Huir de los conflictos

Meditando el Santo Rosario: una guía para vivir los misterios de la fe

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Te voy a contar una pequeña historia. Pongamos a dos trabajadores, llamémosles A y B. Están subcontratados en una cierta empresa X cuyos trabajadores van a la huelga. A y B tienen un problema: los piquetes de X no les van a dejar pasar, por mucho que ellos no sean de esa empresa. Ya sabemos cómo funciona en España lo del derecho a trabajar cuando hay huelgas.

León cobardeSe ponen en contacto con su empresa para preguntarles cómo actuar y esta les dice que se cojan los días de huelga como vacaciones. A dice que no le parece mal, pero B dice que no tiene ningún sentido, que no es que ellos no quieran ir a trabajar, sino que se lo están impidiendo otras personas y que la empresa debería buscar otra opción. Discutiéndolo, A le dice a B que prefiere no crear conflictos con la empresa. Sin embargo, gracias a la postura de B y a que no tuvo problema en mostrar su opinión, la empresa acaba decidiendo a regañadientes que no gasten el día de vacaciones.

Por algún motivo se nos ha metido en la cabeza, no sé cómo, que el conflicto en sí es algo malo, algo a evitar a toda costa. Incluso en el ámbito cristiano a veces parece como si discutir o mostrar desacuerdo por algo fuera cosa del demonio. Claro, es normal. Cristo nunca causó ningún conflicto, ¿verdad? Lo de llamar a los fariseos sepulcros blanqueados o expulsar a los mercaderes del Templo a latigazos no era conflictivo.

Por supuesto.

El caso es que el conflicto es inevitable. Uno no puede estar continuamente de acuerdo con todas las diferentes opiniones que se va encontrando a lo largo del día. Disfrazarse de felpudo para decirle “sí, señor” a todo el que abra la boca da más la sensación de cobardía que de rectitud. Yo, al menos, me fiaría mucho más de quien discute (de forma razonable, eso sí), que de quien siempre dice que sí a todo.

No solo es inevitable. ¡Es que, además, es necesario! Cualquier cambio implica un cierto conflicto, aunque solo sea una discusión para tratar acerca de cómo implementar el cambio, si es necesario, o cualquier otra cosa.

A todo esto, la palabra “discutir” también suele estar maldita por los anticonflicto, como si fuera algo negativo per se. Y no, tan solo es, y cito textualmente del DRAE, “examinar atenta y particularmente una materia” o “contender y alegar razones contra el parecer de alguien”. Es decir, exponer distintos puntos de vista para tratar de llegar a algo.

Terrible, ya ves tú.

Lo que no tengo muy claro es cómo lidia esa gente con los conflictos consigo mismos. Porque sí, el conflicto puede ser con los demás y con uno mismo. Y encontrarse aceptando de todo, incluso cosas con las que no se está de acuerdo ni de lejos, tiene que provocar un conflicto interno que se me presenta muy desagradable. Te tiene que consumir por dentro.

No deja de tener gracia cuando tratan de vender que su actitud es la mejor apelando a que es la forma cristiana de hacer las cosas (repito lo dicho sobre lo “poco” conflictivo que era Jesús) o que es mejor ceder y tener paz que no hacerlo y tener razón. Vamos a ver, ¿qué paz se puede tener cuando te encuentras con algo que no es bueno, pero cedes para que no te señalen? Que no es otra cosa, no nos engañemos. No es lo mismo la prudencia de intervenir o no en un determinado momento porque pueda ser contraproducente que tomar como norma no intervenir nunca. Lo primero es inteligente. Lo segundo es cobarde.

El conflicto está ahí. Te va a encontrar, hagas lo que hagas. Así que no huyas de él. Acéptalo, pero con prudencia. Recuerda, astuto como una serpiente, pero sencillo como una paloma (cf. Mt 10, 16).

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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.

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