Una de las grandes maravillas de la Adoración Eucarística Perpetua es que se hace en silencio. O debería, que también es cierto que hay personas que parece que son incapaces de mantenerse en silencio ni cinco minutos.
El silencio es justo ese espacio idóneo para encontrarse con Dios. Para relacionarnos con Él. Apartándonos del mundanal ruido, parafraseando a fray Luis de León. El autor de esa poesía que, en realidad, podría aplicarse también a la adoración:
¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido y sigue la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido!
Sin embargo, no pocas veces somos nosotros quienes nos llevamos el ruido de nuestra vida a ese momento de adoración y dificultamos, sin querer el encuentro.
Por eso hoy te voy a contar los tres silencios que tienes que hacer en la adoración.
En primer lugar, el silencio corporal. Esto no es solo no hablar ni murmurar. También implica ponerse en una postura que nos permita estar atentos al Señor con comodidad.
El segundo es el silencio mental. No se trata de dejar de pensar ni de impedir que aparezcan en nuestra mente las preocupaciones del día. De hecho, si intentamos hacer algo así descubriremos que fomentamos justo lo contrario, estos pensamientos vendrán con más insistencia. No tenemos que luchar contra estas distracciones, sino dejarlas pasar como las nubes que pasan por el cielo y ofrecérselas al Señor.
El tercer silencio es el silencio del corazón. Pídele al Señor la gracia de escucharle en lugar de hablar y hablar. Mírale. Escúchale. Déjate transformar.
Vive el silencio sagrado en el encuentro de la adoración.
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