Yo soy el leproso
«Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes«. Mc 1, 40-45.
Yo soy ese leproso. Y tú también. Cada vez que nos acercamos a Cristo en el confesionario, le mostramos nuestra pequeñez, nuestra inmundicia, y le pedimos que nos limpie. Porque no podemos hacerlo por nosotros mismos. Nuestras fuerzas no bastan para vencer al pecado. Cada una de nuestras recaídas lo demuestra. Empezamos con ganas, por supuesto. Sin embargo, los cansancios de cada día, las dificultades, las preocupaciones, hacen un caldo de cultivo idóneo para que acabemos cediendo.
Aun así, Cristo está ahí, deseoso de que volvamos «a casa». Al igual que … Sigue leyendo







Quizá hayas tenido la tentación de pensar así en algún momento de tu vida. Te entiendo. Yo también. Tal vez esos pensamientos se repiten con frecuencia. Tal vez sean esporádicos pero intensos.
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Cuando hice la
El nuevo año ya está aquí. Y algo que se suele hacer son los famosos propósitos para el año que comienza. No es de extrañar, es un buen momento para recapacitar, mirar lo que ha quedado atrás y también mirar hacia delante. Aunque, seamos realistas, esos buenos propósitos suelen quedarse en el tintero a los pocos días. No nos gusta cambiar, tendemos a seguir la inercia de la vida y continuar igual que antes. Eso no cambia con un difuso propósito tomado entre campanadas y champán. Hay que tomárselo en serio. Un examen del año saliente puede ser una buena herramienta para el año entrante.
Ojalá en mi lecho de muerte pueda decir, como Pablo en la segunda carta a Timoteo, que he combatido el noble combate. Es preciosa y llena de significado la forma que tiene de relacionar la fe con el combate. Porque no se nos puede olvidar que la fe tiene una enorme relación con la lucha. La vida de fe es lucha. Mantenerse coherente en medio del mundo, agarrarse a Dios ante las tentaciones y las dificultades de todo tipo, saber que te verán como un bicho raro y seguir adelante es lucha. Y es muy dura.
El relato de Zaqueo (Lc 19, 1-10) es de una gran belleza. Nos habla de alguien como tú y como yo. Un pecador. Zaqueo. Un personaje rico, jefe de recaudadores de impuestos de Roma. No se trataba de un personaje querido.
Algo que procuro tener siempre presente son estas palabras de
El escritor católico (
Tenemos una curiosa tendencia a pensar que somos indestructibles. Al menos, la mayor parte de las veces actuamos como si tuviéramos garantizado un mañana. Como si la única posibilidad que hubiera fuera que a un día le sucederá otro, y así continuamente en una hilera de días sin fin.