La Cuaresma: camino hacia la Pascua
En unos días, con el miércoles de ceniza, comenzará uno de los «tiempos fuertes» dentro del año litúrgico. La Cuaresma es la preparación para el gran acontecimiento de la Pascua, la Resurrección del Señor. Pero no se nos tiene que olvidar que sin Viernes Santo no hay Pascua. No podemos caer en el extremismo de considerar solo importante el Viernes Santo (cosa demasiado habitual) o la Pascua de Resurrección. Cristo resucitó, pero mantuvo las marcas de la Crucifixión.
Este tiempo nos invita a la conversión. En la liturgia del Miércoles de Ceniza se hace esta invitación de dos posibles maneras mientras nos imponen la ceniza: «conviértete y cree en el Evangelio» o «acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás». Hay que evitar pensar que la segunda opción sea más macabra o más tristona. Eso no es así en absoluto. Es una llamada a recordar que somos limitados, que nuestros días en la tierra no son infinitos y, por tanto, tenemos que aprovechar este tiempo para acercarnos a Cristo. Ya dice el Evangelio: «¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?» (Mt 16, 26).
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Que las luces del árbol sean un reflejo de la alegría del nacimiento del Señor.
En aquellos tiempos, una luz del este anunció la llegada de otra luz, la Luz de luces. Pero esta Luz no iba a llegar envuelta de vana majestuosidad, sino rodeada de pobreza y sencillez. Y esa Luz, nacida en cuerpo humano en un pequeño pueblo de una nación prácticamente olvidada por el resto del mundo, comenzó a brillar con fuerza, y encendió nuevas luces, que se dispersaron y llegaron a iluminar todo el mundo. Se intentó apagar esa Luz, pero no puede ser apagada, y nos acompañará siempre.
He visto que últimamente se ha hecho relativamente famosilla (bueno, lleva un tiempo revoloteando aquí y allá bajo diversas formas) una frase que dice algo así como que para ser feliz hay que pensar menos y sentir más. Y eso me ha recordado que hace ya un tiempo leí un artículo de un fraile dominico de cuyo nombre no quiero acordarme (no, en serio, ya no lo recuerdo, ni falta que hace) que decía que uno de los grandes males del mundo (incluyendo a la Iglesia, por supuesto) era pretender guiarse por la razón. Una afirmación muy triste viniendo de un miembro de una orden que ha contribuido tanto a la investigación teológica.
Se ponen en contacto con su empresa para preguntarles cómo actuar y esta les dice que se cojan los días de huelga como vacaciones. A dice que no le parece mal, pero B dice que no tiene ningún sentido, que no es que ellos no quieran ir a trabajar, sino que se lo están impidiendo otras personas y que la empresa debería buscar otra opción. Discutiéndolo, A le dice a B que prefiere no crear conflictos con la empresa. Sin embargo, gracias a la postura de B y a que no tuvo problema en mostrar su opinión, la empresa acaba decidiendo a regañadientes que no gasten el día de vacaciones.

No deja de tener su gracia que a veces nos echen en cara a los creyentes que tengamos fe. Nos dicen que no se puede actuar sin pruebas, que esa es la única manera de seguir adelante con cierta seguridad.
