El cristiano debe vivir en una actitud de gratitud. Esto es válido para cualquier persona, pero en el caso de los que nos definimos como seguidores de Cristo ni siquiera tendría que ser algo discutible.
Sabemos que Dios nos ha dado multitud de dones. Entre ellos, a sí mismo. Que cada nuevo día es una ocasión de crecer en el conocimiento de Dios, de darle gloria cada uno en nuestra vida, en nuestra vocación particular. Siempre hay algún motivo para darle las gracias.
Porque, en el fondo, el problema es más nuestra actitud que lo que ocurra en el exterior.
Muchas veces vemos la gratitud como una especie de muestra de debilidad. Y sí, lo es. Somos débiles, no lo podemos todo ni de lejos.
Lo interesante es que, al reconocer esa debilidad, esa necesidad de Dios, de todo lo que nos da, de todo con lo que nos bendice, nos hacemos fuertes.
Pero fuertes en Él.
Además, la gratitud no es estar siempre sonriendo como un bobalicón que no se entera de nada. La vida a veces da golpes que te dejan tirado por los suelos. Sería absurdo suponer que, por vivir en una actitud de acción de gracias, tengamos que negar el dolor o el sufrimiento.
En absoluto. Eso no es tener gratitud. Ni siquiera es cristiano. Jesús no iba sonriendo lleno de alegría mientras le azotaban ni mientras cargaba con la cruz.
Sin embargo, la gratitud es una fuerza muy interesante: no es compatible con el miedo. Esto quiere decir que, si nos acostumbramos a vivir en gratitud, nuestro nivel de miedo va a reducirse necesariamente.
Pero claro, no puede ser tan solo una palabra para quedar bien o una especie de reconocimiento alejado de nosotros. No es tanto dar las gracias como ser agradecido. Es decir, agradecer con todo el ser, desde lo más profundo, reconociendo de verdad ese bien que procede de Dios.
Dentro de ese bien podemos y debemos incluir las lecciones aprendidas en nuestros malos momentos. Porque, si estamos abiertos a Dios, nos daremos cuenta de que todo sirve para nuestro bien. Y, por tanto, de un mal podemos sacar algo que nos impulse hacia Él. Que nos haya servido para mejorar como personas.
Cada uno tiene sus historias. Yo, por ejemplo, recuerdo cómo la muerte de uno de mis hermanos me llevó a volver a Dios y a la Iglesia. Cómo vivir años con ansiedad me ha llevado a descubrir herramientas para mejorar mi calidad de vida y la de los demás. Cómo, a partir de la oscuridad, la luz acababa emergiendo de donde no parecía posible que lo hiciera.
Te voy a recomendar un par de ejercicios muy sencillos para que los hagas todos los días. Ya verás cómo te ayudan a vivir en mayor presencia de Dios y en gratitud. Te pueden transformar la vida: lo digo por experiencia.
El primero: nada más despertarte, antes de hacer cualquier otra cosa (excepto parar el despertador, claro), piensa en al menos tres cosas por las que das las gracias a Dios. Siente esa gratitud invadirte el corazón, el alma, el ser.
¿Por qué nada más despertarte? Porque ese va a ser el motor para el resto del día. Le estás diciendo a tu mente que estás agradecido y que quieres seguir estándolo. Y tu mente te ayudará a encontrar a lo largo del día más motivos para la gratitud.
El segundo: hacer lo mismo antes de irte a dormir. De esta manera rememorarás esos momentos que te has ido encontrando o los descubrirás, si no los has visto antes. Siempre hay algo que agradecer, aunque solo sea el aire que respiras.
Pero recuerda: sé agradecido de verdad. No un simple gracias y ya está, ya he cumplido. Eso no es agradecimiento.
Haz esos ejercicios y descubrirás la mano de Dios en tu vida.







