¿Las redes sociales nos han cambiado la vida?

Las redes sociales como fuente de información

Cuando comencé mis estudios de Ingeniería Técnica en Informática de Gestión, allá por el lejano año 1996, si mal no recuerdo, la conexión a Internet era toda una novedad. Yo era de los que, por aquel entonces, ya tenía un flamante módem de 33.6k. Un fórmula 1.

Ahora tenemos conexiones con fibra óptica, dispositivos que nos tienen atados a la Red las veinticuatro horas del día y que hasta mantienen registro de dónde estamos en cada momento.

El mundo ha cambiado enormemente en un particular giro hacia una realidad virtual, solo existente entre los servidores que conforman Internet.

Uno de esos grandes cambios ha sido el surgimiento de las redes sociales.

Vamos a lo básico: una red social es una plataforma virtual en la que puedes conectar con otras personas. El objetivo de esa conexión ya es otro tema, porque, por mucho que la red en cuestión sea más orientada a un ámbito o a otro, son los usuarios los que acaban decidiendo hasta qué punto lo respetan. Por ejemplo, LinkedIn está fuertemente orientada al mundo laboral, en todas sus manifestaciones. En cambio, Facebook y Twitter son un caos.

En mis tiempos (mira que parezco viejo diciéndolo así, pero tampoco han pasado tantos años), estas interacciones se hacían mayoritariamente en foros o, incluso, en grupos de noticias. Ahora, lo raro es que alguien no tenga cuenta en alguna red social.

Esto tiene sus puntos a favor, no nos engañemos. Gracias a las redes sociales en ocasiones nos encontramos con otras personas a las que de verdad merece la pena conocer. O volvemos a tener contacto con familiares, amigos o conocidos que hacía tiempo que no veíamos. Tienen un gran potencial para mantener las relaciones.

El problema está cuando las utilizamos como si fueran una fuente de información fiable.

O cuando las utilizamos para vivir en una especie de burbuja en la que autoconfirmarnos en nuestras ideas en un bucle que se me antoja bastante peligroso.

Y todo porque el pensamiento crítico está muy muy bajo últimamente.

Una gran cantidad de gente se cree sin la más mínima duda lo que le llegue por las redes sociales. Da igual lo que sea. Con tal de que coincida con su forma de pensar y que lo haya compartido alguien de quien más o menos se fíe (aunque no le conozca en realidad), ni siquiera se planteará que le pueden estar manipulando.

Donde se ve esto en mayor medida es en Twitter. Allí puedes encontrarte una polarización inimaginable y, lo siento mucho, ridícula. Tiene su gracia ver a defensores de algunas absurdeces increíbles llamar ovejas a todo aquel que no piense igual. Porque nos tira mucho el pensamiento de “todos son tontos menos yo“.

Somos unos genios. Todos y cada uno. Y los demás son idiotas, menos los que piensan exactamente lo mismo que yo.

Voy a poner un par de ejemplos relativamente poco polémicos, pero muy reveladores.

El primero. Te encuentras que alguien dice que Amazon ha censurado el libro de X por ir contra el pensamiento único. Algo que retuitean y vuelven a retuitear los admiradores del autor en cuestión.

Lo que no ha hecho ninguno es ir a Amazon y buscar el libro. Que no solo no está censurado, sino que está el primero en ventas en su categoría. Y, por supuesto, con sus típicas recomendaciones de Amazon de libros parecidos, que tampoco están censurados.

Curiosa forma de censura.

Ninguno ha pensado que quizá no se tratara más que de una simple maniobra de publicidad explotando un cierto victimismo. Y no me entiendas mal, yo soy el primero que critica el pensamiento único. Pero me parece que quien se hace publicidad de estas maneras a lo que está es a sacar dinero de sus (supuestas) ideas contrarias a ese pensamiento, de cualquier forma posible. Lo siento, pero eso no me parece honrado. No confío en la honestidad de quien engaña de esa manera para sacar beneficios.

Y era bien fácil comprobarlo. De hecho, era una obligación comprobarlo antes de darle pábulo. Pero era más fácil todavía creérselo todo sin pensar.

Otro ejemplo mucho más rocambolesco: alguien comparte un vídeo en el que, tras un muro de niebla en una ciudad, se vislumbran formas como de una especie de hidra gigante o algún tipo de dragón con muchas cabezas.

Te empiezas a encontrar comentarios del tipo: “¿dónde ha sido eso?” y similares.

¿Cómo que dónde ha sido eso? No. La primera pregunta debería ser: ¿qué es esto que estoy viendo? E indagar un poco. Dejar que la lógica nos guíe hasta encontrar una respuesta. Y, en cualquier caso, ante algo tan absurdo como esto, partir más bien de un sano escepticismo, no de una credulidad ansiosa de cosas sorprendentes.

Por supuesto, no era más que una animación que había realizado alguien sin ningún ánimo de engañar a nadie, pero que algún otro había compartido insinuando que era real (con buena o mala intención, no lo sé) y había dejado que la bola creciera gracias a la credulidad y a la falta de pensamiento crítico.

Y así estamos. Credulidad y batallas campales de insultos entre los “unos” y los “otros” son habituales tanto en Twitter como en Facebook. Un punto oscuro, pero del que no son responsables las redes sociales, igual que tampoco son responsables de sus buenos usos.

Los responsables somos los usuarios. Ni más ni menos.

¿Las redes sociales nos han cambiado la vida? Sí, sin discusión. Pero me temo que para mostrar a veces aspectos de nosotros mismos que no mostraríamos si nos encontráramos cara a cara con los demás.

Seguir Jorge Sáez Criado:

Jorge Sáez Criado tiene una doble vida: unos días escribe sobre espiritualidad y otros hace sufrir a personajes imaginarios que se enfrentan a épicas batallas entre el bien y el mal. Informático durante el día y escritor durante la noche, este padre de familia numerosa escribe historias con una marcada visión positiva de la vida sin dejar de lado una de las principales funciones de la ficción: explorar la verdad.