Crisis de esperanza

Estamos inmersos en una enorme crisis de esperanza.

Este artículo ha sido publicado en el número 58 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número es la esperanza.

Crisis de esperanza

Crisis de esperanza

Basta con echar un vistazo a nuestro progresista mundo moderno para darnos cuenta de que estamos inmersos en una enorme crisis de esperanza. Según datos de la OMS, hay alrededor de ochocientos mil suicidios al año. A los débiles y a los enfermos, en lugar de ofrecerles cariño y apoyo se los anima a quitarse la vida mediante la eutanasia. A los niños por nacer se los condena a muerte sin haber podido siquiera ver este mundo al que estaban llamados. La depresión y la ansiedad se consideran males típicos de nuestro tiempo, y la prueba de su importancia está en que, por ejemplo, para llegar a mi web, dos de los términos de búsqueda más habituales desde Google son «no le importo a nadie» y «a nadie le importo».

Creíamos que estábamos construyendo un mundo mejor, pero el relativismo nos ha lanzado de cabeza y sin ningún tipo de protección mental a un mundo de desesperanza. Si todo da igual, nada es importante. Nada es trascendente. Nada marca la diferencia. Solo somos elementos con un cierto valor productivo.

La cultura del descarte no deja de ser un síntoma de esta crisis de la esperanza. ¿Por qué mantener con vida al enfermo, al débil, al no nacido que no entra en nuestros planes? ¿Por qué habríamos de arriesgar nuestro tiempo, dinero o forma de vida con individuos que no nos aportan nada?

La respuesta podría ser: porque son iconos de la esperanza.

Un niño aún no nacido es una puerta abierta a la esperanza. Una apuesta por el futuro. Es revelador cómo tantas veces los defensores del aborto insisten en que no tiene sentido traer un niño al mundo para que viva en la pobreza o para que sufra. Ahora se ha añadido al argumentario, sobre todo para los países en los que vivimos con mayor comodidad, la excusa del medio ambiente, como si tener hijos fuera algún tipo de crimen ambiental.

Sin embargo, la realidad es que todo niño que nace es una nueva oportunidad para la humanidad entera. Tiene todo un futuro por delante y es portador de las esperanzas de la humanidad. Es normal que un sistema basado en el egoísmo y la desesperanza lo rechace.

Los ancianos, los enfermos, los débiles, por su parte, son el rostro de la esperanza. La de vivir, la de sanar, la de luchar incluso a sabiendas de que, al final, perderás. Pero, en ocasiones, lo que importa no es el resultado de la batalla, sino la batalla en sí. Lo que importa no es que vayamos a acabar muertos, sino cómo hayamos vivido, si hemos sido una luz para los que nos rodeaban. Un enfermo nos recuerda que somos frágiles, pero que siempre se puede luchar. La eutanasia lo que proporciona es la rendición, la desesperanza.

Son tiempos duros, en los que el vacío existencial campa a sus anchas en el interior de las personas. Sin embargo, todavía quedan atisbos de ese deseo de esperanza que está tan dentro de todo ser humano. De hecho, ese vacío no deja de ser una llamada de auxilio que avisa de que falta algo, de que necesitamos algo más que el vano materialismo que parece ser la norma que nos hemos dejado imponer.

Puede verse también una señal de esto en algo tan mundano como el auge de las películas de superhéroes. Esto, en mi opinión, habla de lo mismo, de una esperanza que ha quedado soterrada de que alguien pueda hacer que las cosas vayan bien. De que los inocentes no sufran, de que los culpables no queden sin castigo. Y también nos hablan de sacrificio, de esfuerzo. Valores que parecen quedar ocultos bajo la capa del absurdo «pensamiento positivo» que postula que solo con pensar algo ya lo hacemos posible.

Buscamos rellenar ese vacío como podemos. Algunos con trabajo. Otros con placer. Otros más, con técnicas de la Nueva Era que les prometen, tan solo por una cantidad de dinero, que serán capaces incluso de dominar la «energía del universo».

Esperanzas de baratillo que, en realidad, no consiguen dar al alma humana lo que sabe que busca.

En tiempos de desesperanza, precisamente cobra más fuerza la necesidad y el deseo de encontrar algo lo bastante fuerte, lo bastante importante y trascendente como para que sirva de anclaje a la vida ya no solo individual, sino de toda la sociedad. Cómo se vuelve tanta gente a distintas «técnicas» para encontrar la felicidad obedece a un deseo de esperanza, sí, pero a un nivel tan puramente humano que queremos domesticarla, controlarla. Queremos seguir siendo los que mandemos incluso en lo que nos tiene que dar esperanza. Y así no funcionan las cosas. La esperanza, para que de verdad nos pueda seguir de guía, de meta, tiene que ser superior a nosotros. No hablo de pequeñas esperanzas del día a día, como mejorar en el trabajo. Hablo de la esperanza que nos lleva a seguir adelante pase lo que pase, incluso cuando todo se viene abajo y nos encontramos en un vacío existencial que tira de nosotros como un agujero negro.

Y, sinceramente, solo se me ocurre un ancla.

¿Te has fijado en que el ancla fue desde los primeros tiempos del cristianismo un símbolo de Cristo?

Ahí tienes la respuesta. Ahí tienes la esperanza.

Jorge Sáez Criado
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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.

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