Un sueño

Artículo publicado en el número 47 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo (OSDAD), cuyo hilo conductor en este número es la perseverancia. Podéis verlo en la página 13.

En él hablo de la persecución de los sueños.

UN SUEÑO

Un sueñoLuchando un día tras otro. Así es como se logra todo lo que merece la pena, desde la construcción de un imperio hasta el éxito de un matrimonio, desde la creación de una empresa hasta la realización de unos determinados estudios. Y, a veces, esa lucha continua no es suficiente para conseguir los resultados buscados. Pero lo que está claro es que sin luchar no es posible ganar.

Convertir un sueño en una realidad implica esfuerzo. Mucho esfuerzo. Sin embargo, en nuestra sociedad se tiende a la búsqueda de lo fácil, lo cómodo, lo inmediato. Como si nada mereciera lo suficiente la pena como para luchar por ello. Un buen ejemplo puede encontrarse en el matrimonio.

Demasiadas veces, quienes contraen matrimonio tienen una idea muy deformada de lo que es. Piensan que, como se sienten enamorados, todo irá bien. Nunca discutirán, no habrá problemas, serán felices y comerán perdices. Lo malo es que esto sólo ocurre en los cuentos.

En la vida real, basar un matrimonio en la idea de que lo sostendrán unos sentimientos hace agua por todas partes. Los sentimientos son lo más voluble que llevamos dentro. Los roces llegarán. Habrá discusiones. Habrá momentos de desencuentro. Esos sentimientos tan claros y ardientes del principio se irán enfriando poco a poco. Y, en una buena parte de casos, llegará la gran excusa: es que se acabó el amor. No es así. Lo que pasa es que ese amor no se cultiva, no hay una lucha diaria para actualizar el momento del matrimonio. Se cree que con el empujón inicial ya todo funcionará sin detenerse, pero la realidad es terca y muestra una y otra vez que el amor necesita bajar a lo concreto y no puede basarse en un etéreo sentimiento de enamoramiento. Y, para colmo de males, lo que sólo puede calificarse como un fracaso en toda regla, el divorcio, se presenta como una solución. Cualquier cosa con tal de no pelear por el éxito del matrimonio.

Igual que en el matrimonio ocurre con cualquier otro ejemplo. Un emprendedor que no luchara por salir adelante con su proyecto empresarial, ¿tendría alguna posibilidad de éxito? ¿Basta con tener una buena idea o hay que trabajar cada día para hacerla realidad? La respuesta es obvia.

No hay recetas fáciles para hacer realidad los sueños. La conocida frase de Paulo Coelho que dice algo así como que el universo conspira para que logres aquello que deseas de verdad es poco más que un placebo para quien no quiere luchar, para quien pretende que le den todo hecho sin esforzarse en absoluto. Lo mejor es huir de quienes ofrecen este tipo de «soluciones» facilonas, que parecen grandes pensamientos y no son más que vacío. Vendedores de humo, con un público ansioso por resolver los problemas que saben que tienen pero por cuya solución no quieren trabajar. Es mejor esperar a que el universo lo resuelva. Sea lo que sea ese universo y la forma en la que alguna lejana galaxia pueda solucionar algo.

Tampoco hay que engañarse en el sentido contrario. A veces, por mucho que se luche, el fracaso llega. El esfuerzo es condición necesaria para hacer realidad los sueños, pero no es ninguna garantía. Hay que tener eso presente para saber afrontarlo si llega. Porque el fracaso, si viene de una verdadera lucha, no es sólo pérdida. Se ha ganado mucha experiencia. Se ha peleado por lo que se quería. Se han aprendido lecciones. Ese tipo de lecciones que sólo se aprenden perdiendo. Curiosamente, muchas veces son las más útiles y nos ayudarán para la próxima batalla, ya que fracasar no implica necesariamente rendirse. Sólo implica que en ese momento y en esas circunstancias no se ha podido llevar a cabo lo que se buscaba. Pero eso no quiere decir que no se tenga que volver a intentar, tal vez replanteándose la estrategia.

Es una pena constatar que incluso en el mundo católico en no pocas ocasiones se cae en el mismo error de no valorar el esfuerzo humano, olvidando la parte de «y con el mazo dando» y quedándose únicamente con la de «a Dios rogando». Y las dos partes van juntas de forma inseparable. Debemos confiar en la gracia y la providencia de Dios, pero también tenemos que trabajar. Recordemos que la fe sin obras es una fe muerta. Si está en nuestra mano actuar para que se haga realidad lo que pedimos, tenemos la obligación moral de actuar, siempre que no se trate de algo contrario a ley de Dios, claro está. Es absurdo pedir para aprobar un examen para el que no se ha estudiado, por ejemplo.

La distancia entre un sueño y una realidad se mide en horas de esfuerzo, en gotas de sudor. Como decía antes, para ganar hay que luchar. Si no se está dispuesto a ser constante, paciente, a trabajar sin descanso para lograr que el sueño se transforme en realidad, es mejor dejar de fantasear con ello. Pero luego, no tendrá sentido poner excusas. Si no se quiso perseguir el sueño, normal que no se haya alcanzado.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Informático y escritor, ha publicado más de cuarenta artículos en las revistas Icono, Punto de Encuentro, Ecclesia y Sembrar, además de en medios como Católicos con Acción. Autor de los ensayos La Escala de la Felicidad y Cartas desde el corazón a un hijo no nacido y de la novela Apocalipsis: El día del Señor. Puedes echar un vistazo a mis proyectos en la sección de Libros.