Déjate sorprender por Él

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Corpus ChristiNo desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.” Mc 6, 4.

Jesús va a su propia ciudad para predicar allí y anunciar el Reino de Dios. Sin embargo, sus propios vecinos, quienes creían conocerle, le rechazan. Porque, después de haberle visto crecer durante años, creían conocerle.

Se habían acostumbrado a su idea de Jesús. Era Jesús, el carpintero. El chaval que ayudaba a José en su taller y que, cuando José murió, se hizo cargo del trabajo hasta que se fue de la ciudad.

Luego volvió a su ciudad y, para ellos, seguía siendo el mismo. No aceptaban que, quizá, había algo más en ese Jesús que lo que ellos pudieran haber conocido.

Esto, a nivel humano lo conocemos muy bien. Todos sabemos o hemos sido protagonistas de historias en las que uno, tras un tiempo fuera, vuelve a su pueblo o con sus amigos y, aunque él haya cambiado radicalmente, haya madurado y sea otro, para los demás seguirá siendo el mismo que antes. Como si el tiempo se hubiera detenido al irse y se hubiera reanudado al volver. Le recordarán antiguos fallos, y aunque él hable de cosas diferentes, todo volverá hacia su época pasada como en un vórtice.

Pues bien, a nivel divino también lo hacemos, por desgracia. Nos acostumbramos rápido. Vamos a Misa, sí. Cumplimos. Rezamos de cuando en cuando, con un poco de prisa para poder hacer otras cosas. Cuando necesitamos algo, rezamos, pero sin mucha fe en que haya alguien escuchando.

Nos hemos acostumbrado a Jesús. Parece como si lo hubiéramos desgastado de tanto encontrárnoslo por todas partes, cuando la realidad es que ni le miramos. Nos hemos acostumbrado a tener que ir a Misa, creemos que ya sabemos lo que ocurre allí y nos dedicamos a charlar, atender el móvil y pensar en lo que hay que hacer después. En la consagración, ¿para qué arrodillarse? ¿Qué más da?

Buena parte del Pueblo de Dios también se ha acostumbrado a Jesús, igual que cuando fue a su ciudad a predicar. Cree que le conoce, pero porque no le presta atención desde hace mucho.

Y si algo se puede decir de Dios es que es siempre nuevo. Y hace nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5).

Es preciso que volvamos a dejarnos sorprender por Cristo. Que ardamos de amor hacia Él en la Misa. Que actuemos en ella con la máxima devoción y respeto. Es preciso vivir la oración, que no se quede en repetir frases de forma automática, sino en decirlas con el corazón, prestando atención. Porque Dios tiene mucho que decir. No calla. Pero nosotros no escuchamos, porque creemos que ya sabemos lo que va a decir.

Déjate sorprender por Cristo. Ya verás.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Soy un padre de familia numerosa enamorado de la palabra (y de mi mujer), y estoy convencido de que escribir puede ayudar a cambiar el mundo. Doy forma a mundos que solo existen en mi mente y también escribo no ficción espiritual. Mi objetivo: transformar tu vida.