¿Las redes sociales nos han cambiado la vida?

Cuando comencé mis estudios de Ingeniería Técnica en Informática de Gestión, allá por el lejano año 1996, si mal no recuerdo, la conexión a Internet era toda una novedad. Yo era de los que, por aquel entonces, ya tenía un flamante módem de 33.6k. Un fórmula 1.
Ahora tenemos conexiones con fibra óptica, dispositivos que nos tienen atados a la Red las veinticuatro horas del día y que hasta mantienen registro de dónde estamos en cada momento.
El mundo ha cambiado enormemente en un particular giro hacia una realidad virtual, solo existente entre los servidores que conforman Internet.
Uno de esos grandes cambios ha sido el surgimiento de las redes sociales.
Vamos a lo básico: una red social es una plataforma virtual en la que puedes conectar con otras personas. El objetivo de esa conexión ya es otro tema, porque, por mucho que la red en cuestión sea más orientada a un ámbito o a otro, son los usuarios los que acaban decidiendo hasta qué punto lo respetan. Por ejemplo, LinkedIn está fuertemente orientada al mundo laboral, en todas sus manifestaciones. En cambio, Facebook y Twitter son un caos.… Sigue leyendo







He visto que últimamente se ha hecho relativamente famosilla (bueno, lleva un tiempo revoloteando aquí y allá bajo diversas formas) una frase que dice algo así como que para ser feliz hay que pensar menos y sentir más. Y eso me ha recordado que hace ya un tiempo leí un artículo de un fraile dominico de cuyo nombre no quiero acordarme (no, en serio, ya no lo recuerdo, ni falta que hace) que decía que uno de los grandes males del mundo (incluyendo a la Iglesia, por supuesto) era pretender guiarse por la razón. Una afirmación muy triste viniendo de un miembro de una orden que ha contribuido tanto a la investigación teológica.
El mundo afectivo es muy importante en el ser humano. «El corazón tiene razones que la razón no entiende», diría Blaise Pascal. Y no podemos decir que Pascal fuera alguien que no quisiera utilizar la razón.

Si hay algo que hace falta hoy más que nunca es la comunicación de ideas. Estamos inmersos en un ambiente de pensamiento único que es francamente agobiante. Porque, además, ese pensamiento único es políticamente correcto, débil, incapaz de soportar la más mínima crítica (por eso prefiere aplastar a todo el que piense de otra manera antes que entrar al debate). Es un pensamiento que pretende hacer sentir (siempre sentir, siempre lejos de la razón) rebelde, cuando adoptarlo significa la postración suprema ante los poderes mediáticos (que, si no todos, en su gran mayoría lo han adoptado en mayor o menor medida) y quien los utiliza.
Igual que en los tiempos del profeta Elías, en la actualidad se presenta una elección: o seguimos a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal o al único profeta de Dios, Elías. Aunque, en realidad, se trata de una elección que siempre ha estado ahí, en todas las épocas.
En estos tiempos en los que nos ha tocado vivir nos encontramos con tremenda facilidad otro de los grandes tópicos utilizados para intentar acallar a todo aquel que no tenga ganas de comulgar con ruedas de molino: el respeto.
… 