Apología del cuerpo

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Al empezar la Cuaresma llamó mi atención que había algún sacerdote que contraponía hacer ejercicio y los ayunos y abstinencias cuaresmales. Como si lo primero fuera algo malo, algo que se hace sólo por egolatría.

Eso me recordó a una pequeña discusión que tuve con un sujeto que se empeñaba en afirmar que el cuerpo es algo negativo, algo que sólo sirve para mantener el alma encerrada contra su voluntad, como si estuviera en una cárcel.

De verdad que me sorprende y me entristece que haya católicos que piensen eso, contra la misma Biblia y la Tradición de la Iglesia. ¿Acaso no nos dice la Iglesia que somos “cuerpos animados” o “almas encarnadas”? ¿Acaso no deja bien claro el Génesis que el cuerpo es algo bueno? Recordemos el momento de la creación del hombre: “Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó” (Gn 1, 27). Ser varón o mujer son atributos corporales. Pero, por si no queda lo bastante claro, también dice: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida” (Gn 2, 7). Dios nos pensó desde el principio como cuerpo y alma unidos. No como un alma que se queda asustada, encerrada en un cuerpo. Y, por cierto, el hagiógrafo nos aclara una vez más: “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1, 31). Sí, también vio el cuerpo del ser humano. Y vio que era muy bueno. Pues no seré yo quien le enmiende la plana a Dios, pero parece que hay por ahí quien sí lo hace.

En esta misma línea tenemos que recordar a san Pablo, que en su primera carta a los Corintios dice: “¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis, pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!” (1 Cor 6, 19). Resulta que no sólo no es malo, sino que además es el templo del Espíritu Santo. ¿Acaso san Pablo, o mejor dicho, el Espíritu Santo, se equivocaba? Para algunos, parece que sí.

No nos equivoquemos. Con las prácticas cuaresmales se busca rechazar la concupiscencia, no rechazar el cuerpo. Quien rechaza el cuerpo no es cristiano. No somos ángeles, no somos almas puras. Nuestra esencia está en esta misteriosa unión alma-cuerpo.

¿El ejercicio puede ser un ejercicio de vanidad? Pues sí. Y también una forma de mejorar y fortalecer el templo del Espíritu, cuidándolo para quien es su verdadero dueño. ¿El ayuno puede ser un ejercicio de vanidad? Pues sí. No creo que esto sorprenda a nadie, ya que Jesús mismo lo dice: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya han recibido su paga.” (Mt 6, 16)

El demonio, a los piadosos, les tienta precisamente con ejercicios de piedad, pero desviados de su verdadero fin, para que crezca el egoísmo espiritual, la egolatría, el orgullo. Por eso las personas con una vida espiritual más o menos intensa deberían tener especial cuidado, ya que estas tentaciones son muy sibilinas y es fácil caer en ellas. Y difícil salir.

En fin, recapitulando: no existe ninguna contraposición entre el ejercicio y la ascesis. Esa dualidad no existe. Ambas cosas pueden ser buenas o pueden ser malas, dependiendo de cómo y para qué se hagan. De la misma manera, no existe contraposición entre cuerpo y alma. Ambos van juntos, unidos. Y sí, en la muerte se separarán, pero sólo hasta que resucitemos con cuerpo glorioso. Jesús mismo es nuestro aval: al resucitar no renunció a su cuerpo, ni siquiera a las llagas de la crucifixión.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.