El mito de los valores del deporte

Valores de las artes marciales y del deporteSeguro que más de una vez has oído (o, incluso, has dicho) aquello de que el deporte inculca a sus practicantes una serie de valores.

Pues bien, tengo que decirte que no estoy de acuerdo en absoluto.

No, el deporte de por sí no inculca valores

Reconozcámoslo, el deporte no es algo mágico que convierte a los deportistas en seres de luz. Si fuera tan bueno inculcando valores, la enorme mayoría de los deportistas serían humildes, generosos, honestos, buenos compañeros, simpáticos… hasta, ¿por qué no?, brillaríamos en la oscuridad.

Pero salta a la vista que no es así. No es difícil encontrar deportistas irresponsables, egoístas, creídos, que buscan su éxito sobre todas las cosas, que se “pican” cuando no ganan, revanchistas…

¿Qué pasa aquí? ¿Cómo es posible? ¡Con lo bueno que es el deporte para crecer en valores!

Los valores no los transmite el deporte, sino las personas

Por muy buenos valores “teóricos” que puedan estar asociados a un deporte, como el respeto o el compañerismo, si el entrenador no los practica y el deportista no los acepta, esos valores se quedarán en “teóricos”.

El entrenador como modelo para los deportistas

Voy a centrarme en las artes marciales, al ser el mundo que mejor conozco. Un mundo que se supone lleno de respeto, de honor, de compañerismo.

Los artistas marciales, al igual que todo deportista, se van a fijar en su instructor, van a escuchar sus explicaciones, pero, sobre todo, van a verle actuar. Van a ver cómo se porta con ellos, con los que peor entienden las explicaciones, cómo habla de otros artistas marciales, cómo actúa en las clases, si respeta a sus alumnos o no, si respeta su arte marcial, su deporte, o no.

Verán si se pone por encima de ellos o les habla con humildad, verán cómo actúa cuando un alumno se sobrepasa con otro, verá si pretende que todos sean competidores o si permite que cada cual pueda vivir el arte marcial según sus propias preferencias…

Ya he hablado alguna vez de él. Tuve un maestro de kung-fu al que llamábamos Charli. Cuando alguien le llamaba “sifu”, es decir, maestro, él siempre respondía que no le llamáramos eso. Sabía cómo tratarnos a cada uno, respetándonos, enseñándonos a nuestro ritmo, explicándonos con paciencia las técnicas.

Él no quería que le llamáramos maestro, pero él era un maestro. Ni más ni menos.

Ahora bien, imaginemos que, en lugar de alguien así, me hubiera encontrado con alguien que se autoproclama maestro, que nos exige hacer técnicas sin habérnoslas explicado bien, que humilla a los alumnos que no consiguen hacer bien las técnicas a la primera…

Lo mismo, ¿verdad? Seguro que me entiendes. Ahora aplícalo al resto de deportes. ¿Qué busca el entrenador de fútbol de tu hijo, por ejemplo? ¿Conseguir hacer un equipo de máquinas de machacar al rival o que disfruten mientras juegan, aprendan a ayudarse y a funcionar como un equipo, sin importar demasiado si ganan o pierden?

¿Busca más la victoria o transmitir el deporte?

El deportista tiene que aceptar esos valores

Sin embargo, el instructor no tiene toda la responsabilidad. Aceptar o no una serie de valores tiene que venir de cada uno. El entrenador podrá mostrarlos y vivirlos continuamente en sus clases y fuera de ellas, pero si el alumno, el deportista, se empecina en seguir como antes, por mucho que practique el deporte, eso no le va a hacer mejor persona.

Además, tenemos que tener en cuenta que el alumno, el deportista, no solo se encuentra con el instructor. Por muy bueno que sea este, si la familia, los amigos, los compañeros, tiran hacia otros “valores”, la cosa se complica más aún.

En definitiva…

En definitiva, creo que es un error asumir que el deporte por sí solo aporta valores. Creo que lo que importa es que busquemos a un entrenador que sí encarne los valores que, supuestamente al menos, debería representar nuestro deporte.

Creo que el cambio lo tenemos que hacer nosotros, incluso si el instructor no es todo lo bueno como debería ser. Si reconocemos una serie de valores como positivos, está en nuestra mano vivirlos o no. Hagamos deporte o no, porque, al final, seremos como deportistas tal como somos como personas. Ni más, ni menos.

Quién sabe, quizá arrastremos a otros en ese cambio.

 

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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.