Guiarse por la razón, no por los sentimentalismos

Guiarse por la razón, no por los sentimientosHe visto que últimamente se ha hecho relativamente famosilla (bueno, lleva un tiempo revoloteando aquí y allá bajo diversas formas) una frase que dice algo así como que para ser feliz hay que pensar menos y sentir más. Y eso me ha recordado que hace ya un tiempo leí un artículo de un fraile dominico de cuyo nombre no quiero acordarme (no, en serio, ya no lo recuerdo, ni falta que hace) que decía que uno de los grandes males del mundo (incluyendo a la Iglesia, por supuesto) era pretender guiarse por la razón. Una afirmación muy triste viniendo de un miembro de una orden que ha contribuido tanto a la investigación teológica.

Vivimos en unos tiempos en los que la alergia a la razón parece haberse instalado en la mayoría de la gente. Como si, de repente, lo que nos hiciera humanos, lo que fuera la mejor guía para nuestro comportamiento, fuera seguir los sentimientos. Lo típico de sigue a tu corazón. Como si la razón fuera un enemigo a batir.

No es extraño cuando seguir a los sentimientos pone tan fácil hacer lo que te dé la gana. Temas como la ideología de género o el aborto se basan en sentimentalismos. Por ejemplo, ¿cuántos razonamientos verdaderos están en el lado de los que elegimos la vida y cuántos están en el lado de los que eligen la muerte? ¿Acaso no es verdad que siempre se defiende el aborto desde el sentimiento? ¿Acaso no es verdad que, si realmente la gente se guiara por la razón, el aborto se consideraría globalmente el crimen abominable que es? Si seguimos la razón, nos dirá indudablemente que la vida comienza en la concepción, tal como dice la ciencia.

No tenía razón este dominico. Hoy por hoy, el problema es pretender guiarse por sentimentalismos. La razón queda supeditada a lo que le apetece a cada uno. Y, a partir de lo que a uno le apetece, ya busca los razonamientos necesarios para justificarlo (o ni eso). Manda el subjetivismo basado en el sentimiento. No es, por tanto, la razón la culpable de nuestros males, sino un sentimentalismo disfrazado de racionalismo. O, incluso, sin disfrazar. Porque la patraña de la primacía de los sentimientos se ha instaurado como un dogma de la sociedad posmoderna.

¿Por qué esa alergia a la razón que hoy afecta a tantas personas, como hemos podido ver incluso en la Iglesia? ¿Acaso la fe no es razonable? No solo es razonable, sino que es (y debe ser) razonada. Dios no es irracional. Al contrario, quien es la Verdad no puede ser irracional. Eso sería un absurdo. Otra cosa es que desborde nuestra razón, pero de irracional no tiene nada.

Dios nos dio la razón. No nos la dio para dejarla aparcada ni para asustarnos de ella, sino para utilizarla. Y, dado que el ser humano está creado para poder acercarse a Dios, la razón también. Porque no somos homo sentimentalis, sino homo sapiens. Nuestra naturaleza es racional. Y la verdad, que es racional, permanece. Los sentimientos son pasiones pasajeras, volubles, que hoy nos dicen una cosa y mañana otra. Por tanto, nos tenemos que quedar con lo que permanece. Y si los sentimientos acompañan, pues genial. Y si no acompañan, pues genial también, pero me quedo con la razón, que es la que tiene que educar y examinar los sentimientos.

Me gusta la cita de Santa Teresa de los Andes: “Jamás me dejaré llevar por el sentimiento y por el corazón, sino por la razón y mi conciencia“. Y también había una cita que ahora no consigo encontrar de quién es y que decía algo como lo siguiente: “entre lo que sé y lo que siento, me quedo con lo que sé. Porque eso estoy seguro de que es doctrina verdadera, y los sentimientos me pueden engañar.”

Ojo, tampoco hay que tener a los sentimientos arrinconados, como si estuvieran prohibidos. Pero hay que darles su lugar, que no es el primero.

No podemos caer en la reducción de pensar que guiarse por la razón es lo mismo que caer en el racionalismo, de la misma manera que tener sentimientos y darles la importancia debida no es sentimentalismo. Solo hay que poner cada cosa en su lugar. En su correcto orden.

Perdamos el miedo a pensar. Y, más concretamente, a pensar nuestra fe. Démosle vueltas, tratemos de comprenderla y profundizarla cada día más. Saboreémosla continuamente. No busquemos sentimentalismos facilones. Comprometámonos con la Verdad y vayamos hacia ella con todo nuestro ser.

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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.