aprende el amor. ¿Cómo se educa mejor a un niño? ¿Con o sin caridad? Sin ese amor que sale al encuentro del otro no somos nada.

Una sociedad sin amor no me parece envidiable, ni siquiera avanzada, por mucha tecnología que tenga o deje de tener.

En cambio, una sociedad basada en el amor, en darlo y en aceptarlo, en vivir esa fuerza sanadora que nace del corazón de Dios, está encaminada a una verdadera grandeza. De una sociedad así podemos esperar grandes cosas.

El cambio está en ti. Está en mí. En cada uno de nosotros. Podemos dar a este mundo justo lo que necesita: ese amor, esa caridad que transforma la vida.

Sí, yo sí quiero tu caridad.