Sí, quiero tu caridad

Tengamos presente qué significa realmente la caridad..

Este artículo ha sido publicado en el número 59 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número es la esperanza.

Sí, quiero tu caridad

Amor y caridad

«No quiero tu caridad». Seguro que alguna vez has escuchado esta afirmación, sea dirigida a ti, sea dirigida a otra persona. O, quizá, versiones un poco menos hirientes, pero que, en el fondo, quieren decir lo mismo.

Hay quienes dicen no querer la caridad. Que es degradante para alguien tener pena por él.

¿La caridad es degradante?

¿Qué es la caridad para merecerse tal calificativo?

Desde luego, no es un simple sentir lástima por alguien. Eso es una deformación del significado cristiano de la palabra caridad. La realidad tiene mucho más que ver con la compasión.

Por cierto, esa es otra palabra «maldita», como si fuera malo compadecerse de alguien. Cuando compadecerse tan solo quiere decir padecer con el otro. Es decir, ponerse en su lugar y sufrir por lo que él sufre, lo que te impulsa a ayudarle, porque es como ayudarse a sí mismo. El prójimo es otro yo, al fin y al cabo. Y, así, resuena en nuestras mentes el mandamiento: amarás al prójimo como a ti mismo.

Ese amor que busca el bien del hermano es la caridad. No un «me da pena» que no deja de ser una forma de ponerse por encima del otro —como me da pena y yo puedo ayudarlo, le doy unas monedillas que me sobran, por ejemplo—, sino ver un reflejo de Dios y de uno mismo en el necesitado y hacer tuyo su sufrimiento para hacer suya tu ayuda, aquello que en ese momento él necesita y tú tienes. Que, a veces, puede ser algo tan simple como un poco de tiempo para que esa persona se dé cuenta de que le importa a alguien.

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La tan denostada caridad es mucho más valiosa que el mero asistencialismo —que genera, en el fondo, esclavos del gobierno de turno—, ya que la caridad busca el bien de la persona, su máximo desarrollo humano.

Un mundo sin caridad sería un mundo sin amor. Un mundo en el que cada uno se miraría únicamente a su ombligo, sin preocuparse de nadie más. Un páramo desértico, un infierno. No soy capaz de imaginarme algo así.

Es por la caridad por lo que estamos llamados a defender la verdad, pase lo que pase. Ocultar al prójimo que su comportamiento no es el correcto no es caridad. Es justo lo contrario. Es egoísmo, no querer complicarse la vida, no querer que te señalen.

Si yo quiero el bien del prójimo, estoy obligado a señalarle cuándo se está equivocando, cuándo se está alejando del bien. Porque es mi hermano, porque le amo y quiero que se salve.

La caridad nos impulsa a luchar por la justicia y la dignidad de todo ser humano, porque todos somos hermanos, todos somos imagen de Dios. Desde la concepción hasta la muerte natural, en cada fase de su desarrollo, el ser humano es una joya en la que se refleja el rostro de Dios. No podemos darle la espalda a su suerte sin tratar de que alcance la plenitud que solo Dios puede dar.

El otro lado de esta ecuación es aceptar la caridad del prójimo. ¡No hay nadie, absolutamente nadie en todo el mundo que no necesite sentirse amado! No seamos tan arrogantes como para rechazar la caridad. Es algo que necesitamos como el respirar.

Somos seres sociales, pero no solo para formar sociedades más o menos bien avenidas mediante reglas de convivencia, sino, en primer lugar, para formar familias, los lugares en los que se desarrolla y se aprende el amor. ¿Cómo se educa mejor a un niño? ¿Con o sin caridad? Sin ese amor que sale al encuentro del otro no somos nada.

Una sociedad sin amor no me parece envidiable, ni siquiera avanzada, por mucha tecnología que tenga o deje de tener.

En cambio, una sociedad basada en el amor, en darlo y en aceptarlo, en vivir esa fuerza sanadora que nace del corazón de Dios, está encaminada a una verdadera grandeza. De una sociedad así podemos esperar grandes cosas.

El cambio está en ti. Está en mí. En cada uno de nosotros. Podemos dar a este mundo justo lo que necesita: ese amor, esa caridad que transforma la vida.

Sí, yo sí quiero tu caridad.

Jorge Sáez Criado
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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.