No somos inmortales
Hay veces en la vida en las que sufres una sacudida tal que parece que todo se va a desmoronar. Hay momentos en los que recibes la peor de las noticias: la muerte de alguien cercano. Y siempre es de improviso. Da igual que haya sido por algún accidente o por una larga enfermedad, nunca te lo esperas.
Y, por eso, a veces dejamos cosas a medias, asuntos sin resolver, palabras sin decir, abrazos sin dar.
El hecho es que tenemos la tendencia a vivir como si fueramos inmortales. No solo tú o yo, sino todo aquel con el que nos relacionamos. Vivimos en la seguridad, absurda seguridad, de que habrá un mañana. De que podrás volver a hablar con esa persona. De que siempre podrás acudir a ella.
Pero la realidad es dura: puede que no haya un mañana para ti, para mí, para esa persona a la que has herido, para esa persona a la que no la dices todo lo que deberías que la quieres.
Y es que ciertas cosas tendemos a dejarlas para más tarde. Total, mañana le vuelvo a ver, ¿verdad? O, si no, al día siguiente. Pero tenemos que aprender … Sigue leyendo







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Como en cada nueva Cuaresma, surgen voces (incluso de supuestos católicos) diciendo lo absurdo que es el ayuno, la penitencia, la mortificación en general. Curiosamente, las dietas o el machacarse en el gimnasio no se cuentan entre las mortificaciones absurdas. Pero bueno, ya se sabe cómo son estas cosas.
Cuando pienso en la ternura, hay dos referencias que vienen de inmediato a mi mente.
No se le suele hacer mucho caso. Pero tuvo un papel vital en la historia de la salvación. Hablo de José, padre (adoptivo) de Jesús. Pongo adoptivo entre paréntesis porque, aun siéndolo, seguro que para Jesús era ya no un padre, sino un padrazo. En ningún caso se ve a Jesús renegar de ser «el hijo del carpintero». ¿Por qué habría de hacerlo? Seguro que se sentía plenamente orgulloso del padre adoptivo que le había buscado su Padre. Un hombre justo, que ni siquiera en la sospecha y en la dificultad quiso causar ningún daño. Más bien al contrario, escuchaba silenciosamente la voz de Dios y la cumplía sin rechistar. Cuidó de su esposa, María, y de Jesús como el mejor de los maridos y de los padres. Sin hacer ningún ruido. Trabajó de sol a sol para poder llevar comida a su casa. Enseñó a Jesús el valor del trabajo, de la familia, de cumplir con las obligaciones.
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La gloria de Dios se manifiesta en sus criaturas. Esa frase la leí hace algún tiempo en una novela sobre san Francisco Javier, ahora mismo no recuerdo si en labios del mismo Francisco o de Pedro Fabro.
He cometido muchos errores en mi vida. Muchos. Además, de distinta gravedad, desde nimiedades a temas mucho más serios. Y tengo que reconocer que, echando la vista atrás, me arrepiento de todos ellos. O, al menos, de los que puedo recordar. Y, en especial, de aquellos que hayan afectado a otra persona. Si pudiera volver atrás en el tiempo sabiendo lo que ahora sé, muchas cosas las haría de manera muy diferente, eso está claro.