Por lo general, la gente te dirá: no confíes en ti mismo. Confía solo en Dios.
Pero esto tiene un problema. Aquí tienes los versículos 18 al 24 del capítulo 32 del libro del Eclesiástico:
«El hombre sensato no olvida la reflexión, el malvado y el orgulloso no tienen miedo a nada. No hagas nada sin aconsejarte, y no te arrepentirás de tus acciones. No vayas por caminos escabrosos, y no tropezarás con las piedras. No te fíes de un camino inexplorado, e incluso con tus hijos mantén distancias. En todos tus actos confía en ti, que también esto es guardar los mandamientos. El que confía en la ley observa los mandamientos, y el que confía en el Señor no sufrirá ningún daño».
Literalmente dice: En todos tus actos confía en ti, que también esto es guardar los mandamientos.
¿Cómo encaja esto con la confianza en Dios?
Pues lo cierto es que con mucha facilidad.
Confiar en uno mismo en ningún momento anula la confianza en Dios, siempre y cuando no nos empeñemos en que se trate de una confianza exclusiva. Es decir, que excluya a Dios de la ecuación.
Sin embargo, si mantenemos la confianza en nosotros mismos arraigada en la confianza en Dios, no hay ningún problema. Dios mismo nos ha dado la capacidad de utilizar la razón. En estos mismos versículos nos habla de la importancia de la prudencia, de reflexionar, de pedir consejos. De igual manera, nos dice con claridad que el malvado y el orgulloso no tienen miedo a nada. ¿Por qué? Porque no son prudentes. No confían en Dios, sino solo en sí mismos. Es una confianza solitaria, egocéntrica en lugar de teocéntrica.
En definitiva, sí, puedes y debes confiar en ti mismo, con una confianza enraizada en Dios. Una confianza valiente, gozosa y abierta a la voluntad de Dios.






