Matrimonio: o luchamos o perdemos

La rutina… Algo que es capaz de enfriar el amor a Dios si se lo permitimos, como decíamos en la entrada sobre la carta a la iglesia de Éfeso, y que también es un terrible enemigo del matrimonio.

Sé de casos de personas que se quedan más tiempo en el trabajo para no estar con sus cónyuges e hijos. Eso es patético. El caso disfrazado de piedad en el que el lugar de huida, en vez de ser el trabajo es la parroquia, no es menos lamentable. Es una rendición, aunque piensen que es libertad, que lo hacen por su familia o para servir a la parroquia. Es escapar, huir, de la responsabilidad adquirida en el momento del matrimonio. Y aquí no estamos para rendirnos como cobardes. El matrimonio no es una vocación de cobardes y pusilánimes. Es una vocación de luchadores. No me cansaré de decirlo: o luchamos todos los días o perdemos. No hay otra opción. Ninguna otra. O se lucha o se pierde.

Quizá el problema es no entender bien la rutina. No enfocarla adecuadamente. Porque rutina vamos a tener siempre. Pero si nos centramos sólo en lo que siempre parece igual, acabaremos quemados. Acabaremos hartos y pretenderemos escapar de la rutina para caer en otra. No, esa no es la solución.

La solución pasa por observar cada momento. Entenderlo desde el punto de vista divino, por decirlo de algún modo. Darse cuenta de que cada momento es único. Aunque lo que hagas parezca ser una repetición de lo que haces todos los días. Es un momento único y tiene sus particularidades. No nos quedemos en la apariencia, sino en la esencia. Hay que verlo todo en el matrimonio como una materialización del amor que hemos prometido a nuestro cónyuge. No sólo las sorpresas y cosas diferentes que se puedan hacer para salir un poco de la rutina de todos los días, sino cada pequeño acto, sea o no rutinario. Todo tiene que estar incluido en esa visión superior, esa visión de amor.

El amor, si nos dejamos llevar por la rutina mal entendida, puede enfriarse. Pero un matrimonio tiene que hacer evolucionar ese amor. No tiene sentido quedarse en la etapa de las mariposas en el estómago, porque el enamoramiento no es un amor maduro. Hay que avanzar, y es en las dificultades donde más se crece. Siempre que se luche, claro.

Porque prometimos luchar cuando nos casamos, ¿verdad? Con otras palabras, pero es una promesa de lucha por amar cada día más a esa otra persona que es nuestro camino a Dios. Si sólo lo vemos como algo dulzón y “romántico”, no entenderemos esa gran verdad del matrimonio.

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Jorge Sáez Criado
Seguir Jorge Sáez Criado:

Soy un padre de familia numerosa enamorado de la palabra (y de mi mujer), y estoy convencido de que escribir puede ayudar a cambiar el mundo. Doy forma a mundos que solo existen en mi mente y también escribo no ficción espiritual. Mi objetivo: transformar tu vida.