
La adoración eucarística no es otra cosa que la comunicación entre el corazón de la criatura y el corazón del Creador estando delante de Él, ante su presencia real en cuerpo, sangre, alma y divinidad, en el silencio que permite que aflore ese encuentro. Es la caricia de Dios al alma que lo busca y se pone ante Él.
Sin embargo, aunque digamos que se expone el Santísimo, no es el único que se expone. Quienes vamos a adorarlo también nos exponemos ante Él. Exponemos nuestra miseria, pero también nuestras pequeñas grandezas. Exponemos nuestras dificultades, las de los nuestros, pero también lo que nos da alegría, todo lo que queremos compartir con el Amigo que tenemos delante durante esa hora. Exponemos nuestro ser completo, nuestra vida, para que Él los transforme como quiera en ese encuentro personal, cara a cara con quien se dio por nosotros.
No nos damos cuenta de lo que significa eso, que Él esté allí, realmente presente. Tenemos que ser conscientes de que no le hacemos ningún favor al Señor por adorarlo. Al contrario, es Él quien ha querido estar ahí para que le podamos encontrar en cualquier momento.
Es dejarse acariciar por el amor de Dios presente en la Eucaristía. Dios, el Ser por excelencia, el único que realmente es, no contento con hacerse hombre en su Segunda Persona, se hace pan para nosotros. Él es nuestro alimento espiritual. Sin la Eucaristía, el católico desaparece por inanición. Es el mayor misterio del Amor, el mayor milagro que se puede hacer.









