El Rosario tiene un problema: es demasiado fácil caer en la tentación de rezarlo de carrerilla.
Vale, de acuerdo, que ya sé que alguien me dirá que el problema no es del Rosario. Pero ya me entiendes.
Esto lo acabamos haciendo sin maldad, por supuesto. Sencillamente, acabas repitiendo avemarías en piloto automático mientras la mente está en otra parte.
Porque los problemas y las preocupaciones de cada día siguen ahí.
Pero siempre hay que tener en cuenta que el Rosario no es una fórmula mágica ni un monólogo.
Es una ventana para contemplar la vida de Jesús a través de los ojos de su Madre.
Cada avemaría es el fondo musical que suena mientras tu corazón se detiene a contemplar un misterio concreto: la Encarnación, la Crucifixión, la Resurrección…
No se trata de un simple ejercicio de decir muchas palabras, sino de adentrarte en los misterios de nuestra fe de forma encarnada y real.
Meternos en ellos. Vivirlos. Tenerlos realmente presentes no solo mientras rezamos, sino también en nuestra vida.
Así que aprovecho para recordarte que, precisamente para ayudarte a meditar y contemplar los misterios del Santo Rosario he escrito Meditando el Santo Rosario. Solo tienes que pulsar en el botón. Desde allí puedes también leer el capítulo correspondiente al primer misterio gozoso.
Glorifica a Dios con tu vida.







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