Hay situaciones que nos ponen a prueba de maneras que no habíamos imaginado.
Esto nos ocurrió en el camino hacia Santander. Gracias a Dios no ocurrió ninguna desgracia.

Imagínate que tienes uno como el de arriba pegado al culo del coche en una carretera de estas tan buenas que tenemos en España. Velocidad máxima, 90 km/h. Yo oscilaba entre 80 y 90.
De repente, en un tramo con poca visibilidad, el camión sale al carril izquierdo para adelantar. Yo iba a 90. Me pega una pitada (supongo que esperaría que frenara en seco para dejarlo pasar) y vuelve a meterse en el carril derecho, detrás de mí. Poco después, otro coche pasaba por el carril de la izquierda.
Es decir, el camionero en cuestión podría haber provocado un accidente, porque no le habría dado tiempo a adelantar.
Después de un rato, de repente vuelve a salir al carril izquierdo mientras me pita. Un coche viene de frente, pero le da igual. Al final, yo tengo que frenar y el coche que venía por el otro carril se ha tenido que meter al arcén.
Pero ojo, que eso no es todo.
Supongo que quería ir delante porque tendría algún tipo de problema que le hacía verse inferior si no adelantaba. Hay mucha gente así. El tema es que, más adelante, había una glorieta.
Llegamos a ella casi a la vez. Vamos, que no se puede decir precisamente que hubiera ganado mucho tiempo poniéndonos en peligro dos veces.
Pero va, frena en la glorieta, se sale del camión y se pone a increparme. La furgoneta que iba delante de nosotros pasa de largo y yo, como es lógico, sigo su ejemplo. Allí se quedó el camionero echando pestes.
Buena parte del resto del viaje fuimos con miedo por si lo veíamos aparecer por detrás para embestirnos. Con gente así, uno nunca sabe lo que puede ocurrir.
¿A qué viene todo esto?
A hacer un llamamiento a la prudencia.
Yo reaccioné bastante bien. No perdí los nervios. Pero también es verdad que las cosas salieron de la mejor manera posible dadas las circunstancias.
Si hubiera frenado un poco más tarde, quizá el camión nos hubiera sacado de la carretera.
Si, en vez de pararse a un lado de la glorieta, lo hubiera hecho de otra manera, no habría podido pasar de largo y, como mínimo, el coche seguro que hubiera sufrido daños. Ante alguien así, no dudo en absoluto de que se hubiera puesto a golpearlo.
En cualquier momento te puedes encontrar en una situación peligrosa. Sin pedirlo, sin buscártelo.
Así es la vida.
Lo mejor que podemos hacer es estar preparados.
Preparados espiritualmente, por lo que pueda ocurrir.
Preparados mentalmente para reaccionar lo mejor posible.
Preparados físicamente, porque puede que necesitemos nuestros reflejos al máximo. O, incluso, puede que tengamos que defender a nuestra familia.
La prudencia incluye todo eso.
Los problemas llegarán. La diferencia está en hasta qué punto estamos preparados para afrontarlos.







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