Vivimos de pura fe

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A veces nos echan en cara a los creyentes que tengamos fe. El problema es que el ser humano no funciona en base a certezas.

Este artículo ha sido publicado en el número 57 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número es la fe.

Vivimos de pura fe

Vivimos de pura feNo deja de tener su gracia que a veces nos echen en cara a los creyentes que tengamos fe. Nos dicen que no se puede actuar sin pruebas, que esa es la única manera de seguir adelante con cierta seguridad.

El problema es que el ser humano no funciona en base a certezas. El ser humano funciona en base a fe.

Echa un vistazo a un día cualquiera en tu vida. ¿Cuántas certezas de verdad eres capaz de encontrar? Ni siquiera podemos estar seguros de que habrá un nuevo día para nosotros. Asumimos que viviremos ese día, que a final de mes cobraremos, que nuestra familia realmente nos ama y no se comporta bien con nosotros por costumbre o cualquier otro motivo.

Asumimos que el médico no nos engaña, que lo que nos dicen nuestros profesores, los libros de historia, nuestros amigos, nuestros familiares, es cierto. Incluso, por más que las pruebas indiquen tantas veces que no debería ser así, asumimos que nuestro partido político preferido va a cumplir lo que dice en campaña.

El conocimiento humano no se basa tanto en certezas como en actos de fe. Se basa en extrapolaciones con base en la memoria y en poner nuestra confianza en personas que tienen para nosotros autoridad en un campo concreto. Personas de las que nos fiamos. De lo contrario, la ciencia no podría avanzar, al tener que repetir una y otra vez los mismos experimentos y las mismas demostraciones y, en nuestra vida habitual, nos tendríamos que quedar inmóviles esperando unas certezas que, en muchos casos, nunca llegarán.[Tweet “El conocimiento humano no se basa tanto en certezas como en actos de fe.”]

Es decir, nos encontramos con que la fe es algo natural. Por tanto, la fe en sí misma no se debe rechazar. Es algo que tenemos todos.

Nuestra vida está basada en la fe, por mucho que les pueda pesar a algunos.

La creencia en Dios es fe.

Pero la no creencia en Dios también es fe.

Para los que creemos, la fe en Dios es el motor de nuestra vida. Sabemos que es cierto que la fe mueve montañas, porque estamos confiando en quien es mucho más grande que nosotros. Nosotros tenemos que hacer lo humanamente posible, pero a partir de ahí ya solo puede hacer el trabajo Dios.

Sabemos de quién nos fiamos: de Cristo. De su Iglesia. De tantísimos testimonios que, desde el principio, nos muestran que no se trata de algo vacío, sino que su fundamento es el más sólido. El primero de los testimonios, el de un grupo de cobardes que, de la noche a la mañana, pasó de esconderse a predicar a su Maestro resucitado, sin miedo a morir por él.

Tenemos una fe razonable y razonada, que no se queda en sentimentalismos vanos que solo buscan una emoción enlatada. A lo largo de veinte siglos de cristianismo, el edificio de la fe se ha ido levantando a partir de los cimientos de los dogmas, de la experiencia primera de los Apóstoles y de la Revelación para ir construyendo una terriblemente hermosa catedral teológica, llena de belleza y en la que todo, todo, encaja de forma racional.

Creemos en Dios, pero un punto vital de nuestra fe es que también tenemos que creer a Dios. Es una consecuencia lógica: no puedo creer que Dios existe y no hacerle caso. Lo contrario muestra más bien una escasa fe, por no decir una inexistente. Y, por desgracia, es algo más habitual de lo que pudiera parecer. Podemos verlo en en los tristemente famosos católicos «pero»: como en «soy católico, pero no me confieso» o «soy católico, pero no creo que tal o cual cosa sea pecado (si es que creen que algo lo es)».

Vivimos en la fe, que da origen, afianza y confirma nuestra esperanza. Y, por encima de ambas, cubriéndolas y uniéndolas, el amor. Es el amor el que da sentido a la fe y a la esperanza, como nos recuerda san Pablo. Si nuestra fe no está guiada por el amor, no vale nada.

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Jorge Sáez Criado
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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.