El alma se tiñe con el color de sus pensamientos

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“El alma se tiñe con el color de sus pensamientos”.
Marco Aurelio

"El alma se tiñe con el color de sus pensamientos". Marco Aurelio

Es conveniente, de vez en cuando, pararse un rato a reflexionar. A mirar nuestro estado interno. A fijarse en el alma.

Todos buscamos tener un alma, una conciencia, limpísima. Estar a gusto contigo mismo, en paz interior, es un objetivo más que deseable.

Sin embargo, muchas veces esperamos que esto ocurra como por arte de magia. Sin intervenir nosotros, como si no tuviéramos nada que ver con el estado de nuestro interior.

¡Qué gran error!

Nunca diremos lo suficiente que nuestro lenguaje influye en cómo somos y en cómo vemos el mundo. Y lo que decimos y lo que hacemos nace de los pensamientos, que no dejan de ser también palabras.

Por nuestros pensamientos podemos transformarnos en parte. Y eso es lo que vio Marco Aurelio.

Si albergamos continuos pensamientos de tristeza, de desesperación, de sufrimiento, incluso si a priori no tenemos motivos objetivos para todo eso, acabaremos tal y como pensamos: tristes, desolados, destrozados.

En cambio, si nuestros pensamientos son de esperanza, de fe, de ilusión, de ánimo… La cosa cambia y mucho. Incluso en situaciones bastante complicadas, parece que surgen nuevas fuerzas de donde no las había.

Por supuesto, esto no es mágico. Una depresión o una ansiedad deben ser tratadas por médicos y psicólogos. Pero sí que nos puede aportar una ayuda al día a día.

Además, nuestros actos, buenos o malos, nacen de nuestro interior. De nuestros pensamientos. Si aprendemos a “domar” un poco los pensamientos, a dejar pasar los malos como si no estuvieran y centrarnos en los buenos, eso se va a reflejar en nuestra alma y en nuestro ser.

En definitiva, no te hables a ti mismo como si fueras tu enemigo. Trata de mantener el ánimo, la esperanza. Aprende a no rumiar los pensamientos que te hacen sufrir. A no prestar atención a los pensamientos negativos.

Decía san Ignacio de Loyola que hay que hacer justo lo contrario de lo que nos sugiere el mal espíritu en momentos de desolación. Esa es la clave. ¿Me vienen pensamientos de tristeza que me llevan a dejarme casi paralizado? Tengo que dejar de darles protagonismo y actuar justo al contrario, buscando pequeñas alegrías, centrándome en la esperanza, recordando buenos momentos.

No es fácil. Nadie dijo que lo fuera. Pero sí es útil.

Tiñamos nuestra alma de bondad, de fe, de esperanza, de amor.


Memorias del ocaso, una saga de ciencia ficción ciberpunk con robots e inteligencia artificial

Vídeo sobre los libros de Meditando el Santo Rosario

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En esta ocasión, ya que nos encontramos en Semana Santa, te cuento un poco cómo son los libros de Meditando el Santo Rosario, en los que te invito a sumergirte en cada misterio del Rosario en una experiencia que podría cambiar tu vida.

En el vídeo comparto contigo la contemplación de la crucifixión y muerte del Señor, por si quieres escucharla este Viernes Santo.

Puedes ver el vídeo aquí:

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Rompiendo los límites

Si luchas, vences

Hace ya unos cuantos años, creo recordar que no mucho después de comenzar con el kung-fu, recibí de mi maestro y sufrí en mis carnes la que podría ser una de las mayores enseñanzas para la vida.

El caso es que fui al gimnasio. Él ya estaba allí, pero pasaba el tiempo y no venía nadie más. Por un motivo u otro, ese día fui el único que acudió a clase. Charli, mi maestro (QEPD), me puso con el saco. Puñetazos. Uno, otro, otro… hasta que ya me vi agotado y le dije que no podía más. Y él me dijo: “puedes con eso y con lo que te eche“. Yo, escéptico (aunque fiándome de él), seguí adelante y, al poco tiempo, me di cuenta de que era cierto. Podía continuar. De  hecho, parecía como si tuviera más fuerzas que antes. Así seguí un buen rato. Los nudillos acabaron un tanto despellejados, pero aprendí una valiosa lección: mi límite no era el que yo creía que era. Estaba mucho más allá.

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¿Cuántas veces pensamos que hemos llegado al límite, cuando tan sólo hemos llegado al punto en el que ya no estamos cómodos?

¿Cuántas veces usamos como excusa la expresión: “no puedo“?

Nuestros límites no están tan claros. Igual que pude seguir golpeando ese saco, muchas veces solo es cuestión de seguir adelante. De creer en lo que estás haciendo, en tus sueños. ¿No puedo? ¿Quién lo dice? Muchas veces somos nosotros mismos los que nos limitamos para no avanzar.

Definitivamente, una de las expresiones más peligrosas que tenemos es ese “no puedo”. Tan pequeña y tan limitadora, tan claustrofóbica, tan falsa. ¿No puedo o no quiero? ¿No puedo o no me resulta fácil? ¿No puedo o estoy dispuesto a renunciar a mi sueño por la comodidad de mantenerme en mi “espacio seguro”?

Ojo, que no se trata de ser del “club de los optimistas”. El mundo no es todo florecitas y arcoíris. La vida puede ser muy dura. Y el fracaso está ahí, es algo innegable. Muchas veces, por mucho que te esfuerces, vas a fracasar. Es así y así hay que asumirlo. Pero eso no hace que no haya que luchar. Cada fracaso te puede servir para hundirte o para aprender y hacer después algo diferente.

En esta ocasión, gracias a Charli, rompí un límite físico (o, más bien, mental). Y me dio la llave para luchar por aquello en lo que creo hasta el final.

Espero que esta pequeña anécdota te sirva a ti también como acicate para seguir adelante pase lo que pase.

¡Mucho ánimo!

Te hablo de “Apocalipsis: el día del Señor”

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En este vídeo te hablo un poco de Apocalipsis: el día del Señor, mi segunda novela, que comparte protagonistas con Llorando sangre.

Puedes ver el vídeo aquí:

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También puedes ver el booktrailer de Apocalipsis: el día del Señor aquí:

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Apocalipsis: el día del Señor

Un breve vídeo sobre “Llorando sangre”

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He comenzado una serie de pequeños vídeos sobre mis libros y mis series de libros. El primero es sobre mi primera novela, Llorando sangre.

Puedes ver el vídeo aquí. Y perdonad por los pelos que llevo. Eso solo puede empeorar según avance el confinamiento, me temo…

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También puedes ver el booktrailer de Llorando sangre aquí:

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Llorando sangre, una novela de misterio y suspense sobrenatural

 

Cómo evitar la profecía autocumplida

Cómo evitar la profecía autocumplida

Seguro que más de una vez y más de dos habrás dicho aquello de “ya te dije que me iba a pasar esto” o alguna frase similar. No, no se debe a que seas un adivino con una extraordinaria capacidad (y, si lo eres, ponte en contacto conmigo para un tema con unos numeritos en un sorteo). Quizá sí que se deba a que has interpretado bien los datos que tenías a tu disposición y has deducido correctamente. Pero también es posible que se deba al sesgo de profecía autocumplida.

¿Qué es la profecía autocumplida?

Es un sesgo de la percepción en el que asumimos como real una conclusión a la que llegamos con total seguridad y que acabamos convirtiendo en real nosotros, no porque fuera una “profecía” ni una deducción lógica, sino porque somos unos cabezotas y nos empeñamos en machacarnos de vez en cuando, algunos con más frecuencia que otros. Porque el hecho es que suele tener carácter negativo, aunque también puede ser positivo. Sin embargo, lo negativo es mucho más sencillo y, por tanto, más habitual.

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Un ejemplo: digamos que Manolo decide que se quiere lanzar a un nuevo proyecto. Pero se le mete en la cabeza que va a ser un fracaso. Entonces, Manolo va emprendiendo acciones, aunque no con muchas ganas, porque sabe que va a ser un fracaso. Como ve que no avanza como le habría gustado, cada vez tiene menos ganas y el proyecto va muriendo, sea porque Manolo no le presta la atención que debería, sea porque intenta algo a la desesperada, sin pensarlo bien ni con un objetivo concreto, solo por hacer algo.

El proyecto de Manolo fracasa. Él piensa: “si ya lo sabía yo”.

¿Ha fracasado porque se trataba de una mala idea o por otro motivo?

Manolo se ha autoboicoteado. Sin saberlo, pero lo ha hecho. Quizá, si desde el principio hubiera estado convencido de que todo iba a salir bien, habría puesto más interés, habría dado el todo por el todo, y lo habría conseguido. O no, porque siempre es posible fracasar. Pero, partiendo de unas ideas más positivas, es más fácil aprender de las derrotas. Y eso es algo muy útil para futuros proyectos.

Por desgracia, esto es más habitual de lo que pueda parecer. Más aún si ya tenemos experiencia de otras situaciones similares que nos hayan dejado marca.

Relacionado con la profecía autocumplida está el efecto Pigmalión, que viene a ser que, cuando etiquetamos a alguien, ese alguien tiende a acabar convirtiéndose en lo que indica la etiqueta, tanto si es positiva como si es negativa. Algo típico: cuando un niño, por ejemplo, pega a un compañero y se le etiqueta como el “pegón” de la clase. Si esa etiqueta se mantiene, es probable que el niño, que quizá en un primer momento solo reaccionó mal a alguna circunstancia, se mantenga en ese papel asignado por los demás. Total, si ya le consideran así, pues ¿por qué no serlo?

El ejemplo ha sido con niños, pero con adultos es lo mismo. Hay que tener mucho cuidado con etiquetar a los demás.

Sin embargo, estábamos hablando de las profecías autocumplidas y de cómo evitar caer en ellas.

Cómo evitar la profecía autocumplida

No es fácil, sobre todo cuando partimos de experiencias negativas similares de alguna manera a la que tenemos delante. Es importante acostumbrarse a observar los pensamientos, en especial cuando se trata de conclusiones negativas (las positivas nos pueden dar más fuerza para lograr los objetivos que nos planteemos) sobre acontecimientos futuros. En este caso, tendríamos que revisar si de verdad estamos usando el pensamiento lógico y basándonos en evidencias reales.

También es importante revisar en el pasado situaciones en las que nuestras profecías no se cumplieron. Porque no, ya te he dicho que no eres adivino. Recordar que ha habido momentos en los que te ha ido bien es muy bueno para no dejarse llevar por las experiencias negativas.

Sé realista. Cambia el pensamiento para que no sea tan determinante, para que admita al menos un “quizá lo consiga”. No te dejes llevar solo por esas primeras impresiones, por esos miedos. Recuerda, el miedo es muy mentiroso. Siempre es posible fracasar, pero también es posible no hacerlo. Cada oportunidad es nueva. No lo olvides.

Aprende de las derrotas y usa ese aprendizaje para mejorar en busca de la victoria.

La suspensión de la incredulidad

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La suspensión de la incredulidad en la ficción especulativa

Por lo general, no respondemos muy bien a las mentiras. Cuando nos encontramos con que alguien nos miente, puede ser muy difícil que recupere nuestra confianza. Bueno, exceptuando, por algún motivo que desconozco, a los políticos. Esos pueden mentir descaradamente, y sus votantes no solo no pierden la confianza, sino que los justifican. Pero bueno, eso es otro tema.

El caso es que un libro de ficción viene a ser una mentira. Sin embargo, con estas actuamos de manera muy diferente. Podemos leer sobre personajes capaces de cabalgar tormentas, inteligencias artificiales que dominan el mundo, universos con miles de razas extraterrestres… Y no resultarnos ni siquiera extraño.

El secreto está en…

La suspensión de la incredulidad

¡Ajá! Muy bien. Pero, ¿qué es eso?

Podríamos decir que la suspensión de la incredulidad es una especie de contrato implícito entre lector y escritor de tal manera que el lector se compromete a aceptar como cierto dentro del mundo que le presenta el escritor lo que este le cuenta siempre y cuando en ese mundo tenga coherencia.

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Es decir, por una parte el lector suspende la incredulidad ante un mundo que, obviamente, no es real. Pero la contrapartida es que el escritor tiene que hacer que ese mundo parezca real, que tenga sus reglas, su coherencia interna… Que, al leer, puedas llegar incluso a imaginarlo como un lugar existente. Y, por supuesto, que tanto los personajes como sus acciones tengan sentido en ese mundo. Seguro que tú también recuerdas algún escenario de una novela como si hubieras estado allí, o algún personaje que, en tu mente, es casi un ser real. A mí me suele pasar, que recuerdo fragmentos de libros casi como si fueran algo vivido por mí y no solo leído. Si el autor no se hubiera esforzado en conseguir que su mundo pareciera real, eso no ocurriría. Y ¡ojo!, que eso no depende de lo extraño o no que pueda ser ese mundo, sino de que todo tenga su lógica y su cohesión dentro de él. El lector tiene tendencia a ser muy paciente ante este tipo de cosas, mientras no sean demasiado evidentes. Pero lo suyo es que no haya flecos o haya los mínimos posibles en cómo funciona el mundo inventado por el autor..

De hecho, yo creo que cualquier lector abandonaría un libro en el que surgen cosas sin sentido porque el mundo no está bien definido.

Si la obra no es coherente, el escritor ha roto su parte del contrato. Y no puede esperar que el lector siga con la suya como si nada. Eso no va a ocurrir.

Pero es que eso es lo que tiene un buen relato, una buena historia: nos transporta a ese mundo creado por el autor y nos hace vivir en él.

Por eso mediante la lectura nos podemos evadir de nuestra realidad: porque es capaz de introducirnos en una diferente, atraparnos en ella y hacer que, durante un rato, se nos olviden los problemas que nos agobiaban.

Y también por eso la ficción especulativa es tan buen medio para explorar la verdad: porque nos permite visualizar distintas opciones desde un escenario totalmente ajeno a la realidad a la que estamos acostumbrados.

En definitiva, la suspensión de la incredulidad es un acuerdo tácito entre lectores y escritores para explorar entre ambas partes un universo en el que es el escritor el que pone las reglas, pero el lector es quien juzga hasta qué punto lo que acontece en ese universo es verosímil.

Y es una maravilla. 🙂

Unas reflexiones en torno al coronavirus

Responsabilidad frente al coronavirus

Dada la actualidad, creo que es obligado reflexionar un poco sobre lo que está ocurriendo, al menos en España, con el coronavirus.

Ahora mismo me encuentro en casa, en la que permaneceré junto a mi familia, haciendo solo las salidas imprescindibles, hasta que las autoridades indiquen que podemos comenzar a retomar la vida normal. Va a ser complicado, me gusta andar. Y no es lo mismo estar dando vueltas en el pasillo. Eso sí, con los niños va a ser difícil aburrirse.

Serán días de convivencia muy especial en los que aprenderemos a aprovechar el tiempo, a que hay momentos para el silencio, momentos de trabajar, momentos de jugar… Días, espero, de crecimiento como familia, como humanos, como cristianos. Con suerte, sin presencia del coronavirus entre nosotros ni entre nuestros seres queridos.

Esta crisis nos puede ayudar a ver cómo el ser humano se va con mucha facilidad a los extremos.

Por un lado, el extremo del miedo. Estoy de acuerdo en que un poco de miedo es bueno y útil, pero dejarse llevar por él no lo es. Y los supermercados arrasados, con gente acaparando papel higiénico (a saber por qué), hablan de miedo. De mucho miedo. Unos lo ocultan mejor que otros, pero hay mucho miedo en la calle.

Por otro lado, el extremo del egoísmo y la irresponsabilidad más exacerbados. Se nos pide algo tan simple y tan lógico como aislarnos en lo posible para que el virus no se propague tan deprisa. Hacemos teletrabajo, se prohíben (muy a destiempo) los eventos multitudinarios… pero luego la gente va a los bares como si nada. O se dedican a hacer viajecitos, como si fueran unas vacaciones, arriesgándose a transmitir una enfermedad que es mortal para parte de la población.

Hay mucha información sobre lo que está ocurriendo. De hecho, hay demasiada. Se hace preciso filtrar. Con los datos oficiales se mezclan todo tipo de bulos e informaciones falsas, junto a teorías conspiranoicas a cada cual más absurda.

Si no ponemos orden en todo este caos y en nuestra mente, va a ser todavía peor.

Creo que el punto clave es afrontar esta crisis de una forma realista y responsable. Los datos son los que son. Que alguien que dice conocer al primo del cuñado del portero de un hospital te asegure que le han dicho no sé qué tiene la misma fiabilidad que leer los posos del café. ¿Prefieres no fiarte de los datos oficiales? Perfecto. Da el mismo nivel de credibilidad al resto de la información para no creerte cualquier tontería. Y, sobre todo, actúa de forma restrictiva, aunque solo sea por si acaso.

Responsabilidad, realismo y esperanza. Con eso, estoy convencido de que podremos hacer frente a la crisis del coronavirus y, por qué no decirlo, prácticamente a cualquier otra que tengamos en nuestra vida.

Mucho ánimo y hasta pronto.

Los niños, esperanza del mundo

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Los niños, esperanza del mundo

Para ir al trabajo paso al lado de nada menos que dos colegios. Y una de las pocas cosas que me arrancan una sonrisa a esas horas, cuando me encamino a mi oficina, aparte de dar un beso a mis hijos y desearles un buen día en el colegio, es ver a otros niños caminando de la mano de sus padres, compartiendo una broma, hablando de lo que les espera en el día o, sencillamente, dirigirse hacia el colegio junto a un amiguito. Chavalines que apenas me pasan de la rodilla inmersos en su mundo, un mundo que todavía es bonito, que todavía tiene sorpresas. Un mundo en el que cada minuto es único y tamizado por la inocencia en la que viven. Son unos pequeños superhéroes que, con su ilusión, nos salvan (si nos dejamos, claro) de la rutina, de los días iguales unos a otros, del egoísmo… De tantas cosas asociadas a ser adulto.

Te voy a ser franco: temo el día en el que deje de ver la inocencia reflejada en los ojos de mis hijos. Sé que algún día llegará el momento y espero estar preparado. También espero que sean capaces de mantener al menos parte de esa inocencia.

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Los niños son la esperanza del mundo precisamente por esa forma de ser tan limpia. Son ellos los que se convertirán en adultos el día de mañana. Unos adultos que actuarán, en parte, dependiendo de cómo se los guio en su niñez.

Eso nos convierte a los adultos en responsables de la esperanza. Debemos cuidar de los niños, oponernos a cualquier iniciativa, sea gubernamental, privada o de donde venga, que pueda dañarlos, pervertir su mente inocente.

Esos niños que hoy son moneda de cambio de ideologías y leyes de educación son nuestros hijos. Son los futuros adultos que gobernarán el mundo. Ver a padres aceptar sin ningún atisbo de queja o, incluso, favorecer que se enturbie su inocencia hiela la sangre.

Somos la única barrera que se interpone entre ellos y los intereses de los que los ven como un instrumento más. La única barrera. No estaría mal que nos convenciéramos de una vez de ello.

¿No te llama la atención que este mundo dé la sensación de ser cada vez más triste al mismo tiempo que se ven los niños como cargas en lugar de como bendiciones? Muchos prefieren tener un gato o un perro en vez de un hijo. Otros piensan en tener un hijo como si fuera una propiedad, un derecho más a ejercer, cueste lo que cueste.

Es de locos.

Pero no está todo perdido. No quiero dejarte la sensación de que todo va mal y no se puede hacer nada. De hecho, es justo lo contrario. Sí, las cosas no van bien. Pero podemos cambiarlo. Tú puedes cambiarlo.

Chesterton dijo que los cuentos de hadas no enseñan a los niños que existen los dragones, sino que esos dragones se pueden vencer. Muy bien, pues enseñemos nosotros también a nuestros hijos a no fiarse de los dragones, a enfrentarse a ellos, a luchar y a vencer.

Va a ser duro. Pero merece la pena, ¿no crees?

El futuro está en juego y se construye ahora.

¿Las presentaciones de libros sirven para algo?

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Firma de ejemplares de Llorando sangre

El sueño de todo escritor novel (o un sueño recurrente, al menos): hablar de tu libro y que una marea de lectores ávidos de tus palabras se vayan acercando, nerviosos, a que su autor favorito los salude y plasme una escueta (o no tan escueta) dedicatoria en uno de sus libros.

Como sueño, está bastante bien. Sobre todo, para el ego.

La cosa es que la realidad no suele ser esa. A la mayoría de las presentaciones van cuatro gatos. Amigos y familiares del escritor, si acaso. A veces, ni eso.

A no ser, claro está, que ya seas un autor muy conocido. O más.

Entonces, visto esto, que no es más que la realidad pura y dura (lo siento mucho si pensabas otra cosa), ¿tienen sentido las presentaciones de libros? ¿Sirven para algo?

Pues, como tantas cosas, depende.

¿De qué depende?

De según cómo se mire, todo depende…

Espera, me estoy yendo del tema a otro más musical. 😛

Volviendo a lo que nos ocupa: ¿de qué depende que merezca la pena una presentación?

En primer lugar, de lo conocido que seas.

En segundo lugar, de cuál sea el objetivo de la presentación.

En tercer lugar, de cuánta publicidad se le pueda dar.

Según si el autor es conocido o no

Todos sabemos de las enormes colas que generan las presentaciones de autores como Brandon Sanderson o Joe Abercrombie. Si el autor es conocido, las presentaciones son una forma de acercarse a sus lectores y crear o fortalecer un vínculo un poco más personal.

Eso también estaría muy bien para un autor poco conocido. El problema que tienen (tenemos) los que estamos en esta categoría es que, al no ser conocidos, ¿quién va a ir a vernos?

Puede sonar la flauta y que alguien desconocido se acerque a ver de qué va el tema, pero no es lo normal. Ni siquiera es lo lógico. Aunque también es cierto que esto está en función de cuánta publicidad se le haya dado a la presentación y desde dónde ha llegado dicha publicidad. No es lo mismo que la anuncie el escritor en su web a la que entran diez despistados que un aviso en una librería, por ejemplo. La librería tiene más autoridad, por lo que esa autoridad pasa, en cierto modo, al autor que está allí anunciado. De esto hablaremos un poco más adelante.

¿Cuál es el objetivo de la presentación?

No es lo mismo hacer una presentación con la idea de vender libros en ella que con la idea de acercarse a tu público.

Si vas pensando que vas a vender un montón de libros en ella, permíteme que te diga que es muy poco probable que ocurra. Salvo, una vez más, si eres alguien conocido. E, incluso, ni así.

Cuando el autor es conocido, normalmente ya has comprado su libro antes de la presentación y vas con él a que te lo firme.

Cuando no conoces al autor, salvo que el tema del libro te interese mucho, sencillamente no vas.

También puede ser que quieras tener la experiencia de hacer la presentación, que te guste esa parte de la promoción literaria, incluso a sabiendas de que va a ir poca gente. Si ese es el caso, perfecto.

Piensa en tus motivos, pero en ningún caso hagas una presentación solo porque otros lo hacen. El camino de cada uno es único.

¿Cuánta publicidad le puedes dar?

Una editorial grande puede invertir en un autor que le interesa (y remarco el “que le interesa”) mucho dinero. Por tanto, sus presentaciones aparecen en todo tipo de medios una y otra vez.

Un autor conocido, a poco que diga que va a estar en tal sitio firmando libros, sus admiradores incluso viajarán para hablar un par de minutos con él.

Un autor desconocido, sin ningún respaldo… Bueno, ¿tengo que terminar la frase?

La clave está en encontrar esos respaldos que le den cierta autoridad.

Si tienes una comunidad activa, puedes intentar que compartan la noticia de tu presentación en las redes sociales.

Puedes hablar con quienes lleven el lugar en el que vayas a hacer la presentación, a ver si lo pueden mover un poco.

Puedes mandar una nota de prensa a algún periódico local.

Piensa en las opciones que tienes y cómo podrías aprovecharlas, sabiendo que, cuanto más ruido hagas, más fácil es que alguien se interese en ir.

Alternativas

También hay alternativas que hay que tener en cuenta. Hoy por hoy, se puede hacer una presentación virtual en vídeo, emitiendo en tiempo real o no. Y, si lo que quieres es la cercanía con los lectores, las redes sociales bien manejadas te pueden dar parte de la experiencia hasta que formes una comunidad que te pueda hacer replantearte las presentaciones físicas.

Hasta he visto presentaciones en Facebook, en las que se dan cita en la página del evento quienes estén interesados y hay charla, juegos, incluso premios.

Es cuestión de darle una vuelta a ver qué es lo que quieres en realidad.

La decisión final

Al final, es el autor (o la editorial, en caso de estar editado por una) quien tiene que considerar todos estos puntos y decidir qué hacer. ¿A ti te merece la pena? Adelante. ¿No te merece la pena? No te sientas obligado a hacer una presentación. No existe ninguna obligación. Muchos autores de éxito no hacen presentaciones porque no les resultan útiles.

Evalúa y decide. Pero no dejes tu decisión en manos de lo que se suele hacer o de lo que te digan que es lo normal como escritor.

La responsabilidad de tu carrera es tuya.