Quizá conozcas ya este pequeño cuentecillo, pero permite que, aun así, te lo cuente:
En cierta ocasión, un chavalín vio en un circo a un elefante enorme atado con una cuerda que ni de lejos debería suponer un problema para la fuerza del magnífico animal a una estaca que resultaba todavía más ridícula.
El niño estaba, como es lógico, extrañado. No le encajaba la imagen del elefante con la manera en la que lo tenían atrapado. Debería ser capaz de escapar sin ninguna dificultad.
Se acercó al cuidador del animal y le preguntó cómo podía ser que el elefante no huyera y si es que no podía realmente soltar la estaca.
—¡Ja, ja, ja! —se rio el hombre—. Claro que ni la estaca ni la cuerda pueden sujetar al elefante. Sin embargo, ese mismo elefante, desde que era muy pequeño, estuvo atado a una estaca como esta misma. Por supuesto, intentó soltarse, pero no tenía la suficiente fuerza como para liberarse. Lo intentó y lo volvió a intentar sin éxito.
»Hasta que se rindió. A partir de ese momento, ya no lo volvió a intentar. Había aprendido que no podía escapar. Creció y creció hasta hacerse así de grande, pero, como nunca trató de escapar de nuevo, no sabe que podría hacerlo en cuanto quisiera.
Es más que probable que ya lo hubieras oído o leído con anterioridad, sea esta versión u otra, pero el mensaje, que es lo importante, sigue siendo el mismo: la indefensión aprendida.
La indefensión aprendida es la condición por la que alguien se inhibe ante situaciones negativas cuando las acciones para evitarlas no han funcionado con anterioridad. Hasta el punto de acabar afrontándolas de modo únicamente pasivo.
Sin hacer nada.
Totalmente quieto.
Un ejemplo: intentas avanzar en tu trabajar, conseguir un puesto más alto, un aumento… Pero la respuesta siempre es no. O tratas de que valoren tus ideas, pero siempre las ignoran. En lugar de seguir intentándolo, aprendes que no tiene sentido seguir esforzándose y se acabó. No vuelves a intentarlo. ¿Para qué, si no vas a conseguir nada?
Por supuesto, es una situación que no se ciñe tan solo al mundo laboral. El problema es el mismo: hemos aprendido que vamos a fallar. Que no lo vamos a lograr. Que vamos a fracasar. Da igual que cambien las circunstancias, que haya otras diez mil maneras de intentar lo mismo.
Sabemos que no sirve para nada volverlo a intentar.
Lo sabemos, ¿no?
Pues no. No lo sabemos. Sabemos, como mucho, que algo concreto ha ocurrido en unas situaciones concretas, pero de eso no podemos inferir válidamente que siempre va a ocurrir lo mismo.
De esa manera nos encerramos nosotros solitos en cárceles. Nos atamos a la pequeña estaca de la indefensión que hemos aprendido, solo porque en otras ocasiones no hemos logrado arrancarla.
Pero eso no quiere decir que al siguiente intento vaya a ocurrir lo mismo.
Tampoco quiere decir que no haya manera de lograrlo.
Si el elefante se parara a pensar: «¿Qué más da lo que haya ocurrido antes? Ahora soy enorme. Puedo arrancar la estaca. Puedo romper la cuerda».
Pero no lo hace.
Y nosotros hacemos lo mismo: Es que ya no puedo cambiar de trabajo. Es que no me hacen caso. Es que, haga lo que haga, no puedo lograrlo. Es que, es que, es que…
Es que hemos aprendido a hundirnos en la mierda.
Y a quedarnos ahí.
Chapoteando.
Esa no es la manera de salir.
Pero es que, para salir, hay que querer salir. Esa es la cuestión.
La parte positiva es que la indefensión aprendida es justo eso, aprendida. Una creencia limitante que podemos sustituir por otra que nos capacite, que nos impulse.
De hecho, haríamos bien en hacerlo, ¿no crees?
Aunque, claro, eso no le vendría bien a quien esté aprovechándose de que estemos atados a la estaca.
Libérate de la estaca.







