Papá, me aburro

El aburrimiento no es algo tan negativo..

Este artículo ha sido publicado en el número 60 de la revista Punto de Encuentro, de la Obra Social de Acogida y Desarrollo. El hilo conductor de este número es el aburrimiento.

Papá, me aburro

Niño aburrido«Papá, me aburro» es, quizá, una de las frases más repetidas a lo largo del pasado confinamiento, aunque no deja de ser algo que los que tenemos hijos oímos de cuando en cuando. Sin embargo, en un contexto como este, en el que las posibilidades de entretenimiento para los pequeños se minimizaron —siempre y cuando uno no quisiera caer en la trampa de utilizar los dispositivos digitales como niñeras disponibles veinticuatro horas al día—, se convirtió, en muchos casos, en una constante diaria.

No es extraño que muchos padres, ante tal situación, se esfuercen en buscar y rebuscar en miles de páginas de Internet todo tipo de juegos y dinámicas para sus hijos, esperando ocupar cada minuto de su tiempo y evitar el tan temido aburrimiento.

Porque sí, el aburrimiento es temido hoy en día. Vemos cómo parece como si fuera necesario tener actividades a cada momento, saber qué hacer siempre. Y, si en algún momento no tenemos nada que hacer, nos enganchamos al móvil. Más de una vez he estado a punto de chocarme por la calle con alguien que venía caminando y mirando el móvil a la vez.

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Y esto es una auténtica lástima. Porque cierta dosis de aburrimiento no solo no es algo negativo, sino que puede ser algo muy bueno. Por supuesto, también para los niños.

El aburrimiento, para decirlo rápido, es esa sensación de fastidio que se da cuando no sabemos qué hacer porque nos falta interés en lo que estamos haciendo o en lo que nos rodea.

Como decía más arriba, muchas veces se recurre al anestésico digital para aliviar esta molesta sensación: televisión, redes sociales… En una cultura de la inmediatez como en la que estamos sumergidos —para nuestra desgracia—, no se concibe tener que soportar un momento de aburrimiento. Nos falta paciencia. Y nos falta costumbre para algo tan simple como pasar un rato con nosotros mismos, sin tener que «hacer», sino solo «ser». Explorar nuestro mundo interno tendría que ser algo habitual, no una incomodidad a acallar mediante las imágenes de una pantalla.

El aburrimiento es una oportunidad, no una desgracia. Es una oportunidad para plantearse cosas, como por ejemplo un cambio. Una nueva afición. Incluso la posibilidad de un nuevo trabajo. En el espacio creado por esta sensación podemos hacernos importantes preguntas, como «¿qué me gustaría hacer?» o «¿por qué en esta situación me estoy aburriendo, si antes me gustaba?». Es una puerta a la creatividad, a encontrar un camino nuevo.

Y esto es lo que lo hace tan importante para los niños.

En estos ratos, si los dejamos en paz, lo normal es que acaben encontrando algún nuevo entretenimiento con el que divertirse. Desde leer un libro —por cierto, muy recomendable animar a los hijos a amar la lectura— a hacer un dibujo o inventarse un nuevo juego.

¿Qué ocurre si, por lo que sea, no consiguen encontrar una alternativa? Si están demasiado acostumbrados a estar delante de la pantalla, por ejemplo, o a que les demos siempre alguna actividad, puede costarles un poco más encontrar por sí mismos qué hacer. Podemos ayudarles, claro que sí, pero de forma un poco abstracta. Volviendo al mismo ejemplo de antes, podemos decirles que hagan un dibujo. Pero que elijan ellos qué dibujar, con qué colores, etc. Que den rienda suelta a la imaginación. Incluso puede ser una oportunidad para volver a ser nosotros también un poco niños, proponiendo algo más original y participando en su juego con ellos, sin poner más reglas que las que quieran poner ellos.

Sin pantallas de por medio.

Tan solo un rato de juego, de imaginación, de salida de la actividad normal, adulta, para adentrarnos en el mundo de la inocencia, de la fantasía sin límites de un niño.

Si, para tener esos picos de creatividad, hay que aburrirse un poco de vez en cuando, creo que merece la pena.

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Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.